futbol literatura chillan

Fútbol y literatura en la Argentina

Mediante un repaso por las letras que reflejaron el deporte en sus interiores, el periodista deportivo Walter Vargas abre el juego para demostrar que la literatura de fútbol necesita un reconocimiento en los altares de las letras. 

Por Walter Vargas*
La relación entre fútbol e intelectuales y fútbol y literatura, viceversa, no es cosa de hace un año, ni de cinco, ni de diez. Ya en Rey Lear, de Shakespeare, hay una referencia futbolera en boca de Kent: ¡ni que te echen la zancadilla, mal jugador de fútbol! Francois Rebelais, en Gargantúa, alude a quien jugaba el balón con las manos como con los pies. Martin Heidegger, una suerte de revolucionario de la filosofía, se abstraía de Ser y Tiempo en apasionadas tardes de Bundesliga (era hincha del Hamburgo) y un significativo número de escritores célebres regalaron hermosas páginas futboleras en tiempos en los que los bienpensantes veían el fútbol con sorna, con franco desdén o en todo caso con menor valoración que al boxeo, más salvaje, sí, pero también, según encontraban, más estético y más, como decirlo, más ético.

Antonio Machado y León Felipe gestaron sendos poemas tributados al balompié, pero sin dudas dos de los más célebres pertenecen a Rafael Alberti y Miguel Hernández. Oda a Platklo, de Alberti, es un texto de cuño antológico: Porque volviste el pulso a la pelea/en el arco contrario el viento abrió una brecha. A su vez, Hernández contribuyó con su Elegía al guardameta, dedicada a Lolo, “sampedro joven en la portería del cielo de Orihuela”, cuyo acto supremo y definitivo fue salvar su arco al precio de dar la cabeza contra un poste. Como un sexo femenino, abrió la ligereza del golpe una granada de tristeza/ aplaudieron tu fin por tu jugada/ Tu gorra, sin visera, de tu manida testa fue lanzada, como oreja tercera, al área que a tus pasos fue frontera/ Te arrancaron, cogido por la punta, el cabello del guante, si inofensiva garra, ya difunta.

En este confín del planeta abrevaron en la poética de la número 5 luminarias como Catulo Castillo, Julián Centeya, Manuel Mujica Lainez, Héctor Negro, César Fernández Moreno, Baldomero Fernández Moreno, Enrique González Tuñón, Humberto Costantini, entre otros, sin olvidar, desde luego, una verdadera joyita como Literatura de la pelota, ofrenda póstuma de Roberto Jorge Santoro antes de ser desaparecido por la dictadura militar que devastó a la Argentina en el período 1976/1983.
En materia de prosa futbolera han dejado testimonio popes del porte de Camilo José Cela, Horacio Quiroga, Henry de Montherlat, Rubem Fonseca, Eduardo Galeano, Mario Benedetti, Augusto Roa Bastos, Vladimir Nabokov, siguen firmas, pero si de nuestro país hablamos disponemos del excepcional póker que componen, en estricto orden alfabético, Rodolfo Braceli, Roberto Fontanarrosa, Juan Sasturain y Osvaldo Soriano. Nótese que Sasturain nació en 1945, que Braceli nació en 1940, que Fontanarrosa (el inobjetable Maradona del género) y Soriano constan en el infinito cósmico, pero los cuatro ya hacían genuina literatura futbolera cuando lejos estaba de avizorarse una expansión que se esbozó hacia finales del siglo XX y se consumó a comienzos del siglo en curso.

En mucho contribuyó, sería injusto omitirlo, la aparición de Ediciones Al Arco, un sello plenamente dedicado a textos vinculados con los deportes, fundado por los periodistas Julio Boccalatte y Marcos González Cézer. Pero igual de justo es reponer, en todo caso, que Ediciones Al Arco surgió y se consolidó como un vigoroso correlato de un viento de cola que interpeló prejuicios, estimuló a los indiferentes y liberó a quienes se sentían en posición de contar sus propias historias. Dicho de otro modo, el sello editorial autorizó a todo el mundo, aun cuando no todos publicaran en Al Arco. De esos años provienen el portentoso Eduardo Sacheri y unos cuantos autores más que, en última instancia, no hacen otra cosa que corresponder a la quintaesencia de su cultura. ¿Cuántos pilares identitarios gozarán, como el fútbol, de una savia de tan rozagante argentinidad?

Quedará por establecer el origen del viento de cola, y sus razones primigenias, si tales hubieran (¿el abierto reconocimiento del fútbol como un suceso de impregnación extraordinaria y su legitimación como fuente de divisas copiosas?), pero mientras elucidamos el asunto, lo justo y debido es disfrutar del existente. ¿Así que fútbol y literatura se han vuelto tan armónicos como madera y carpintería? Enhorabuena. Lo verdaderamente raro, y difícil de explicar, es por qué en nuestras tierras los libros de historia ignoran olímpicamente (valga el futbolismo) la influencia de un quehacer tan difundido, tan descomunal y tan fundante. Pero no vayan a creer. Ese día no debe de estar muy lejos**.

*Platense, trabaja en ESPN, agencia Télam, Diario Olé. Es autor de Regreso del llanto (Poesía, junto a J.L.Cutello, 1988), Perchas flojas (1991), Diccionario de equívocos (con Patricia Mercado, 2004), Noches de sal (2005) y Marchar hacia la espera (2007), Fútbol: opiniones y merodeos (Jugados, 1999), Del diario íntimo de un chico rubio (2004) y Fútbol Delivery (2007).

**Nota escrita para la revista de literatura de fútbol Centrofóbal  de Félix Mansilla y Francisco Clavenzani. Octubre 2012.

 

 

Fabian casas

Casas con diez pinos

Desde un despliegue concreto enfocado en las perspectivas contextuales, Fabián Casas se mueve dentro de las letras y desarrolla una personal manera de narrar episodios desde las calles de Boedo. Por Nacho Babino y Facundo Arroyo*

Casas, G. Ferro y P. Marchetti están en Bardo.

Casas, G. Ferro y P. Marchetti están en Bardo.

“Veo y entiendo la literatura como una forma colectiva”. Borcegos oscuros, jeans, remera de la Velvet Underground y sus mismos anteojos de siempre, marco negro y cristales claros que dejan ver bien grande el marrón de sus ojos. Fabián habla pausado, aunque por momentos intensifica o atenúa el volumen de la voz dependiendo de los gritos fritos de las siete señoras que unos metros más allá, contra la vidriera del café, hablan de todo sin decirse nada.

