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Hoy cumple 86 Osvaldo Bayer

el viaje celebra al más piola de los octogenarios de las letras argentinas.

Osvaldo Bayer nació en Santa Fe el 18 de febrero de 1927. Es historiador, escritor, periodista y guionista cinematográfico. Su desarrollo en el mundo de las letras dejó libros como “La Patagonia trágica”, llevado al cine por Héctor Olivera como la Patagonia rebelde en el año 1974. Además, “Los anarquistas expropiadores”, “Rebeldía y esperanza”, “En camino al paraíso”, “Entredichos”, “Ventana a la Plaza de Mayo”, “Exilio” (junto al poeta Juan Gelman) y “Severino Di Giovani”, entre otros.

A lo largo de su carrera como activista de DD.HH Bayer se destaca como una de las voces más respetadas en el ámbito de la lucha de los trabajadores anarquistas de principio del siglo XX.

“Coartar la palabra es como matar una paloma en pleno vuelo”.

Foto: Majito

Rock por “No al cierre del ramal Merlo-Lobos”

La comisión Salvemos al tren exigió mejoramiento de vías y servicio regular. La movida cultural contó con los shows de Maybe, Asesinos del Pentagrama, Furión y Grand Routier de Navarro.

El sábado la estación de tren de Empalme Lobos lució distinta. El reclamo por el pedido de mejoramiento del ramal Merlo-Lobos se hizo escuchar mediante una propuesta diferente en la que participaron cuatro bandas de rock, mucho público joven y el pedido por mejoras del ramal que une Merlo con nuestra ciudad.

Asesinos del Pentagrama (Foto: Majito).

Desde hace varios meses, Salvemos al tren viene desarrollando una serie de reclamos con el pedido de medidas por parte de la empresa que explota la concesión del servicio. Desde la comisión expresaron que la mejora de las vías “es de vital importancia para que el tren circule de forma rápida y segura” para las localidades que se ven afectadas por el estado de las vías que recorren Merlo, Mariano Acosta, Marcos Paz, Las Heras y Lobos. Por ello, advirtieron que para la realización de las obras “no es necesario suspender el servicio, ya que como en el ramal eléctrico, las obras pueden hacerse de noche y en el día llevar a cabo un cronograma de emergencia”.

Actualmente el recorrido Merlo-Lobos dura dos horas, por lo que el recambio de vías y durmientes podría reducirlo a una hora cuarenta. El reclamo es una señal de alerta para las autoridades nacionales “debido a que en los últimos dos años el porcentaje de descarrilamientos y suspensiones de servicios creció de forma alarmante”, adujeron desde la comisión.

Rock & roll tren
Leo Duré, representante de Salvemos al tren fue el gestor de la idea del reclamo a través de una propuesta cultural que incluyó la participación de la banda de Navarro Grand Routier y las locales Furión, Asesinos del Pentagrama y Maybe Uhu (Empalme Lobos).

Desde el escenario preparado para la tarde noche del sábado, Duré agradeció a todas las personas que fueron de la movida para que el reclamo sea visibilizado  y agregó que “la lucha de los que trabajamos en el ferrocarril debe ser escuchada, atendida, porque se trata de un transporte público mal manejado desde empresas privadas”.

Fotos: Majito.

 

 

Manuel Dorrego

El gobernador fusilado

Corrían años tumultuosos desde 1810 con el telón de fondo de la independencia de América del Sur, liderada por las campañas de San Martín y Bolívar que trajo la disputa entre los diferentes proyectos de país.

Manuel Dorrego.

Por Mauricio Villafañe*
Manuel Dorrego (1787- 1828), líder del Partido Federal y gobernador de la provincia de Buenos Aires, fue fusilado sin juicio previo el 13 de diciembre de 1828. La orden fue dada por el general Juan Lavalle en el marco de una conspiración de la facción unitaria-rivadaviana contra el gobernador. ¿Quiénes fueron estos hombres que hicieron parte de la historia grande de nuestro país? Fueron hombres que encarnaron las pasiones y las miserias como también las disputas sobre el sentido y el proyecto de organización nacional que nuestro país se dará tras años de enfrentamientos ¿Por qué se llegó a semejante desenlace, a tan vil fusilamiento? Se llegó por la instigación y la traición a las instituciones; el fusilamiento de Dorrego inaugura la práctica del crimen político orquestado por los sectores de poder contra las aspiraciones populares y sus legítimos representantes. Es el comienzo de la violencia política y la conspiración como estrategia para debilitar a la organización popular. De todo esto bien sabe el siglo XX al ser escenario privilegiado de golpes de Estado y de sus resultantes dictaduras.

