14-Pescado ooo

Nostalgias de pescado

Por Félix Mansilla

Fue una tarde de invierno, áspera en los poros. Cuando llegamos del colegio con mi hermano Nico, vimos una postal típica de aquellos días: el Renault 11 color crema del abuelo en el frente de casa. Por dentro imaginé que mi vieja había hecho puchero y así fue. Almorzamos y poco después de correr las migas alrededor del plato, el viejo me dijo: “Bueno, cambiate que vamos a pescar”. Tomé las primeras pilchas de entrecasa y me abrigué con una campera azul rompevientos, me puse las botas Pampero negras y salimos. En aquellos años, mis días se repartían entre cassettes de los Beatles a toda hora, grabaciones en las radios FM los días de lluvia, recortes de revistas coleccionados en una carpeta de folios lisos y la imagen de la caña de pescar atrás de la puerta de la habitación, regalo de cuando cumplí los diez.

Cargamos todo mi equipo en el auto y salimos. Llegamos y el frío recalaba en las orejas. Con su naturaleza de calle y años en el lomo-palomo, el viejo charló tres palabras con el hombre de los botes y alquiló uno color chapa, sin brillo.

Mi abuelo era un tipo flaco y alto, devenido en gordo a la fuerza con el paso de los años. Morocho, narigón, bigote fino y gesto majestuoso, de buen tipo, comprador. Siempre andaba bien empilchado y con aroma a colonia inglesa. Un tipo decidido, consciente de su pasado e incapaz de maldades. Siempre contaba cosas como que llegó a fumar tres paquetes de cigarrillos por día hasta que un día dijo basta y no humeó más.

Hoy, me dicen tango y lo imagino a él. Ya jubilado, conservaba su estampa de ferroviario, observador y serio. Leía el diario La Nación los sábados, iba al bar a jugar a las cartas, le gustaba bolacear, mucho, y salir a girar por el pueblo cada tardecita en su playera verde inglés impecable. Era prolijo y meticuloso. Leído y sereno. De eso hablan aún hoy su cajón de la mesa de luz, el galpón donde guardaba sus herramientas y su cepillo de lustrar zapatos. Nació en el 28 y según las palabras del Tío José, había sido: cantor de una orquesta de tango, vago, timbero, pero recto.

En el pueblo todos le decían “Jefe” por su paso como encargado de la estación de trenes, acá y en otros pueblos de varias provincias argentinas. Tenía temperamento, era calentón. Una vez, en casa, comenzó a contar una anécdota como le gustaba a él en cada reunión a la que acudía. No recuerdo bien, pero encabezó lo vivido con “habíamos ido a comer ravioles” y mi abuela lo interrumpió: “Pero no, Lalo, eran tallarines”, a lo que él con delicadeza, siguió: “No, no. Recuerdo bien que eran ravioles”. “Pero no, Lalo”, volvió a interrumpir la abuela, “eran tallarines”.

Mientras, todos esperábamos que continuara, deslizó casi bufando: “No, Nené, eran ravioles”. “Pero, no, Lalo, te digo que…”. “Bueno, no cuento nada y se acabó”. Toda la familia se quedó esperando a que siga, pero fue tal su empacadura que la cortó ahí, en seco. “La historia que iba a contar tenía ravioles, no tallarines”, fue lo último que acotó. Mi abuela se quedó mocosa en el nido y todos nosotros expectantes y sin anécdota.

Ese invierno poco había llovido, así que la profundidad de los anzuelos no era de más de 15 cm. por lo que hacía todo especial. Él decía “los sacamos bien arribita”. Ya llevábamos más de una hora arriba del bote. El sol de la tarde estaba fuerte, pero el frío nos pelaba la piel. No recuerdo si él había sacado uno, pero sí su recomendación especial: “Esperalo. Cuando pienses que es el momento, esperalo un poco y después encañá”.

A esa altura, yo ya había errado al menos tres piques. Sin embargo, el viejo no dejaba de alentarme. “Es el próximo, tranquilo”. Dentro de su bolsa de red, sacó un termo de aluminio con más años que la propia laguna pero bien cuidado, sin un abollón. Yo lo miraba y admiraba su paciencia. Bebimos el café en la tapa del termo. De pronto, sentí como mi caña apenas se movió y la cometa amarillo fosforescente de la punta se paró. “Tranquilo”, me dijo. Comencé a temblar, no podía creer, el pejerrey ya estaba casi-cazado. “Esperalo, esperalo”.

Pasaron no más de diez segundos y me dijo: “Ahora, dale”. Encañé, nervioso y entre mis manos pude sentir cómo el animal se ensartaba y luchaba por escapar. Es difícil describir tal sensación, pero es algo parecido a cuando uno patea al arco y tras el trayecto aéreo la pelota entra y no queda más que gritar gol. Contracción y desprendimiento.