Casas se hace, se inventa -qué otra cosa saben hacer mejor los poetas sino oficiar de inventores- una pausa en medio de su rutina laboral. “Encima estamos de cierre”, dice. Cada encuentro con él es un hervidero de nombres, de información, de cosas nuevas viejas o de viejas cosas nuevas. Como en sus Ensayos Bonsai, pone sobre la mesa, muestra, hace conocer, mil nombres y mil maneras de entenderlos y relacionarlos. Desde Heidegger hasta Cucurto pasando por Vallejo; desde Manal hasta Minimal pasando por Los Redondos. Pero no es una paja a su saber, una masturbación a su conocimiento; Fabián se copa y da nombres, cita autores, canciones. No obliga, eso sí que no. Sólo si uno quiere, estira las manos, agarra eso y lo lleva.

“José Luis Mangieri me hizo ver cosas muy centrales que son las que conservo. Tenía que ver primero con trabajar, luego escribir y finalmente, si se da, publicar (…) Es mejor que conozcan los libros a que te conozcan a vos” dice Casas que es, aunque cueste creerlo, un tanto holgazán. Porque sino cómo se entiende que para terminar alguno de los cuentos que integran Los Lemmings haya tardado casi diez años. Quizás, casi sin saber, los distribuidores en Alemania de la película Ocio, basada en su novela corta homónima, hayan definido un poco esta rara manera de producción del autor, al traducir el título como Elogio de la pereza. Casas escribe buscando o busca escribiendo.

“La lógica capitalista es definición: te gustan las mujeres o te gustan los hombres, el capitalismo te define, todo el tiempo. Esa enfermedad muchas veces la tienen los artistas y los críticos. Nadie tiene que buscar la definición, lo que tienen que buscar es la incertidumbre. Y aprender a vivir con la incertidumbre o con preguntas paradójicas. El pensamiento oriental está más curtido en poder pensar más de dos cosas a la vez, nosotros no. Menotti o Bilardo, la dicotomía eterna del esto o esto” dice Casas, que después cita dos veces a Heiddegger y vuelve a decir: “Donde está el peligro, está la salvación”. Cuando habla, Fabián te mira. Y cuando calla también.

El poeta demuestra todo el tiempo atención, hace saber que escucha lo que su interlocutor le dice, le pregunta. Por momentos parece un cazador en estado de vigía. Salvaje. Cuando habla te mira. Y mira mucho desde esos dos grandes ojos marrones siempre bien abiertos, siempre con ese par de anteojos de marco negro delante.

“Cuando me entrego me siento más vivo. Con mis amigos, la familia, los escucho. Momentos de abandono del yo, es súper sanador. Me pasa mucho con mi hija, estoy todo el día encima de ella: la cambio, la baño, cuido que no meta los dedos en el enchufe. Me olvidé de mí, estoy pasando los mejores momentos de mi vida cuando me pasa eso. Me pasé tanto tiempo pensando sobre mí, hablando con gente que no tenía que hablar, perdiendo tiempo en actitudes estúpidas del yo, mías, egoístas. Cuando vos te olvidás de vos sos feliz”, dice. Ya es papá. Guadalupe, su compañera, aquella a la que le dedicó Los Lemmings -Todo para Guadalupe-, fue mamá de Ana. La paternidad lo hace feliz. Se le nota.

“Es más bien una necesidad de crear nuevos canales, porque con los viejos no salíamos, no teníamos chance. Y no es cuestión de ponerte a llorar si no te publica Ñ. Producir la forma en que vos querés contar y producir. No ser llorón. Hacerlo, como nos parece, pero hacerlo. No quería quedarme en el crítico que termina insultando al otro…” y de golpe, gesto de disculpa mediante, trunca lo que estaba diciendo y atiende el llamado de su teléfono celular: “Hola, Cuqui, ¿hola?… Te escucho re lejos… ahí voy sí…”. Corta el llamado, se acerca a la barra, paga, saluda, abraza y se va. No sin antes mirar con esos dos ojos grandes y marrones, desde la vereda y del otro lado del vidrio, a las siete señoras que siguen ahí. En este pequeño bar, Casas escribió parte del sermón de su montaña.

(de la edición Nº 14, diciembre 2012).

*Licenciados en Periodismo y Comunicación, UNLP. Autores del libro de crónicas “Bardo. Nuevas formas de hacer comunicación”, con prólogo de Juan Bautista Duizeide, editorial Independiente. Primera edición: 13 de noviembre de 2012.

Energía invisible (2013).

Ya salió a la venta Energía invisible

La primera producción discográfica de Protoplasma es un viaje sobre melodías contundentes y mensajes de deseos en formato rock. Aquí la reseña de un disco hard, ajustado, con bellas canciones y bien al palo.

Ecos de Energía invisible

Por Félix Mansilla*
Energía invisible es el primer manifiesto de la banda en formato físico y cuenta con un arte basado en la lectura de diferentes obras conceptuales del artista lobense de arte contemporáneo Pedro Rossi, interpretados por Dominga?! en el diseño de la portada y en el booklet. Esa conjunción se desprende de los preceptos que Protoplasma desarrolla de modo musical y espacial desde hace una década en la ciudad de Lobos.
En agosto de 2011 la Casa de la Cultura de Lobos fue el lugar donde se grabó la parte instrumental del material, durante dos jornadas de más diez horas. Contó con la producción de Protoplasma y fue grabado, mezclado y masterizado por Gustavo Sambartolomeo en El Lucero Records. De esas jornadas, quedaron diez canciones que conforman la esencia de Energía invisible.
El árbol protoplasmático de la portada es obra de Matías Olivastri —director de arte, escenógrafo, realizador, amigo de la banda— quien tradujo eso que Protoplasma contiene en el desprendimiento de sus mensajes: el árbol como significado amplio de una forma de ver e interpretar la existencia, los deseos “frente a la razón”, en las misiones y los planes, como raíces expandidas en un ideal de cambio en las formas: “Lo establecido hay que modificar” para “ser lo que buscás” (Manifiesto).
Energía invisible es la semilla que muta en futuro, que deja huellas, que se alimenta del sol. En la misma dirección, lo que ahonda en sus letras derrama en el andar de encuentros claros, contundentes en la forma de llegar, “las bases construir”. Todas lecturas y clarividencias en la manera de perpetuar emociones que son para siempre, pelean día a día como aquello que “se hace polvo y vuelve a renacer” (Nawal).
“¿Para qué estamos acá?” se oye en Motivo por el cual existo, y la respuesta es clave: envuelto en un ideal individual/colectivo —“tratar que sea así” — con la meta para que sea real y “algo más que mirar para atrás”.
La Energía invisible está en todos lados: viaja, se reproduce, estimula, se regenera en el aire, es. Una forma de ver aquello que se transmite de ser en ser y que nos mantiene comunicados dentro de un código global. Es música. Es canción. Es rock.
Esa búsqueda —puente de energía, reflejo y liberación— queda impresa en cuarenta minutos en donde una propuesta universal en clave rock se expande desde caminos de cadencias perfectas y elaboradas con la pretensión de hacer “sentir”, buscando felicidad en las cosas que se hacen con amor.