Corrían años tumultuosos desde 1810 dada la inexorable fuerza de los acontecimientos, con el telón de fondo de la independencia de América del Sur, liderada por las campañas de San Martín y Bolívar. Los avances y retrocesos en esta tarea marcan el tono de la época, surgiendo la disputa entre los diferentes proyectos de país. Los años 20 del siglo XIX serán claves para entender tal disputa: la disolución del poder central (el Directorio) en 1820, abre una etapa de fragmentación que tiene a las provincias del llamado “Interior” renegando de la opresión y las arbitrariedades porteñas (centralismo político y expoliación de los recursos de las economías regionales).

La Argentina “profunda” se rebela contra un estado de cosas comandado desde la ciudad-puerto: en las provincias emergen los “caudillos”, expresiones que condensan liderazgos populares. El status quo porteño (oligarquía agraria y comercial) tenía, por su parte, como figura estelar a Bernardino Rivadavia, hombre referente del Imperio Británico en estas latitudes. Su ascenso político va a significar un duro golpe para el federalismo y va a condicionar la independencia suramericana recientemente obtenida en la batalla de Ayacucho, en 1824. Este mismo año se reúne, por iniciativa de Buenos Aires, el Congreso Constituyente y en 1826 se dicta una Constitución de inspiración unitaria (porteña, centralista). De esta manera se legitimaba la posición del grupo rivadaviano en el poder, atando los destinos de estas tierras al imperialismo británico.

Patriota revolucionario
Sin embargo, los pueblos de las provincias liderados por sus caudillos rechazan y se oponen a los “hombres de casaca negra” (en referencia a los rivadavianos), haciendo a su caída y al ascenso de Dorrego en 1827. Era, por entonces, jefe indiscutido del federalismo y un convencido patriota revolucionario, de una extraordinaria sensibilidad popular, conocido como el “Padre de los pobres”. El resentimiento unitario no tardará en hacerse notar: lo hará instigando a Lavalle a derrocar al gobernador legalmente constituido. Uno de los que “animó” a Lavalle a tomar la decisión del fusilamiento fue el doctor Salvador María del Carril, futuro vicepresidente de Urquiza. La burda argumentación unitaria hacía referencia a la “anarquía” en la que caería la República por el caudillaje provinciano apañado por Dorrego. Un anticipo de la zoncera sarmientina “civilización o barbarie” (ver Ayer nomás de septiembre. Sarmiento revisado: La verdad detrás del “Padre del aula”).

La disputa era política y cultural, exponiendo claramente dos proyectos de país en pugna. El proyecto que se impone lo hace al costo de la sangre derramada de Dorrego. Se sabe que Lavalle se arrepintió y denunció a los instigadores del crimen. Esto no lo exime de su tremenda responsabilidad histórica, manchando para siempre las armas de un soldado de la Patria Grande con la sangre de un compatriota. Fue, sin lugar a dudas, el máximo responsable del fusilamiento de Dorrego, junto a Rivadavia y su grupo.
Esta modesta columna no pretende, como ejercicio histórico, ser el tribunal de nadie. La historia no es un juzgado pero sí un arma, tanto de justificación como de reivindicación o reparación. Este viaje no es neutral (ni podría serlo): va a la memoria del coronel Dorrego, valiente héroe en la lucha por la independencia, patriota de la primera hora, honesto funcionario público, líder popular y mártir del federalismo**.

*Lobense, estudiante del Profesorado de Historia de la UNLP.

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Escritor con pelotas

Uno de los anuncios editoriales para el verano 2013 fue la reedición de todos los libros del Negro Fontanarrosa, amo de un relato costumbrista y con humor, que supo definir con simples palabras. Acá, un repaso bien fútbolero. Por Félix Mansilla.

