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Pagá mi amor

Denso, genial, político, fundante, icónico, oscuro y también, a su manera, ciertamente festivo. A mediados de la década del ochenta los Redondos parieron uno de los discos más importantes de la historia del rock de acá. A casi treinta años de su edición repasamos —arbitraria, caprichosa y desordenadamente— Oktubre.

Por Nacho Babino*

Perder la forma humana. Esa arista era una de las que seguía Carlos Indio Solari, esa idea gobernaba parte de sus intenciones musicales y artísticas. En fin, la de sus canciones. Eso había quedado bien en claro en el primer disco, Gulp!: el baile no entendido como —podía ser y era común en esa época— ciertamente frívolo sino como lugar y espacio y forma de liberación, individual y colectiva. Y política.

Vale recordar, por ejemplo, que las primeras experiencias de Los Redondos, cuando todavía no eran Los Redondos —y sí eran una troupe de bohemios, borrachos, hippies, vagabundos, fugitivos de algunas órdenes—, habían sido en la psicodelia, en la experimentación pura y dura. De allí venían y desde allí es que hay que empezar a desmenuzar algo de esta historia (parte de toda esa génesis puede verse en el muy buen documental El alucinante viaje de Patricio Rey).

El disco empieza con unas explosiones de fondo, con un aire de manifestación colectiva. Y Fuegos de Octubre puede entenderse como una declaración de (anti) principios: sin un estandarte de mi parte, te prefiero igual. Y no, no es un canto apolítico. Por el contrario, ¡vamos!, es totalmente político. Y en la última canción —Ya nadie va a escuchar tu remera— pareciera decirse lo contrario.

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En realidad ambos extremos, el de entrada y el de salida, actúan y apuntan de manera análoga pero por oposición y más aún a la distancia y con todo lo sucedido alrededor de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota durante los años 90.

Ojo, que no secuestren tu estado de ánimo, no; alentaba Solari. Y si algo no perdió Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en todas sus canciones, en todo su recorrido (y tampoco su público) es su aire, su condición de insurrectos, su carácter disruptivo. Oktubre se grabó en los estudios Panda. Además de Solari y Beilinson, claro, en ese momento la banda se completaba con Tito “Fargo” D’aviero en guitarra rítmica, Semilla Bucciarelli en bajo, Piojo Ábalos en batería y Willy Crook en saxofón. Daniel Melero y Claudio Fernández (Don Cornelio y la Zona) estuvieron como invitados.

En algún momento del registro el técnico de grabación Osvel Costa le preguntó a Solari si no iban a grabar ningún video clip y de qué agencia eran: “De ninguna Osvel. Creemos que el rock está filosóficamente en las antípodas de los representantes, de la televisión, de las multinacionales”, obtuvo como respuesta.

Willy Crook recuerda haberle preguntado al Indio si le parecía bien el volumen de su saxo: “Es un ajo que trasciende los decorados del rock and roll”, parece que le respondió Solari. “Había dos respuestas: sí o no. Pero el Indio era así” (ambos pasajes pertenecen al libro Fuimos reyes de Mariano del Mazo y Pablo Perantuono, editado recientemente. El libro se suma a la abultada bibliografía alrededor de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, pero lo hace condensando entretenida y certeramente la historia de la banda. Contando, además, con un capítulo entero dedicado al caso Walter Bulacio, cosa que pocos sino ningún libro había hecho).

Rojo y negro. La muchedumbre en plena tapa. Una pancarta, entre tantas otras que, contra una esquina, puede ser la del Che Guevara. En el interior del disco, la Catedral de La Plata en llamas. Banderas. Todo en rojo y negro, esa B apoyada contra la R del título del disco y un aire tan soviético. Rocambole —como siempre, como cada vez— fue el encargado de la artística.

Cocaína. Muchas son las referencias hacia esa droga que figuran en todo el disco. Motor-psico, Semen Up, Ji ji ji, por detenerse sólo en los títulos. Pero es un error entender a Oktubre como un disco merquero. En todo caso es, sí, un disco cocainómano, pero no merquero.

Lo “merquero” será a partir de fines de los ochenta (la merca, merquear como rasgo de época no es lo mismo que cocaína) y, más aún, durante los 90. El propio Solari explicó que de alguna manera Ji ji ji era un tema sobre la paranoia y el viaje de la cocaína y demás (blanca noche, noche de cristal que se hace añicos, perico, la imagen te desfiguró, tiranizando…).

No es nuevo ni mucho menos es revelador pero huelga decirlo: en toda la letrística, en toda la prosa de Solari hay constantes, líneas que cruzan —más o menos rectas, más o menos oblicuas— muchas de sus canciones. Y esos chicos son como bombas pequeñitas raya directo con el corazón de un par de sienes ardientes que son todo el tesoro (en Juguetes Perdidos, Luzbelito, 1996).

“Instala los parámetros desde los cuales es oído (…) Singularidad cuya potencia instaura su universo. Que a la vez, en tanto universo, la excede; como si un caso instaurara, por prepotencia y coherencia interna, la regla que lo contemple. Sale Oktubre, el mundo cambia para siempre”. Por eso, fundante. El anterior pasaje pertenece al excelente libro Redondos. A quién le importa. Biografía política de Patricio Rey firmado por el colectivo de trabajo Perros Sapiens.

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Oktubre es un disco denso —como todos los discos de Los Redondos. Es un disco filoso, punzante —como todos los discos de Los Redondos. Es un disco oscuro —como todos los discos de Los Redondos (quizá, junto con Luzbelito, el más oscuro de toda su discografía). Oktubre es un disco áspero —como todos los discos de Los Redondos. La divina tv Führer. Estados Unidos y la Unión Soviética. Bombas de aquí para allá. El futuro había llegado, hacía rato. Pero iban a esperar un par de años para cantarlo.

En la historia del rock debe haber pocos guitarristas como Beilinson que manejen tan bien y digan tanto a partir de su silencio en la guitarra, en la manera de encarar los solos, en sus motivos melódicos. (Gilmour, Harrison, ¿cuántos más?).

Skay —detective salvaje— es más lo que no toca que lo que sí toca. Pero eso le alcanza para decir todo y más. En eso también es fundante: en el rock de acá no hay guitarrista que se le parezca. No se trata de mejor o peor, de más o menos virtuoso. Se trata de otra cosa, de lo inasible que resulta su modo. Y mucho de eso se encuentra en Oktubre: motivos melódicos que, como un haiku musical, dibuja brevemente todo el entramado de la canción.

Y no es necesario ir demasiado lejos para encontrar esto: el llamado “pogo más grande del universo” se monta —y salta— sobre un solo de guitarra que —tan gitano en su aire, típico de Skay— ni de lejos apela al virtuosismo y a la sobrecarga; otra vez dice menos que más. En definitiva: parece que los lujos no eran —sólo— vulgaridad, que dos que se quieren se dicen cualquier cosa y, en contadas ocasiones, somos menos que nuestra reputación.

Por suerte allá, casi en el origen —en la extrema lejanía de este presente que encuentra a una de las duplas compositivas más importantes de la historia de la música popular de acá, enemistados como una vieja pareja llena de rencores que parecen estar más para Jorge Rial que para Cerdos & Peces— están aquellas canciones, aquellos cuarenta minutos de uno de los discos más trascendentes de la música. Y pagá mi amor, esto está muy Shangai.

*Lobense, Lic. en Comunicación, cronista de rock, colaborador del suplemento Radar de Página/12.

(de la edición Nº 46, octubre 2015)