Escuchalo en www.protoplasmarock.com.ar

*Lic. en Periodismo y Comunicación Social de la FPyCS (UNLP).

 

spinetta[1]

Afredo Rosso en el viaje

El periodista más experimentado del rock escribió para la edición Todo Spinetta. Viaje por un texto en el que desanda su camino en la vida junto a las melodías del Flaco. Una historia de música, enseñanzas y canciones inoxidables.

 

Spinetta o la magia de todos los días

Actualmente, Rosso conduce La trama celeste en AM 750 (sáb. de 18 a 21).

Actualmente, Rosso conduce La trama celeste en AM 750 (sáb. de 18 a 21).

Por Alfredo Rosso*
Spinetta me hizo ver la dimensión de lo mágico en la vida de todos los días. Un día de 1968 escuché “Para saber cómo es la soledad” de Almendra como cortina del programa “Modart en la Noche” y algo se encendió en mí. Entendí la sonrisa del arte, la sensación de que la vida puede ser más liviana y a la vez dulcemente compleja. Usurpaba el gobierno una de las tantas dictaduras militares que padecimos en aquellas décadas, pero más allá de la censura castrense, estaba la censura civil, la pacatería de un ser nacional conservador, prejuicioso, rígido. Y el rock en general —y Spinetta en particular— vinieron a romper con ese gris de tedio, de ebriedad mesiánica, de argumentos de vida planificados por otros.
La música, la letra, la vibración de Spinetta ponían color allí donde había tonos de gris. Nunca tuve ídolos; no creo en los ídolos. Creo, sí, en compañeros de viaje con quienes comparto sensaciones, sentimientos, percepciones y dudas en esta loca, imprevisible odisea de la vida. Y así me vi compartiendo las propuestas de Spinetta a través de las décadas. Seguí de cerca las pinceladas musicales que dio con Pescado Rabioso, con Invisible, con Jade, y en sus varios proyectos bajo su propio nombre. Siempre amé su integridad, la forma en que vivió su vida como vivió su arte: sin resignar, sin renunciar, mirando hacia adelante.

 

*Entre 1980 y 2002 se desempeñó en varias revistas como Mordisco, Cerdos y Peces, Rock & Pop, Los Inrockuptibles, Esculpiendo Milagros, Mix, La Mano (como Director asociado) y los suplementos musicales y para jóvenes Si (Clarín), Rock (La Nación), No y Radar (Página/12). Trabajó en importantes compañías discográficas, como Music Hall (de 1976 a 1979), BMG (de 1996 a 1998, y colaboró con las reediciones de discos de rock nacional de Sony Music y EMI Odeón. Realizó distintos trabajos en radio, como programador y productor musical de FMR (Radio Rivadavia, de 1982 a 1985), Lado B (Radio Alfa, 1993), La Mano y Expreso Imaginario (Radioactiva, de 1995 a 1997, y 2001 respectivamente). Produjo y musicalizó La casa del Rock Naciente (Radio Rock & Pop). Para televisión, realizó un programa para la BBC de Londres sobre música argentina (en 2004), y produjo y condujo el programa Vinilo, en el canal Much Music entre 2004 y 2005. Dictó numerosas conferencias y seminarios sobre rock argentino, en la Universidad de Belgrano y en el espacio de arte Artilaria. También fue traductor e intérprete del inglés, para Warner Bros. Actualmente conduce La trama celeste (sábados de 18 a 21 por AM 750) y realiza una columna de música rock en Negrópolis (conducido por Elizabeth Vernaci en Rock & Pop).
Fuente: Wikipedia.org

handle404 (2)

Buscá el viaje “Todo Spinetta”

Ya está en las calles la edición Nº 16 de el viaje. Viajan: Alfredo Rosso, Nacho Babino, Mauro Basiuk, NicoB Mansilla, Álvaro Nigro, Ariel Boffelli, Mauricio Villafañe, Estefanía Dupraz y Félix Mansilla. 

01 (4)

Conseguila en…

Lobos: Colombo diarios (H. Yrigoyen y Arevalo). HJ Electricidad (H. Yrigoyen 57). Pericles (9 de Julio). Gráfica Arias (Berro 381). Mirar Cultura Lobos (Rauch 155). Stihl Concesionaria (H. Yrigoyen 983). Scotti Seguros (Moreno y Laprida). Fábrica de pastas Sol de Marga (Necochea 487). Pastas Biló (Perón 344). Pintureria Barbieri (Alberdi 120). Custom Shop (Bs. As y Almafuerte). Canal Cuatro (Bs. As), Biroccio Molinos (Olavarrieta 332), Andale Wey (Ayacucho 30), Soc. Rural (Las Heras 87), Casa Cultura de Lobos (Salgado 585). Paradise (9 de Julio 63). Peluquería Cousin´s (Moreno 539).

En Salvador María: Ferreteria Don Atilio (Av. 10 Jerónimo Topa). Heladería Don José (Av. 19 J.T). Autoservicio La Armonía (Av. 10 J.T). Autoservicio Canis (calle 5 y 16 Nº 123). Forrajeria Los Pastizales (calle Nº 166).

En el camping Bahía de Los Lobos: Bar Adonde quieras Rock & Food.

En La Laguna: Restaurant Parrilla Un Lugar (Club de Pesca Lobos).

 

01 (4)

Especial Spinetta en el viaje

Una edición especial a un año de la partida de Luis Alberto Spinetta (1950-2012), con el recorrido de todos sus discos, etapas musicales y el legado rock de un artista conceptual con inabarcable. 

Febrero es todo Spinetta en el viaje. En esta ocasión, tenemos el agrado de contar con una colaboración exclusiva del periodista de rock Alfredo Rosso, quien deja andar las palabras en los significados de Spinetta en su vida a un año de la partida. Queremos así asentar el recuerdo para que se explaye en un presente, distinto ya. Porque el flaco suma cultura, en este, y en todos sus viajes.

Febrero es todo Spinetta en el viaje.

Febrero es todo Spinetta en el viaje.