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Cuando uno habla de cuentos de fútbol, enseguida aparece el nombre de Roberto Fontanarrosa. Su inmersión dentro de la temática significó el punto de partida para una variada rama de escritores contemporáneos que, al mismo tiempo, supieron adentrarse de lleno a sus formas: Osvaldo Soriano, Juan Sasturain, Alejandro Dolina, Mempo Giardinelli, entre otros muchos que hablaron de o con el balón como excusa. Alguien que siempre se definió como un individuo normal, común, que escribía historias que muchos vivieron y que también podrían reconstruir en algunas líneas. “No esperen de mí, ética alguna. Sólo puedo prometerles, como el gran estadista, sangre, sudor y lágrimas en mis escritos. El apetito por más y la ansiedad por saber qué es lo que va a pasar”.

Como un reflejo de tal definición, en “Palabras iniciales”, del libro Usted no me lo va a creer (2003), amplía aún más el concepto personal: “De mí se dirá posiblemente que soy un escritor cómico, a lo sumo. Y será cierto. No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. No aspiro al Nobel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: me cagué de risa con tu libro”.

Sin más, este rosarino canalla nacido en el ‘44, pudo llegar a ser reconocido también por sus personajes gráficos como Inodoro Pereyra o Boogie el aceitoso, pero sobre todo por su impronta y huella en la forma de dar vida a creaciones —tanto gráficas como literarias— plagadas de argentinismos y costumbres con incomparables interpretaciones del mundo. Su forma de hablar sobre sí mismo, deja una senda que abarca lo mejor y lo peor de un personaje reconocido. Por eso el Fontanarrosa, en tanto escritor de relatos de fútbol y dibujante, ahuyentaba los secretos de un escriba galardonado y la entregaba así de corta y al pie: “Siempre me ha gustado dibujar, me ha gustado contar. O sea, el mío es un trabajo vocacional y el gusto lo sigo manteniendo”.

Adentrarse en el mundo Fontanarrosa se parece más al registro de lo cotidiano que a las investiduras de la literatura clásica, no por su toque único, sino por destacar esas cosas que se palpan en el día a día; un café, el fútbol, las minas, el barrio, tópicos por demás claves a la hora de contar al menos una parte de la historia. En la misma medida en que Raymond Carver representó lo cotidiano en “Vecinos” (en Catedral y otros cuentos) o Soriano la política interna del peronismo en “No habrá más penas ni olvido”, su obra es un traslado metafórico plagado de parodias que están en el interior de ficciones con marcas características de paisajes cotidianos, personajes pícaros, inocentes, soñadores y fanáticos, en gran parte, seducidos por una pelota rodando.
Su estampa de escritor queda señalada tanto en las formas de sus relatos —introducciones implícitas que se estiran a medida que las historias fluyen— y, por otra parte y quizá lo más característico: los diálogos. A partir de breves descripciones, la prosa toma formas que son reemplazadas por los gestos de cada personaje —muchos reales: amigos, vecinos, parientes— dónde el hilo de la conversación, describe el panorama donde se sumerge lo acontecido.

Puto el que lee esto
Tras su fallecimiento el 19 de julio de 2007, muchas fueron las veces en las que programas de TV repitieron esa forma irónica del Negro para definir todo lo que hizo a lo largo de más de cuatro décadas. Una mala palabra nunca debe estar de más. Muchas veces cuestionadas, la utilización de este vocabulario tan hablado pero a penas veces escrito, fue una manera en la que Fontanarrosa tuvo el poder de desafiarlas. Él apuntó así: “Creo que la mala palabra hace reír porque rompe con un convencionalismo. Lo que divierte es la irreverencia. La irreverencia provoca alegría”. Y eso era Fontanarrosa, un hacedor de epopeyas que describió las calles de su Rosario natal o fue quien dibujó los paisajes de sábados y domingos de fútbol en casa con la radio de fondo, y en el diario Clarín con su columna en página 2 y en la revista Viva a través de las pictóricas historias del gaucho ‘renegau’. Con simpleza y desparpajo, desplegó una defensa a las palabras proscriptas ante el jurado y el público del Congreso de la Lengua en Rosario, en 2004. “No sé quién las define como malas palabras. Tal vez sean (ellas) como esos villanos de viejas películas —como las que nosotros veíamos—, que en un principio eran buenos, pero que al final la sociedad los hizo malos. Tal vez nosotros, al marginarlas, las hemos derivado en palabras malas. Lo que yo pienso es que brindan otros matices, muchas de ellas”.
De todas formas, no se puede resumir la sumatoria del escritor a la literatura de estos lares por su definición sobre las malas palabras, pero sí poner atención a su dimensión para dar cuenta de los secretos para una mejor atención del lector. Su lenguaje verbal está íntimamente arraigado a sus modos de volcar sobre el papel. Así como por fuera de un ghetto o encumbrado en las formas de definir a alguien afianzado en las letras, en dos líneas expresó que “uno prefiere que guste el trabajo, pero a eso de escribir para los escritores yo no le encuentro la gracia. La cosa son los lectores”.

