OLMEDO

Olmedo, un Borges de la calle

Hace 26 años Argentina lloraba a uno de los actores populares del cine y la tevé abierta. Hoy, el recuerdo hace justicia con el único capocómico que entró en todas las mesas de cualquier familia tipo. Alberto, volar al más allá.

Por Félix Mansilla

Para mí las películas de Olmedo eran la excusa perfecta para querer crecer como sea, ser mayor, no tener más once o doce años. De muchos modos cultivaron esas ganas de tener una mujer, de verle las tetas, de abrazarlas, de besarlas de forma desgarradora, nerviosa. Recuerdo hoy esas películas con las anécdotas de mi viejo sobre la colimba, cuando soñábamos esos años en blanco y negro alrededor del fuego en tardenoches de verano en el barrio, el arroz con leche después y saber con la panza llena cuáles de las películas junto al Gordo Porcel pasarían a las diez en el canal del Un sol para los chicos.

Ese humor fácil, con parlamentos re-anticipables y mujeres blancas rellenas se mezclaba con erecciones prematuras, avergonzadas por la edad del aún no, porque ese mirar tetas y escuchar gritos histéricos de Moria, Susana o la Alfano —qué buenas que estaban— crecían con mi crecer y mis pelos. Cada viernes esperaba esas películas que hoy colan —como desde hace por lo menos quince años— en las tardes domingueras del Trece. Eran para reír, para esperar las escenas de humor, los desnudos que nunca llegaban a ser —o que eran cuando se cerraba la puerta—, para comentar escondidos en un cañaveral con Maycoco, Guido y el Vasco, los sábados a la siesta:

—¿Vieron la escena cuando Moria se está bañando?
—Sí, y cuándo Susana se viste de enfermera…
—O cuando…

Ahí está el primer paso de nuestras pubertades. No había internet, las revistas porno no las conseguía nadie y los ratones se armaban con la luz apagada o en experiencias amigocolectivas, recordando las tangas de Rompeportones. Esa fantasía era la misma magia que la de El Zorro, que vivía en un pueblo de morondanga en Los Ángeles y nadie sabía quién carajo era. Uno es chico y piensa: “¿Ninguno se da cuenta que es el manteca de Diego de la Vega? Ese paralelo, equivale a preguntas tan justas como inlogrables, pero con una verdad: el Coyote nunca va a agarrar al Correcaminos. Esa es la enseñanza posta. Esa revelación necesaria marca Acme, imprimía esos mensajes: a pesar de que la corras, puede que no llegues en tu puta vida. Lo demás era una cuestión de esperanza revuelta con experiencia y valor: ¿Cómo hace el Gordo Porcel para agarrarse tantas minas?

Por ese tránsito mezcla de fama, trolas, merca, champán y dólares, surcamos de pendejos el imaginario popular inspirado en las películas del Negro Olmedo: que uno del barrio se gane a la rubia, que mienta, pero se la gane. Autos, ruidos, luces. Desde acá, a cien kilómetros, Capital era eso: mujeres bellas, vestidos brillantes, cabarutes, autos caros. Como canta Fito Páez en Instantáneas (del disco La la la, junto a Spinetta, 1986): “(…) Después no hay retorno ni tiempo mi amor y el circo se va de la city, y Olmedo se ríe de todo”. Vacío. Cuentan mis viejos que eso sintieron cuando se enteraron de su muerte, un 5 de marzo de 1988. Después crecí, pero esos films de Aries con esas músicas melosas a lo New York con las luces, el obelisco y la buena vida, me seguían —siguen— gustando para pasar el rato, cagarme de la risa con partes que puedo relatar de memoria.