La búsqueda de la estrella
La edición de febrero es todo Spinetta en el viaje. La idea surgió después de la edición de marzo de 2012, donde a través de un repaso certero por la vida de Luis, Nacho Babino abrió la posibilidad de encontrar en esa misión la fuente de todo deseo: invitar hoy a los amigos spinetteanos para escribir sobre él, su obra, su camino, su traspaso en todas las vidas que atravesó de modo cercano, en cada vuelta de disco, es mucho y es poco a su vez. Allá vamos sin esperar nada, pero dando todo. Los por qué se denotan claros, fervientes, se aproximan en cada uno de los textos escritos en exclusiva para esta publicación y, la búsqueda de la estrella es precisamente eso: ahondar en las sendas para transmitir sin reparos, expandir, comunicar, ser para ser, dar para seguir. Creemos claramente que si las cosas que contamos tienen empeño lograremos continuar, buscando las excusas, haciendo real aquello que planteamos como objetivos. Entre las enseñanzas de Don Luis, encontramos para esta ocasión, aquello en lo que nos reflejamos e intentamos desandar. “Después de todo tu eres la única muralla, si no te saltas nunca darás un solo paso”. Eso es, en parte, la búsqueda de lo infinito, la transposición entre el ser social y lo interno. La sola idea de buscar conformar los días de cada uno, de todos, en las cosas que queremos para ser algo más que caminantes. Creemos en que si lo buscamos, llegaremos: como puente, como testigos, como luz. Todos nos debemos el mensaje de prestar el alma, volar, sin daños, con decencia, para hacer lo que hay que hacer.

“La totalidad de tu cuerpo eterno no es maligna,
la semilla crece donde el sol la deposita.
Y ven los vientos en retorno,
son sangres marginales
y cuerpos en colores…
Lo que está y no se usa nos fulminará”.
(Elementales leches. Invisible, 1974).

110-spinetta

Fue a mojarse los pies a la luna

El 8 de febrero de 2012 cambió todo: la muerte de Spinetta pegó en todos los que alguna vez sintieron sus canciones. Narración de una despedida. El abrazo a lo lejos. Por Félix Mansilla.

ES1.jpg_722325795Hizo una semana de la partida de Luis Alberto Spinetta. Muy rápido todo. Un viernes de lluvia, me enteré de su enfermedad. Me indigné con el tratamiento de los medios buitres, pensé en ese final, pero esperando buenas noticias. Así como así, un miércoles de mierda, después de mirar algunos minutos el resplandor de la Laguna con mi hermano Nico, fuimos a tomar un helado, como en un día cualquiera. Cuando subimos al auto para pasar por la casa de mis viejos, un sms nos anunció ese final. Llegamos a casa y mi viejo en la radio escuchaba todos los mensajes de los oyentes que contaban cuando lo escucharon por primera vez y todo lo que se dice de las personas que se van. Nico se acostó a escuchar el CD 3 de las Bandas Eternas. Yo me miré en el espejo de la habitación de mis viejos y rompí en llanto como no lo hacía desde la muerte de mi abuelo y en días en que pensé que el amor se fue. Recibí el llamado de mi amor que lo hacía para darme la noticia y al sentirme sólo me pidió que no sufra, que el Flaco iba a estar mejor. Después de las lágrimas, mi viejo me consoló con sabias palabras: “Lo importante en que un tipo como éste, deja una obra que lo revive siempre. Pero llorá si te hace bien”.

Después del nudo en la garganta, llamé a mi amigo Nacho —con quien solíamos escuchar y re-comentar cada disco, etapa y locuras del Flaco— porque lo necesitaba. Desde Uruguay me dijo que ya lo había llorado, pero que no se sentía del todo mal.

Con Nico decidimos ir a La Cruz, un lugar que queda alejado del pueblo, donde siempre vamos porque por ese camino no existen las miradas prejuiciosas. Con el viento en la espalda, miramos el piso en silencio. El Flaco ya no estaba más. Fue como cuando por la radio escuchamos que había muerto Sokol o cuando estaba por rendir matemáticas en febrero y un boludo dijo entre risas “che, murió Pappo”. Ése día el almuerzo en casa fue el más triste.

Hoy, son solo recuerdos. Duermo tranquilo porque “todas las cosas que se pierden las tiene en un bolsodios”.

*Texto escrito a una semana de aquella partida.

Sasturain en su escritorio hablando de literatura de fútbol. (Foto N. Ferré).

“El fútbol me pasa”

El escritor y periodista Juan Sasturain, hace un repaso de la historia de los relatos de fútbol y “los permisos” para comenzar a escribir con la pelota. A sus 67, asegura: “El fútbol es una metáfora de la vida: hay aliados, enemigos, dificultades y es imprevisible”. Por FPM

Picado Grueso es su último libro de cuentos de fútbol.

Picado Grueso es su último libro de cuentos de fútbol.

Camina medio a las chuecadas, pero firme. Le dura el porte de centro delantero. Abre la puerta y el frío le apura los pasos en la escalera que conduce a su departamento con pisos de parquet. Las paredes de la casa de Sasturain están cubiertas en más de un 30% por libros de todo tipo, dispersos en un orden moldeado por los tiempos —no distinguidos por pelo ni marca— pero aun así reconocibles y hallables. Hay muchos y viejos sobretodo, pero están esos que reconocemos como de ésta, nuestra época: tapas a todo color, cuerpos con lomos diversos y usados, leídos y consultados. Si uno piensa en todas las publicaciones de este escritor nacido bien en el interior de la provincia, allá en González Chaves en 1945, el camino lleva el tiempo surcado por una variedad de aristas que van desde el relato corto a novelas con personajes que no se olvidan. Algunos de todos ellos se dejan ver entreverados en pilas de una repisa menos gastada que el resto de los anaqueles. En tanto alto se perciben, pero no cabrían en un rincón de 40 x 40.  En el camino cercado por miles de encuadernaciones del tiempo, un piano sin cola anticipa el pasillo que conduce a la puerta de su “sala de operaciones”, donde una chapa de bronce anuncia “Investigaciones Etchenike”. Allí, en otras tres paredes atestadas como en un laberinto bibliotecario, Sasturain tiene dos computadoras que se adivinan apenas en una marea encuadernada.

Ficción, historia, drama, poesía y aventura se reparten en la sala de unos de los actuales cultures de la literatura futbolera, del policial negro y la historieta. A media luz, los lomos dorados de ediciones antiquísimas parecen muros entre grises y en un apartado de luz por encima de la puerta, se presenta una publicación amarillenta de Navokov. Sobre un ventanal angosto y alargado que da a la calle Defensa, se amontonan —como vecinas de toda la vida— ediciones de cuentos y novelas de fútbol. Toma dos, los acomoda: Cuentos de fútbol argentino del Negro Fontanarrosa y Picado grueso (reditado este año por Sudamericana). Todos tienen el fútbol como la excusa aparente, en donde reside el temple de escritor afianzado en un camino presente y retrospectivo para recorrer el universo de lo casi cotidiano. Afuera —en segundo plano— se escuchan las voces de gritos solitarios en un viernes húmedo en la Capital. Acomodado en una silla giratoria, el escritor interroga por arriba de sus lentes como inspeccionando en chino pícaro:

—¿Graba bien esto?

