1

Pancho Quintero: su vida

Por Menocchio y Melquíades

Pancho Quintero fue un no tan célebre personaje llamado a quedar en la historia. Siempre los personajes son recordados por hacer cosas inolvidables o impensables, pero Pancho lo será por ser un antihéroe y por sus actos simples, mundanos y desgraciados. Ignorado por la prensa y por la historia oficial, nos ofrecemos al mejor postor con esta semblanza exclusiva.

Nació un lejano y lluvioso 25 de mayo, en Empalme Lobos. Su casa se encontraba sobre la Avenida Zapiola, camino que conduce al cuartel homónimo del partido de Lobos. Es el paso más súbito del campo a la ciudad y viceversa, con el bar “El último farol” como refugio del paisanaje más variado de estas pampas.

Su familia estaba compuesta por su padre Julián, su madre Amelia y su hermano mayor, Leonardo. Éste partiría en 1985 a la selva misionera en busca de una vida en contacto directo con la naturaleza. Fue, con los años, un inolvidable luchador que le cantó a la paz mundial. Su madre, como toda madre, lo apoyó en su aventura. Pancho se mantuvo indiferente, en cambio, su padre creía que era un pelotudo y que tenía que trabajar en el ferrocarril.

La infancia de Pancho transcurrió en la calle, al ritmo de bicicleteadas en la siesta, escondidas y manchas televisor. Los niños y los perros eran el paisaje cotidiano, por doquier. Al partir su hermano y estar su padre comprometido en cuerpo y alma al ferrocarril y necesitando Pancho de referentes, se hizo de éstos en el barrio. Entre otros, el “Paleta” González, central zurdo metedor de la Primera de Provincial y, en sus ratos libres, lector de poemas de Garcilaso de la Vega.

Pero también el Paloma Trecú, privilegiado tenor en el coro de Elu Reyes que se quedó mudo a los diecisiete por un único y desconocido agente viral que fue a dar con su garganta en un cumpleaños con choripaneada en el Parque. Música coral, literatura colonial y fútbol local: este inusitado caldo de cultivo moldearía la vocación por la que Pancho pasaría a la historia, en sus supuestos ochenta y dos años de vida, la de furibundo crítico de cualquier tipo de manifestación artística, deportiva y social, tanto local como internacional, actual como pasada.

Trabajó casi toda su vida. Lo hizo por míseros salarios en negro o en gris: empleado municipal, vendedor de espuma en los corsos, mozo y albañil. Fue cadete y ayudante de cocina. Logró terminar la secundaria en el Comercial con el título de Perito Mercantil e intentó seguir sus estudios en el Instituto Nº 43. Fue estudiante de magisterio y de varios profesorados, viajó por todo el país en busca de carreras que fueron desde Veterinaria con orientación en pequeñas mascotas hasta Medicina.

Tuvo su paso por la difícil Licenciatura en Artes Plásticas con orientación en grabado y muralismo mexicano. Sus ex compañeros de estudio ya no lo recuerdan.

También pasó muchos años del otro lado de la ley, violándola con actividades como el tráfico de saquitos de té, proxeneta de ovejas para la peonada de la estancia El Capricho, en General Villegas, y testaferro de jueces y ex galanes de novelas. Pero también se vio reñido con la moral y las buenas costumbres al involucrarse en una red clandestina de figuritas del Mundial 74 y en la compraventa de rulemanes para armar carritos durante los festejos del día del Niño. Fue procesado por asociación ilícita al integrar el staff de un programa en una radio ilegal como imitador de Jorge Corona.

En su vida pasó por matrimonios tan felices como fugaces y adicciones varias (a las películas en blanco y negro, al sexo en grupo, a las tiras de Cataldo). Cambió de orientación política y de religión casi tantas veces como orientaciones políticas y religiones hay. Se lo escuchó definirse, pedantemente, como un “obrero del intelecto” pero también, más modesto y menos borracho, como “un don nadie sin fortuna, caído en desgracia por obra de un destino esquivo”. Nunca tuvo certeza en ningún orden de la vida pero en ella hizo lo que mejor y peor le salía: criticarla.

Vivió como pudo: con hambre en las sobremesas, con frío en verano y calor en invierno, con sueño al despertarse. Su ánimo y su apariencia lo erigían como un ser hosco, inútil, abstracto e inverosímil. El motor incansable de su vida le trajo todo tipo de consecuencias: atentados con molotovs, pedradas en el techo de su casa por las noches, gases lacrimógenos de la policía, ejecución sumaria de hipotecas en su contra y persecución de inspectores de tránsito, supermercadistas chinos y vecinas solteronas.

Algunos cuentan que en la época en que Antonio Cafiero fue gobernador de la provincia, fue desafiado a duelo por muchos de sus criticados. Asimismo, otros dicen que fue incluido en una lista de peligrosos criminales por la DEA junto a Pablito Café, narco y poeta colombiano de escaso relieve.

Lo que es cierto es que no se salvaban ni las obras de teatro experimentales, los relatos eróticos de aficionados ni los resultados de los torneos de libres. En realidad apuntaba, con todo su resentimiento, a todo un estado de cosas que no lo dejaba vivir en paz con nada ni nadie. Su estrechez intelectual era la coraza que lo defendía de tanta injusticia, de tanta verdad a medias y de tanta espesa amargura.

Intentaremos encontrarle la vuelta a toda esta desgraciada historia. Tal vez el origen de toda su infelicidad y temeridad haya derivado de la conflictiva relación con sus padres. Pancho, al cumplir los diecisiete, fue agasajado con una cena por su madre: pastel de papas con pasas de uva. Ni bien fue servido, cubrió la fuente con un espeso vómito, de mala apariencia y peor vaharada.

Dijo que le pareció infame la decisión de ponerle pasas de uva. Su padre lo estampilló contra la pared de un cachetazo de revés ya que lo creía un pelotudo como el hermano. Su madre lloró a mares. Pancho se fue de casa para no volver jamás. Esos primeros años de fugado los pasó sobreviviendo debajo del puente distribuidor.

¿Habrá tenido algo que ver todo esto con su última aparición como crítico en la revista “Empanadas criollas, asado con cuero y caudillos federales”? En ella aparecieron una serie de notas anónimas que exaltaban el guiso de mondongo como un “regalo al paladar” al tiempo que demonizaban al pastel de papas con pasas de uva por el hecho de incluir a éstas últimas. “Una infamia imperdonable” era la frase que cerraba una de esas notas.

Nos quedan un par de certezas: la primera es que la vida es hermosa pero finita y, de tal forma, trágica. La segunda, que la libertad de uno empieza donde termina la del otro. Pancho, a pesar de tanto infortunio buscado o involuntario, las comprueba sin medias tintas, arriesgando el todo por el todo.

Afortunada o desgraciadamente, ya no hay chances de que alguien más se anime a recordarlo o a invocarlo en vano o, tal vez, con algún mínimo atisbo de legitimidad, misericordia o benevolencia.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)