Sus amigos terminaron. Porcel evangelista en Miami, gagá. Portales todo baboso, sin poder hablar claro sin que le tiemble la voz. El Facha Martel aniquilado por la mandanga, contando la abstinencia a Chice Gelblung, solo. Mucho/as acabaron así, fueron cayendo en la desgracias o en el charco de lo bizarro. No sé si Olmedo es un capo de la actuación, un genio como dicen. De no haber saltado por ese balcón: ¿cómo hubiera sobrevivido a la máquina de picar carne? Lo que sí sé, es que parte de la obra que dejó nadie dejó de verla, ni de obviarla, porque el Negro está ahí y siempre queremos que se agarre a las minas, que juegue a ese loser con el que todos soñamos porque de alguna manera ganaba los partidos con hacha y tiza, con barrio, fingiendo, vestido de mina o haciendo el papel de amanerado. Pero siempre con sed.

Los recuerdos hoy se cruzan con todo ese matete de andar de a poco en la vida. Grabada me quedó esa escena de Expertos en pinchazos, cuando con el Gordo buscan a la chica que se llevó un veneno por equivocación de la farmacia donde laburaban a desgano, obvio. Van al departamento de Moria y cuando ella se va a bañar para luego continuar con la búsqueda, se sirven un whisky y el Negro dice:

—Qué bien está esta mina, Gordo.
—Es un despelote. Qué lindo bulín, eh.
—Bastante lindo, sí ¿Te diste cuenta? todas estas minas que andan en la onda cheta son bastante fáciles.
—Son re fáciles, qué fáciles ¿No viste que todos estos chetitos que andan en moto se las pasan los unos a los otros? Y eso que no tienen experiencia como nosotros.
—Uh, si tuvieran la nuestra…gran piola…
—Hombres de la noche, como nosotros…
—Nosotros las reventamos bien. Es experiencia, son años de luchar, de patear la calle…
—Las noches de villar que tenemos nosotros…
—¿Y de dados?
—¿Te acordás cuando me dormí de seis aquella vez? ¿qué saben estos? ¿por qué te crees que esta mina viene con nosotros? ¿para ayudarnos, para colaborar? No ¿sabés por qué vino? Porque está caliente. Está caliente con nosotros
—Tenés razón, claro que está caliente. Me di cuenta cuando nos manoteó ¿no viste? Lo noté: los dedos sexuales, no sé, tiene algo especial.
—Sexo en los dedos, eso es lo que tiene: sexo…
—Debe estar tirada en la cama esperando que vaya alguno de nosotros, seguro, seguro…
—¿Y nosotros por qué no vamos?
—Porque somos dos guachos…
—¿Y por qué somos dos guachos?
—Porque nos gusta verlas sufrir…
—Y no vamos nada. No, no vamos (risas, silencio).
—No sé gordo, pero queda mal, tendríamos que ir. Uno tiene que ir…
—Y…sí. El prestigio es el prestigio.

Esta cita no representa ni a palos la esencia autoral del Negro, pero deja a las claras ese reguero de una parte del sueño del pibe: de llegar a agarrarse una mina con la mochila de la calle, chamuyando, haciendo alharacas baratas, queriendo llegar al objetivo, aunque no se pueda más que por revancha o de prepo, con ese aire de guión del ruso Sofovich, con aroma a café, con mozos, mansiones y pizzas con fainá.

Nunca un personaje de Olmedo luchó por comprarse un auto, una casa. Todos apuntaban a un querer ser, lograr la pertenencia de aquello que se muestra como inalcanzable, lejano. Quizá la formación, condujo a que su peculiar forma de darse a conocer encandile ese híbrido entre un Rosario pobre, la fama después y la soledad de sentirse solo. Muchos afirman que era un tipo serio en la intimidad, nada parecido a ese que se veía a través de sus personajes en la tele: el dictador Costa Pobre (¿un posible Galtieri?), Perkins (reciclado por Francella), el Manosanta, Rucucu, Rogelio Roldán, todos populares (grasa para la época, hay que reconocerlo), pero convocante, que reflejaba una parte devenida en busca de la vida. Queda así hoy, con esa risa clavada en los ojos, los dientes blancos, la boca fina, el peluquín canchero, la estatua en Rosario y la pose picarona de Borges en calle Corrientes.