El barrio
Confeso fanático de Central —“mi nombre completo debería ser Fontanarrosariocentral”— jamás renegó de ser hincha de un equipo del interior y así distrajo los malos pases con el orgullo de llevar los bastones azules en la casaca. Uno de sus célebres cuentos, sino el más representativo de un hecho histórico, fue “19 de diciembre de 1971”. En la trama, miles de rosarinos hinchas de ambos clubes viajaron al Monumental de Núñez para ver la semifinal que definiría quién era el mejor en la ciudad portuaria. Allí, el viejo Casale —personaje principal que nunca había visto perder a Rosario de visitante— es engañado y llevado por un grupo de amigos que lo arrastra hacia la Capital para que el canalla no pierda. La explicación de su sentimiento por la redonda está resumida en pocas líneas, cuando Casale ya está muerto, después de sufrir un infarto tras la victoria de Rosario: “¡Esa es la manera de morir para un Canalla! (…) ¡Así se tenía que morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo ésa, hermano! Yo elijo ésa”.
En dicho cuento, Fontanarrosa expande descripciones de Rosario ciudad antes del enfrentamiento. En la verdadera derrota, en este caso y en encuentros de fútbol de tal magnitud, el miedo juega un rol destacado. “Porque si llegábamos a perder, mamita querida, nos teníamos que ir de la ciudad, mi viejo, nos teníamos que refugiar en el extranjero, te juro, no podíamos volver nunca más acá. Íbamos a parecer esos refugiados camboyanos que se tomaron el piro en una balsa. Te juro que si perdíamos nosotros agarrábamos el ‘Ciudad de Rosario’ y por acá, por el Paraná, nos teníamos que ir todos, millones de canallas, no sé, a Diamante, a Perú, a Cuzco, a la concha de su madre, pero acá no se iba a poder vivir nunca más con la cargada de los leprosos putos, mi viejo”.

Una lección de vida
A un año de la partida del Negro, la periodista y escritora uruguaya María Esther Gilio, quien colaboraba en el suplemento Radar de Página/12, publicó una entrevista titulada “Yo quería hacer Indiana Jones”. Allí, el rosarino fue indagado sobre su rol político en cuanto a los mensajes de sus dibujos y sus formas de expresar algunas formas de realidad. En un tramo en el que habla sobre sí mismo, Gilio interroga sobre en qué está pensado. El Negro responde: “En la gente que a veces me dice si yo hago humor para hacer pensar. Claro que no. Eso sería una pedantería. La gente piensa sola, no necesita mi provocación. Lo que yo busco es hacer reír. Porque, además, si no hago reír me ponen en la calle y se buscan a otro. Eso es así”. A menos de una semana de su fallecimiento, el rosarino dio su última nota a la revista Viva. Un año después, sus palabras flotaban como anticipatorias en la publicación de esa entrevista. Sin pudor, dijo: “Sobre todo, el fútbol, que te limpia el bocho. Ahora no descargo un carajo. ¿Sabés qué? Mi cielo tendría canchitas de fútbol. Sí. A mí no me va eso del Nirvana ni los jardines con minas tocando la flauta. A los dos días ya te querés cortar las pelotas. Con una canchita y un bar para ver a los partidos me arreglo”.

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En ese asunto de volar

Con más de tres años en varias pistas de skatepark aquí y allá, Matías Angeleri cuenta los detalles de esa íntima relación con la tabla de skate.