¿Puede con el tiempo tomar un reconocimiento más formalizado el cuento de fútbol?

Hay cuentos que son de fútbol y hay cuentos que son con fútbol, que son dos cosas distintas. Un cuento de fútbol, podríamos llegar a suponer que es un cuento en el cual el juego en sí es insustituible para la comprensión del texto. En otros casos, si uno piensa en una novela como “El miedo del arquero ante el tiro penal” de Peter Handke (1971), no tiene un carajo que ver con el fútbol, el personaje alguna vez fue arquero. Yo tengo una novela que se llama “La lucha continúa” (2002), en el que el protagonista es un ex arquero. El fútbol pasa por ahí, pero no es una novela de fútbol.

¿Puede ser el fútbol siempre una buena excusa para escribir un cuento?
Eso depende. Los temas no hacen a la esencia de la literatura, no hay grandes temas ni temas chicos, ni más importantes ni temas triviales. Depende, como siempre, de la escritura. Siempre es cómo está hecha: no qué se cuenta, sino cómo se cuenta. Esto puede ser un beso, un tropezón, la caída de un imperio o un gol. Lo que sucede es que el fútbol como fenómeno tiene tantas aristas. En la cabeza de los hombres argentinos el fútbol ocupa un lugar. Los escritores siempre fueron hinchas de equipos, lo que pasa es que no escribían sobre eso.

¿Hubo una especie de apertura hacia este tipo de literatura en los últimos 30 años?
Hubo un proceso en el que se publicaron más y se hicieron más visibles y aparecen más autores. El fenómeno vendría a ser que hubo más permiso para escribir sobre fútbol. Algunos escritores nuevos y otros que ya tenían trayectoria, le dieron expresión a esa cosa futbolera que ya venía con ellos. Un ejemplo muy lindo es el de Galeano, un hombre que venía escribiendo ficciones, ensayos, política, historia, de divulgación en los años sesenta. Los primeros libros de Eduardo son de mediados de los años sesenta, muy precoces, hizo periodismo y otras cosas. Pero en determinado momento, avanzado ya los años noventa, escribió su primer libro sobre fútbol: El fútbol a sol y sombra (1995) ¿Podemos decir entonces que Galeano descubrió el fútbol, descubrió Peñarol, descubrió el Maracanazo a sus cincuenta años? No. De algún modo, hubo como un permiso personal en el cual el fútbol apareció como un tema en cual él encontró un motivo para escribir sobre eso. Además, encontró una demanda —usémoslo en términos marketineros— un espacio en el cual que apareciera un libro de Galeano hablando de fútbol no iba a significar que lo señalaran con el dedo como populista, cosas por el estilo, berreta, etcétera.

¿Se puede considerar como el puntapié la antología de Roberto Santoro Literatura de la pelota?
El poeta del grupo El Barrilete, militante popular, desaparecido, escribió en los setenta Literatura de la pelota. Santoro, hizo la primera antología grande con muchísimos textos de muchos autores. Después, aparecieron “Cuentos de fútbol argentino” (1999), y otra que tuvo ‘más reconocimiento’ hecha antes por (Jorge) Valdano en España (Cuentos de fútbol, 1994). La que hizo el Negro y que escribimos un montón de nosotros hay presencia del fútbol, lo que pasa es que no era tan frecuente. En Argentina, esto parece más difícil: dependemos de algunos autores que empezaron a escribir sistemáticamente sobre temas y lugares recurrentes.

Algo de eso traía Soriano en sus textos: los paisajes con vientos del sur…
Osvaldo ya en los setenta cuando era periodista de La Opinión, antes de publicar su primera novela Triste solitario y final (1973), escribió entre otras cosas el texto Obdulio Varela / El reposo del centrojás (del julio de 1972), es decir, que había en él esas cosas. Eso es Soriano, no la literatura futbolera. Son virtudes del escritor. No te puede gustar el ballet, pero lees a ciertos tipos y decís ‘la puta, acá hay algo’. Osvaldo, entre otras cosas, transmite extraordinariamente bien los climas. Alguien no conoce el sur de los Estados Unidos, nunca estuvo en un algodonal ni vio nunca un negro, pero lee Faulkner y dice: ‘esto vale la pena conocerlo’. Eso es un escritor.

¿Cree que la literatura futbolera se expande por narrar todo aquello que no se ve en los medios?
Sí, porque hay ciertas tendencias a analizar al partido de fútbol que tienden a recortarlo estadísticamente, de resolverlo a través de los números, con un resultado y un montón de porcentajes que explican ese resultado. Eso no es cierto, eso es mentira: todo lo que los números cuentan no dan cuenta de lo que hace que el partido sea el partido. Pero el partido es otra cosa, es un relato: porque hubo una pelota que pegó en un palo, un tropezón, otro que no pudo jugar, uno que le erró, otro que se lesionó, otro que lo echaron porque el réferi se equivocó. Hay una altísima dosis de azar: ‘Este partido podría ser una tragedia’ y terminó en una comedia, o un partido de ‘trámite liviano’ y terminó siendo un quilombo descomunal. Es decir, cada vez se avecina un acontecimiento nuevo, en eso reside su atractivo, porque si fuera reducible al resultado solamente, a nadie le importaría. Como el fútbol es tan azaroso, lleno de tantas posibilidades, incide y es lo más parecido a la vida cotidiana: en que los roles cambian continuamente. Jugar al fútbol es una metáfora de la vida: hay aliados, enemigos, dificultades y es imprevisible en gran medida.

¿Hay una expropiación de todo el peso simbólico del fútbol según las épocas que atraviesa?
El fútbol como fenómeno social ha sido ideológicamente, podríamos decir, anatemizado tanto por izquierda como por derecha. Por izquierda, porque el fútbol era una alienación, el pueblo en lugar de ocuparse de hacer la revolución y salir adelante con la bandera, se distraía —como unos pelotudos— detrás de la pelotita, de agarrarse a trompadas por una camiseta y no por la lucha de clases. Hay algo de verdad en eso, supongo que sí, pero no lo agota, no es todo. Por derecha, porque era ‘cosa de negro’ ¿Qué es el fútbol? el lugar de la irracionalidad, de tipos que no piensan ‘¿cómo puede calentarse alguien por un lateral mal cobrado?’, ‘¿cómo podés poner toda esa energía en esas pelotudeces?’ Además, para la derecha el fútbol es el no pensar, la brutalidad: ‘los tipos que se dedican a eso no piensan’, es el lugar del desafuero, salirse y olvidarse de sí mismo, toda una teoría catártica y alienación futbolera, esas únicas explicaciones. Eso tiene connotaciones políticas muy claras: ‘¿cuál es el comportamiento de los futboleros? y… terminan votando a quien no deberían, estos hijos de puta, negros de mierda, en lugar de votar a quien deben —es decir, a sus representantes de clase o a los ilustrados— votan al peronismo, por ejemplo. ‘Estos negros de mierda no piensan, ¿qué podés esperar de un tipo que va a la cancha?’.