El bote se movía en un vaivén interminable. Cuando recogía la línea pude mirar de costado la cara de satisfacción del viejo y su media sonrisa blanca en contraste con su tez morena. Yo temblaba nervios hermosos y con sus manos gigantes, prolijas, desprendió el pejerrey y lo tiró en la bolsa de arpillera por donde ya habían pasado kilos y kilos de pescado. Mientras yo volvía a encarnar, se inclinó hasta su caja y en una libreta añosa anotó el día, la hora, los centímetros del animal y dijo: “Ahora sí”.

No mediamos más palabras y ya no me quedan más recuerdos de esa tarde, pero sí que al otro día en el colegio conté el momento de la ensartada a todos mis compañeros en el primer recreo. Inolvidable aquella sensación.

Los años pasaron. El viejo sufrió desmejoras en su salud y aún en los últimos momentos, esperaba la llegada del invierno para salir a pescar. Con algunos pescadorsísimos viejos como él o con mi viejo, pescador pero de otra escuela. Al día de hoy, no falta quién en algún asado me recuerde lo buen pescador que era el abuelo Lalo o lo mentiroso y divertido que era para jugar al truco y al mus.

A mi me enseñó a nadar, me regaló la primera caña de pescar y me dejó un farol de ferroviario y, sin saberlo, sus cassettes de tango y folklore. Por eso, cuando en los asados algún mayor habla de esos ritmos se sorprende que sepa cosas del tango viejo, Ángel Vargas (el Ruiseñor de las calles porteñas), Los Chalchaleros, Los Visconti o Cafrune. Cada vez que entro al galpón el viejo es como que está ahí: en su tablero de herramientas, en su prolija caja de pesca verde agua, en el balde con tapa agujereada Loxon, en su máquina de escribir, en el colador para las mojarras, en la máquina de cortar pasto o en los cajones del mueble donde guardaba todo aquello que algún día “iba a servir”.

El tiempo pasó y si bien los días de pesca me funcionan como terapia, no lo hago a menudo. Ir de a muchos es no-ir-a-pescar y solo no quiero, me produce nostalgia. Hace más de diez años fuimos con mis compañeros albañiles a pescar a la laguna de Dereaux. Me tocó en el bote con el Polaco, gran tipo y lo más parecido a Mick Jagger que vi en mi vida. Pelo al viento, flaco y de ojos celestes. Gran conversador.

Había entablado una linda amistad pesquera con el viejo hacía algunos años cuando eran vecinos y por ende, me refería anécdotas de Lalo a cada rato. El segundo día, tras haber errado cinco piques, el Polaco dijo, sabio: “No sos vos, Felucho. Te está cagando el anzuelo. Tomá esta línea” y, mientras la armaba, recordaba: “Con ésta, no te miento, pero debo haber sacado más de trescientos pescados”. No sé si eso era verdad y, realmente, en ese momento no me importó. Lo cierto es que en menos de cinco minutos, comencé a sacar unos —como diría Lalo— “lindos pejerreyes”. Al quinto “matungo”, el Polaco estaba orgulloso y excitado. “Es grande, Felucho. Traelo despacio”, decía y desde los otros botes venía con tono de pescadores sigilosos, mitad grito, mitad silencio: “Callate, Polaco”. Pero el flaco no daba más de la emoción. Y sí, era un pejerrey gordo, largo y brilloso.

Cuando la línea estaba sobre el costado del bote, los ojos del polaco se salían de sus órbitas. Yo tampoco lo podía creer. En un gesto digno de película yankee, el Polaco se paró en el medio del bote, desprendió el pescado y con el premio entre las manos miró al cielo y comenzó a gritar, entre risas, emocionado como un chico: “Mirá, viejo. Mirá el matungo que sacó el nieto. Qué lo parió, salió al abuelo, che. Mirá, mirá, viejo”. Pasó el momento. El Polaco se volvió a sentar y me miró como diciendo “qué saben estos boludos”, con un gesto hacia los demás botes. Volvimos al silencio de radio y a la concentración.

El Polaco le dio un beso a la botella de vino y pude ver como sus ojos se mezclaban con el recuerdo de mi abuelo y el orgullo de haber compartido días de pesca con él. En esa jornada, saqué 22 pescados y entre ellos, la presa mayor entre los diez que habíamos ido a la laguna de Dereaux.

Hoy, cada vez que me cruzo al Polaco a las perdidas en el centro o en algún semáforo, nos damos un abrazo y en el cuerpo se me cruzan dos sensaciones: el primer pejerrey en el bote con Lalo y la presa mayor con la que el Polaco le habló a mi abuelo apuntando al cielo.

(de la edición Nº 52, enero febrero marzo, 2017)