Matías dixit: “El skate es mi vida”.

Hace poco más de cuatro años, Matías (16) se subió por vez primera a un skate. Un amigo se lo recomendó y desde ese día no se bajó más. Parte de su camino cuenta con tres campeonatos en su categoría. Con la mirada seria, el tono bajo pero contundente, arroja sobre el comienzo de la charla: “Es lo que me gusta hacer y no lo voy a dejar de hacer en mi vida. Hasta que no me den más los huesos”. En la pista del skatepark, media docena de skaters vuelan, no hacen ruido, se raspan, paran y siguen. El calor agobia la caída de la tarde, el Salgado no hirvió su verdín, pero los chicos siguen volando. Matías habla y mira la pista. Señala algunas pruebas, responde breve y transpira de ganas, de proyectos. Después de una lesión con cuatro meses de recuperación, espera volver “a pleno”. Dice “más adelante”, y eso solo sabe, lo palpa: son sueños. Antes de la pista que le da color y juventud al parque Municipal, practicaban skate casi una veintena en las escaleras y barandas en el Banco Provincia o en la estación de trenes. Ahora, la noche los puede encontrar volando, girando todos juntos. El 5 de enero quedaron inauguradas las luces, un gol de media cancha para los que deseaban hacerlo y el trabajo no se lo permitía.
Matías, narra sus inicios: “Cuando recién empezaba a andar, competí en un campeonato de principiantes en el Backside Skatepark del Bajo Flores. No me acuerdo en qué posición quedé, creo que uno de los últimos, pero porque recién empezaba a probar cómo era”. Sobre otros terrenos y lugares, amplía las oraciones, sube un poco el tono: “Fui a Mar del Plata un montón de veces y a Buenos Aires viajo siempre. El skatepark que hay en Mar del Plata —el Shifty skatepark, ubicado en Roca y la avenida Peralta Ramos, pegado al mar— es genial”.

Foto del día la inauguración de las luces del Skatepark Lobos. (NBM)

El sol no empieza a ponerse tenue. En la pista, Juan Cruz Gómez, anda a las vueltas con su bici en uno de los piletones que da al arroyo y al camino donde pasan caminantes en cortos. Matías, no puede en dos ruedas. “He probado de saltar con la bici, pero no hay caso. Cuando estoy de gusto, quiebro tabla y no tengo plata para comprar otra, ando un rato en alguna bici de mis amigos. Igual es muy distinto”, asegura y explica una de las diferencias: “Si caés, lo hacés con toda la bici, en cambio, con el skate lo podés largar y todo bien”. A sabiendas de un crecimiento dentro del universo skate, Matías dice que “el sueño que tengo es ir a patinar a Estados Unidos, que es algo que voy a hacer”. Tiene una clara definición de sus gustos. Entiende el lado de lo que implica destacarse en un deporte con extremos en cada salto. “Es un escape, porque cuando una persona está llena de problemas puede descolgarse. Uno lo toma, yo por lo menos, como un motivo de vida, es algo de la vida”. Después, redondea: “El sueño del pibe es vivir con el skate. Es decir, vivir del skate”.

¿Cómo venís después de la lesión en la rodilla?
Hace poco tuve una caída, fue desplazamiento de rótula. El médico me recomendó reposo por cuatro meses. Ahora estoy bastante mejor y puedo andar, tranquilo.

¿Cuándo empezaste a practicar skate?
Más o menos desde los doce años. Desde ese momento no lo dejé más. No hacía otros deportes. Fútbol, pero casi nada. Actualmente, en mi categoría somos seis. Al principio éramos más, pero dejaron todos.

¿Conocés otras pistas?
Sí. Fui a Mar del Plata un montón de veces, a Buenos Aires viajo siempre. El skate park que hay en Mar del Plata es genial. Cuando recién empezaba a andar, competí en un campeonato de principiantes en el Backside del Bajo Flores. No me acuerdo en qué posición quedé, creo que uno de los últimos, pero porque recién empezaba a probar cómo era.