¿Se refiere a diferentes conceptos de la cultura según gustos y pasiones?
De algún modo, los prejuicios culturales tienen un alto contenido político. Es toda una concepción de la cultura y el fútbol formaba parte de la incultura. En determinado momento, fines de los sesenta y comienzo de los setenta, también en el campo del debate cultural y político, se discutió sobre qué era la cultura. Hablamos de cultura popular, música popular. Acá hay valores, viejo. No estará en las bibliotecas o en el cine, pero acá hay cosas, hay algo que tiene que ver con la identidad, con el sentimiento y con la estética también, con la creación, muchas cosas. La discusión sobre el concepto de cultura popular, opuesto al anterior más elitista, incluye este tipo de cosas. Los permisos para empezar a escribir de estas cosas, revalorizar todo lo que eran las formas de la cultura popular entre otras formas de identificación popular, el fútbol es una de ellas.

Lo vivible del fútbol pareciera que hoy pasa sólo por la televisión.
Se trata de un fenómeno contemporáneo que es universal. La popularidad del fútbol en la mediatización es absoluta: es el espectáculo más grande del mundo. Hay más países en la FIFA que en la ONU, tiene más espacio la identidad futbolera que la identidad de país. No existe audiencia mayor a nivel universal que la de los mundiales. Hoy, una de las cinco personas más conocidas del mundo es el petiso Messi. Esos son fenómenos muy peculiares. Nosotros somos del país donde nació Maradona. Todo esto es un dato. Obviamente, es una enfermedad, un síntoma de cómo están las cosas, que tiene que ver con el poder de los medios, que son noventa guita aparte. Eso, entre tantas cosas, ha puesto al fútbol muy por delante, es lo inevitable. Por eso, todo el mundo casi tiene que escribir sobre el fútbol, porque está siempre adelante tuyo, no te podés hacer el pelotudo, aunque sea para negarlo. La oferta futbolera de los medios es excesiva e insoportable, inclusive para los que nos gusta el fulbito.

¿Qué fue lo que lo condujo puntualmente a escribir sobre fútbol?
El hecho de que me gusta el fútbol y porque ocupa gran parte de mi cabeza. Y nada más. Escribo sobre las cosas que me interesan y a mi el fútbol me interesa. Entonces, en lugar de reprimir aquello diciendo que son boludeces, veré por qué carajo me interesa. El amor, la política, el fútbol, los hijos. Uno escribe sobre lo que le pasa y a mi el fútbol me pasa.

¿Se puede decir que a partir de la difusión de Alejandro Apo los cuentos de fútbol se leen más?
Alejandro tiene una cosa muy reveladora, la de convertir a un inédito en un edito. (Eduardo) Sacheri nunca había publicado hasta que Alejandro empezó a contar y a leer sus cuentos, los convirtió en relato. Un dato más respecto a la potencia del relato oral en el fútbol. En Fontanarrosa todos los escritos tienen que ver con la oralidad. Una de sus grandes virtudes como escritor, a secas, es la oreja que tiene el Negro, infalible para el diálogo. Entonces, se convierten en textos transmisibles a través de otros soportes y que oralmente sirven. La radio es el medio en el cual el fútbol más se difundió. Los que hemos vivido en el interior y hemos sido chicos en época que no había tele, el fútbol era jugarlo y el equipo de mi pueblo. Pero en el lugar de la pasión, Boquita era eso: una transmisión radial de los domingos. Era un cuento y te agarrabas a trompadas por un penal que nadie había visto. Discutías por un relato. Era como ver una película o escuchar a Tarzán por la radio. El fútbol llega como un relato, de ahí, viene la épica.

¿Cómo las peleas por radio de Monzón en Argentina o el Maracanazo para los uruguayos?
Me contaba mi papá cuando yo era muy chico, que los uruguayos después de que ganaron el mundial del ’50, repetían la transmisión de Solé, unos de los más extraordinarios narradores uruguayos, Víctor Hugo es nieto de esa tradición, de aquellos que tenían que hacer imaginar. Es distinto un mundo con tele que uno sin tele. Hay que pensar en el origen de la literatura cuando las cosas aún no estaban escritas: Homero es un narrador, el juglar que cuenta el Cid no tiene otra forma, es el único que existe, el que cuenta él. Entonces, el único Maracanazo que existe es el que contó Solé, durante lo que duró el partido y para todos los que no estaban en el estadio. Lo único que existe es ése relato y alguna imagen ‘puta’ después. Pero lo único que existe es ese cuento. Cuando terminaron el mundial, los uruguayos lo pasaban todas las noches entero, escuchaban de nuevo el cuento antes de ir a dormir. No importa si existió o no, supongamos que fue todo mentira, que nunca existió el Maracanazo, no importa, existe el relato. En el cuento de Bioy y Borges, el fútbol no existe más que como un relato. Qué sabemos si el Cid existió, si Homero existió. Bueno, el fútbol tiene esa seducción. Todos los de Independiente hablan del Bocha ¿quién vio al Bocha? Se habrá muerto ya el último que lo vio. Quedaron las imágenes y el relato*.

(de la edición el viaje aniversario 1, noviembre 2012). 

*Entrevista realizada el 8 de junio de 2012 para la Tesis Revista Centrofóbal (una mirada literaria del fútbol), en conjunto con Francisco Clavenzani (periodista gráfico y radial. Ayudante de cátedra de la tecnicatura de Periodismo Deportivo de la FPyCS UNLP).

Fotos: Nicolás Ferré.

vuelve_el_eternauta_a_02_los_diarios_tierra_freak_tierrafreak.com.ar

La pluma de Solano López

Un repaso por la vida del dibujante de El Eternauta. Los pasos de un icono de la contracultura local, la historia de un héroe nacional donde se narró partes de una Argentina sangrienta. Por Mauro Basiuk*.

Solano López junto a el Eternauta.

Solano López junto a el Eternauta.

Nacido en la Ciudad de Buenos Aires en 1928, Francisco Solano López fue uno de los mayores dibujantes que dio la historieta en nuestro país. Autodidacta, al igual que el italiano Hugo Pratt, su nombre se inscribe dentro de la época “dorada” del género. Si bien publicó su primer trabajo en la Editorial Columba junto al guionista Roger Plá, en 1955 comenzó a trabajar con quien haría una pareja inoxidable: Héctor Oesterheld. Participaron juntos en la creación de Frontera, un espacio autóctono para publicar tiras. Rolo, el marciano adoptivo, Ernie Pike y El Cuaderno Rojo fueron algunas de las obras hechas antes de que llegara Juan Salvo y los suyos con toda la mitología a cuestas.