¿Es fuerte la autopresión durante las competencias?
Sí, te cansa más. Acá (en el skatepark lobense) podés parar y ver cómo venís. Durante la competencia te corre el tiempo que tenés para desarrollar la prueba. Si te cebás te podés quedar sin aire, se complica la prueba o no te sale. Igual la cebadura ayuda, mucho. Los miedos en cada una de las pruebas, algunos, no te los sacás más aunque intentes. Ayudan a progresar. Hoy sigo teniendo miedo a algunas cosas, pero sé que de a poquito, sin presión, puedo superar todo lo que sé hasta ahora. La idea es ir ir ir, en un momento decir ya fue, lo que resulta que uno se vaya animando más. Por ejemplo, en esta pista hay partes de las que todavía me cuesta animarme en un cien por ciento.

¿Cuántas veces por semana venís a practicar?
Durante el año, los fines de semana porque en la escuela hago doble turno. Es un escape, porque cuando una persona está llena de problemas puede descolgarse. Yo me los saco con esto al toque. Uno lo toma, yo por lo menos, como un motivo de vida, es algo de la vida. Una pasión. Es caerte, volver a intentar. Caer, volver, pero tampoco matarte. Con el tiempo aprendés a caer. Hay golpes que una persona cualquiera va y se hace pedazos. Acá, te tirás de la escalera y si sabés caer no te hacés nada. Ahora trato de venir tres veces por semana.

Muchas caídas hacen que uno aprenda…
Es experiencia. Muchas caídas. En el aire, durante cada prueba, me pasa siempre. Cuando voy a abortar una prueba, relajo todo el cuerpo y caigo. Me relajo y no me duele nada. Está todo en la cabeza, es probar, intentar de nuevo. También aprendo mirando muchos videos de skate en internet, aprendo mucho, con páginas de skaters de Estados Unidos, son unos capos. El sueño que tengo es ir a patinar a allá, que es algo que voy a hacer. Allá es como el fútbol acá.

¿Cómo ves la movida del skate en Lobos?
Creció un montón y por el lado de la cantidad de deportistas bajó a su vez. Cuando recién empecé éramos como veinte que salíamos a patear todos juntos. Ahora somos no más de seis o siete, pero es parte del filtro, como en otros deportes.

¿Se puede decir que los skaters son como una especie de grupo unido, con el mismo objetivo?
Sí, nos cuidamos y protegemos entre nosotros. En otros lugares, entre skaters y bikers no hay onda ni nada, pero acá realmente no, eso no pasa.

Quizá sean menos, pero hay chicas que también desarrollan la actividad…
Hay, no son muchas, pero hay. Si no son de acá, son de otros lados, pero vienen. Ayer vino una chica que estuvo raspando la baranda, no lo había intentado todavía. Le expliqué cómo era y practicó. Eso está bueno que pase.

¿Cómo definirías la sensación de hacer skate?
Vida. Es lo que me gusta hacer y no lo voy a dejar de hacer en mi vida. Hasta que no me den más los huesos.

Cuando empezaste, a los doce, ¿Qué decían en tu familia?, ¿te lo cuestionaron?
Al principio no les gustaba la junta y todo eso. Era andar re poco, hasta que a mi vieja le dije: ‘te vas a tener que cansar de decírmelo, porque al skate no lo voy a dejar nunca’. Ahora ya no me dice más nada, pero al principio fue un quilombo en casa. Era lo que dicen todas las madres cuidadoras. Es como lo ve alguien de afuera, porque la sensación de caer en un truco, una prueba, es indescriptible. Siempre dicen que es mala influencia, creo que va en cada uno, en lo que elije para su vida. A mi mamá le dije que cuando sea más grande mi idea es viajar solo a competencias por el país y, si es posible, fuera del país también.

¿Escuchás música cuando andás en el skate?
Sí, te cebás mucho. Cada uno tiene su estilo de música. Yo soy más del rap o el hip-hop. Me gusta mucho Wiz Khalifa, un rapero estadounidense. Eso me re ceba.

¿Qué es lo más difícil de andar en skate?
Al principio, cuando comenzás no te sale nada, pero es cuestión de andar años y años y años. Lo primero, que es saltar, lleva como mínimo seis meses. Es un poco todos los días, porque si no, no hay forma de alcanzar el nivel. Es lo esencial, después, todo depende de las combinaciones. Una prueba se combina con otra y así todo se va encadenando.