El Eternauta, comenzó a publicarse en Hora Cero semanal el 4 de septiembre de 1957. La historia satisfacía el deseo de Solano López de hacer una serie de ciencia ficción pero con cierto toque realista. Así, los partidos de truco entre Salvo, Favale, Lucas y Polsky con el Estadio Monumental aparecían trazados junto a cascarudos gigantes (Gurbos), los Ellos y nevadas mortales. Fueron 106 entregas semanales, tras lo cual viajó a Europa en la década del sesenta.

vineta_eternauta_escrita_hector_german_oesterheld_dibujos_francisco_solano_lopez1

La serie fue creada en 1957 por Solano López Héctor y Germán Oesterheld.

Cuando volvió al país regresó a Columba. Si de regresos se trata, nuevamente con Oesterheld en 1976 harían El Eternauta II, publicado en Skorpio. En ese entonces, había distancias entre ellos: el guionista llevó al papel su praxis militante en Montoneros, algo que Solano López no veía con los mejores ojos, lo cual no impidió que culminasen la secuela.
El secuestro y la posterior liberación de Gabriel, uno de sus hijos, motivó que Solano López se exilie en España junto a su familia. Allí, realizó relatos potentes y crudos, como Ana e Historias Tristes. Luego fue el tiempo de Brasil, donde trabajó para editoriales norteamericanas. Volvería definitivamente a la Argentina en 1995. A esa altura, la suma de kilómetros recorridos era proporcional a los personajes creados: Bull Rocket, Slott Bar, Ministerio, Joe Zonda, Evaristo (“el mejor policial argentino”, según Juan Sasturain.

Hecha con Carlos Sampayo, inspirada en el áspero comisario Meneses), Calle Corrientes (en Superhumor) o La guerra del Paraguay.
Descendiente directo de quien fuera su homónimo, segundo presidente constitucional de Paraguay y mariscal en la fraticida Guerra de la Triple Alianza, El Eternauta volvería a cruzarse en su vida en 1997 (con la compañía de Pablo “Pol” Maiztegui) y en 2001. En 2008 fue declarado «personalidad destacada de la cultura» por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires y pocos meses después de su muerte, la pantalla grande tuvo su arte como pieza clave en Eva de la Argentina, film de animación dirigido por María Seoane.

Francisco Solano López siguió trabajando hasta su fallecimiento, a los 83 años, la madrugada del viernes 12 de agosto de 2011. Se lo podía encontrar en su departamento de Sánchez de Bustamante, donde volvía a responder las preguntas surgidas del renacer de ese Eternauta que lo seguía buscando en el tiempo. El Eternauta: el perro llamador, fue su último proyecto, con la participación de dibujantes de todas las generaciones. En ellos, los que siguen su legado, es posible reencontrarse con los ojos de personajes, que, a través de rostros expresivos, nos siguen interrogando como el primer día, insertos en una Buenos Aires cada vez más ajena.

(de la edicion Nº 10, agosto 2012).

*Estudiante de Periodismo y Comunicación Social UNLP, columnista radial, coleccionista.

 

06555

Algún día la verdad

Pato Lacoste desde el presente como contexto de una búsqueda que en el final denota una esperanza –mínima pero al fin. Por Félix Mansilla.

12222

Pato junto a su madre, Lía.

“Pato poseía una particularidad muy cómica. Era rubio, de tez bronceada, pero tenía bigote negro. Eso llamaba mucho la atención en los demás”. Mariano (62), hermano menor de Pato, habla de Luis Oscar Lacoste, lobense secuestrado y desaparecido el 15 de octubre de 1976. Estaba durmiendo en la casa que compartió junto a su esposa, Stella Culela, cuando lo secuestraron. Mariano, narra el episodio de aquella noche: “Sé que cuando entraron (3 encapuchados) a la casa de Pato, lo hicieron con un escopetazo en la puerta, le pegaron un culatazo y se lo llevaron en un Falcon. Mi cuñada salió corriendo a la casa de mi vieja para avisar. En la comisaría nos estaban esperando, tomando mates y con la comisaría abierta”, cuenta con una sonrisa indignada. Una hora más tarde, a las 3 am, la denuncia realizada por Stella en la comisaría local quedó asentada con el título de PRIVACIÓN ILEGÍTIMA DE LA LIBERTAD POR 3 N.N ENCAPUCHADOS. La descripción del hecho da cuenta del accionar utilizado en el secuestro: “Hallábase descansando junto a su esposo. Escuchó una violenta explosión, penetrando en su dormitorio 3 N.N armados y encapuchados, los que procedieron a llevarse a su esposo. Los autores del hecho fugaron en dos automóviles de los cuales ignora características”.

A Mariano le brillan los ojos, tose y habla pausado. Se acomoda en la silla de su escritorio y dice “preguntá, no hay problema”, y a sus espaldas un poster del Mundial Holanda ‘74 contextualiza las historias que transcurrieron en esa década pesada de cambios y pseudo-revoluciones con botas y complicidad.

Libros y bicicletas
En la vereda de Castelli y 25 de Mayo, un martes de primavera yace con un sol que se aleja en las sombras de árboles cercanos a un antiguo ciber de dos pisos. En el interior, el sol está en los ojos de Mariano cuando habla de Pato, hermano mayor que siempre le repetía que ‘si no querés ser un burro, tenés que leer, que leyendo vas a aprender los verbos, leyendo vas a aprender a hablar mejor. Siempre leé, leé y leé’. Mariano habla de su hermano, se mueve lento en la silla de su oficina, juega con una lapicera encastrada en un broche mano de metal y el reflejo de su rostro en el vidrio del escritorio se mezcla con fotos de todos sus pasados familiares. El recuerdo en palabras va hacia la infancia de Pato. En sus alumnos: “Hoy, muchos de los que lo tuvieron como profesor me dicen que nunca se olvidan de Pato, porque era un tipo que tenía la fórmula para hacerte gustar la materia”. En su entorno: “Tenía otra cosa y era que le gustaba tratar con los alumnos, porque no era una persona seca con clases donde fuese todo silencio”. En su esencia: “Él era hincha de Boca y si jugaba Boca–San Lorenzo el domingo y perdía Boca, al otro día le decía al hincha de San Lorenzo: ‘pasá vos a dar lección’. Tenía esas cosas”. En la introducción a sus días en la vida, Mariano deja bien en claro su repudio al accionar de las fuerzas armadas. Por ese pasado de mierda: “Hoy veo una gorra y no me gusta. Me callo la boca, pero no los puedo respetar, porque sé muchas cosas”.

En el primer momento de la charla, los temas a tratar y los espacios por recorrer dejan que el REC desaparezca en el tiempo y la escena. Sin dejar de observar los movimientos del broche sobre el cuerpo de su lapicera -con los ojos grandes para encontrar un recuerdo- la vuelta al pasado se le nota alegre a Mariano. En esas mismas calles, los hermanos Lacoste –Pato, Eugenio y Mariano– corrieron, jugaron, crecieron. Mariano mira entre sus lentes y recuerda: Pato tenía un grupo muy grande de amigos. En ese tiempo, estaba el Fitti Ferro y a la vuelta de donde queda el destacamento de Bomberos, el club Estudiantes. Uno de los deportes que practicábamos –yo era el más chico y ellos me llevaban para todos lados- era el básquet, en el Fitti. A Pato le gustaba y jugaba bien al básquet. Hacíamos cosas de chiquilines. Se jugaba mucho al fútbol atrás de donde se estaba haciendo la capilla del colegio de Hermanas. Como todos los chicos de esa época con menos de quince años, lo que hacíamos era jugar ahí. También recuerdo que yo quería ir a los bailes con ellos, los más grandes. También que salíamos a andar en bicicleta, con grupos de amigos y amigas. La vida de él, era como la de cualquiera de los muchachos de esa edad: vivir para ir a un baile o conocer a alguna persona, alguna chica. Otra de las cosas que recuerdo son las salidas en bicicleta con los amigos o algo que hizo mucho con sus alumnos: juntarse en la plaza y salir a conocer almacenes viejos y pulperías de Empalme Lobos y los alrededores de la ciudad en bici”.

Pasos perdidos
El tiempo de los hermanos transcurrió en familia, con amigos y Pato comenzó a estudiar Filosofía y Letras en la UBA. Mariano ataja esos abrazos de regreso y cuenta. “Sabía otros idiomas como el inglés, que lo manejaba muy bien. Su forma de ser era la de un tipo al que le gustaba leer, escribir, expresarse. Recuerdo que tenía una memoria envidiable y conocimientos en muchas cosas. Era una persona a la que le gustaba mucho el teatro, el cine y era un apasionado de la música, tanto el jazz como la música brasilera. Y de acá; folklore y tango. Era un amante de la música de todo tipo, en todos los sentidos. Cuando empezó a estudiar, me acuerdo que en mi casa no sobraba la plata, pero tuvo la suerte de que mis padres le pudieran pagar los estudios, con esfuerzo”. Sigue: “Pato era una persona que te hacía leer un libro, te enseñaba a estudiarlo, cómo encararlo al momento de leerlo. Leer y hacer un debate sobre los contenidos. Me acuerdo porque él fue mi profesor”.

Cuando las personas cercanas no están más, quedan sus recuerdos, fotos y las anécdotas compartidas. Conocemos a Pato en fotografías viejas, pero el semblante personal se descubre en instantes, en los gestos de Mariano. Volver implica interrogantes a la hora de rearmar a Pato: ¿Cómo sería su voz, su personalidad, su lado escritor y sus visiones para aquel tiempo? Su pequeño legado literario puede registrarlo como un intelectual de estos lados del mapa.

Las anécdotas de la charla son las que van generando el imaginario sobre la personalidad de Pato. Luego de recibido, comenzó a dar clases en el Colegio Nacional, donde creció y formó sus primeros pasos. Mariano, lo retrata con una de las ideas que proyectó para siempre mejorar. “Tenía cosas que por interés propio empezó. Una de ellas fue darles capacitación a los profesores y maestras del primario. Recuerdo que algunas maestras de esa época –muchas que ya deben estar jubiladas– siempre decían lo que era Pato. Puedo decir que era un tipo muy capacitado y con un conocimiento claro. Todo lo que leía le quedaba grabado en la cabeza”, asegura Mariano y la lapicera sigue raspada por el broche. Distinto o pleno en su formación, desprendimiento y comprensión de una época, Luis, el hijo de Lía y Cacho, el hermano de Eugenio y Mariano, el amigo del club, el profesor del Nacional, el director de teatro, el esposo, Pato, el de todos y ayer, no estuvo más. Como a modo de una declaración “correcta” o “explicativa”, Mariano señala: “Yo no voy a negar que en su momento Pato tenía la fotito del Che. Sus ideas las tenía muy claras. Como todo estudiante de esa época, militó en agrupaciones de estudiantes en la universidad. Pero en su vida tocó un arma”.

En palabras de Mariano, quien ya contó su historia –la de su familia, la de los amigos- muchas veces, se le nota la cronología mental. Una clara sucesión de los hechos, el recuerdo de aquello. “Cuando se lo llevaron a Pato, a nosotros nos dijeron que vayamos al batallón de Azul para saber qué pasaba. Nos entrevistamos con el teniente coronel Mansilla. Él nos comunicó que nos quedáramos tranquilos que ante un hecho de esta situación, las Fuerzas Armadas siempre estaban para cuidar el orden y que por eso actuaban. Entonces, comenzamos a no entender: actuaban, secuestraban a cara cubierta o si lo hacían a cara descubierta, era muy simple: lo hacían entre seis o siete a uno solo y lo limpiaban. Así que muy valientes las FF.AA no eran. Según ellos, todo ocurrió como consecuencia de unas reuniones que había habido en colegio Nacional, sobre que mi hermano había estado dando clases de política y lo que mi hermano menos hacía era dar clases de política.

Era de hablar con los chicos a lo sumo de deportes, fútbol, esas cosas. Pero hubo reuniones donde le increparon un montón de cosas y bueno -como nos dijo el coronel Mansilla- ellos se enteraban y procedían”.

La charla continúa por el final más conocido. En la calle ya no sobra luz, pero Pato sigue ahí, como el sol en los ojos de Mariano al nombrarlo por primera vez. Será en las veredas donde se criaron con los demás pibes del barrio, será en las fotos para las que alguna vez posó. Pato vive en ellos y en todos. En el revisionismo. En el Pato hermano. Al que se llevaron para siempre. Entonces, la infancia, los momentos inmortales vuelven. Porque son recuerdos y están ahí. Mariano lo refresca y le da frescura al hermano, al amigo, al profe, el mayor de la familia, por ahí, capitán de aquel equipo de básquet. Vive así, en anécdotas. La última antes del stop/REC. “Recuerdo que una vez estábamos en el patio del colegio de Hermanas jugando al fútbol donde había plantas de mandarina y de naranjas. Estábamos comiendo y vino una de las hermanas –bravísima- a retarnos y todos me dieron las mandarinas y me cagó a pedos a mí”. Ahí estaba Pato, con él y sus amigos. Allá a lo lejos.

(de la edición Nº 12 de el viaje, octuble 2012).