Pasajero en trance

Pasajero en trance

Por Félix Mansilla

Hace un mes la noticia sobre la muerte de Gustavo Cerati conmovió a todos de una manera especial.

Su presencia sin cuerpo durante más de cinco años hizo que la despedida sea un paralelo perfecto sobre los deseos mal deseados, mezcla de egoísmo social sobre aquella parte en las que las preferencias sobre la vida o la muerte se alejan de la realidad, para ser meros comentarios de café, especialmente porque sabíamos del final.

Desde aquel último show en Caracas, las noticias sobre su estado de salud fueron no más que algunas reacciones ante la presencia de parientes, sobre todo de su mamá, Lilian Clark, quien demostró su fuerza maternal. Entonces, pensarlo a Cerati desde el presente conmueve desde varias direcciones, sobre todo musicales pero, a su vez, literarias dado el grado de su poesía que con el desarrollo de su obra fue el más claro ejemplo de su evolución como artista.

Además de eso, Cerati fue un fiel reflejo de tendencias estéticas, sobre todo el primero en apropiar una manera glam de estas pampas de poncho y rayos láser. El tiempo se encargó de elaborar un reconocimiento eficaz y con sus discos solistas, desde el primer impulso con “Colores santos” junto a Melero, dejó espacios a esa parte de la resistencia rockera que siempre lo indicó como un careta o un cheto presumido, seductor. Esa perspectiva, con halos de la época de Riff —escindidos los bandos entre duros y blandos— fue como en clave la señal de ése universo estético construido por el propio Cerati, más asociado a las máquinas que sobre sus arreglos de guitarra.

Muchos de esos desconfiados, empezaron a abrir un poco el tímpano y no sólo destaparon una olla que les parecía demasiado fina para comentar en positivo sobre sus atributos musicales como líricos, sino que, además, comenzaron a reconocer el lado guitarrero del músico, «Ahí vamos» es una muestra de ello. El timbre de la voz de Cerati no se compara con otras grandes voces de nuestro rock, donde enfilan candidatos como Aznar, el García de Serú Girán, Miguel Abuelo o Federico Moura.

Así lo plasmó en la noche de diciembre de 2009, en el show de Spinetta y Las Bandas Eternas. Inoxidables versiones en vivo de «Té para tres» y «Bajan» de acá al infinito. Ese timbre, rebotó en todo el estadio Vélez dejando en claro qué lugar del podio ocupa entre los grandes de acá. Sentirlo cerca, haberlo escuchado cantar nos conmovió: fuimos espectadores de esos diez minutos de un Cerati encendido, eléctrico. Todos ahí lo escuchamos irse: “Si hay un sueño cumplido, es éste”.

Tiempo después en el booklet de esa noche infinita, Spinetta apuntó tan sabio: «Comprendemos todo/tu voz nos advierte la verdad». Para entender su genio.

En una entrevista del Nº 102 de Rolling Stone de septiembre de 2006, Cerati habló de forma descarnada de su vida envuelta en giras/excesos/estudios de grabación/fiestas/familia/estudios de grabación. Sobre la mitad de esa RS interview, deslizó: “En el último tiempo recuperé la capacidad de disfrutarlo, ya casi no me planteo la posibilidad de parar. Es más, la fantasía de abandonar todo, de irme a pintar óleos a Uruguay, ya casi no aparece como posibilidad, la abandono antes de hacerme una idea clara de cómo sería mi vida así. Habría que ver si realmente soy capaz de vivir de otra manera. «¿Qué otra cosa puedo hacer?», como dice el tema (Puente)”.

El pulso de su ritmo indicó alguna claves desde las metáforas de sus letras, en cualquiera de todas sus facetas: rima asimétrica o surrealismo contemplado como una especie de divague o exploración constante («lo que seduce nunca suele estar donde se piensa»).

Lo más complicado de todo es reencontrarse con muchas de sus canciones de nuevo, algo parecido a una primera vez o a la acumulación de ese material que con el andar de las décadas, envuelve por segunda vez. La mitad de la verdad queda en la memoria radial —una verdad de pedregullo— que siempre detonó el lado popular de Soda Stéreo o los temas de tres minutos de su búsqueda como solista consagrado.

Tres momentos

Uno. El segundo cd que compré en mi vida fue «El último concierto. Lado A», el de la tapa naranja, a $15 en Canepare Records. Tanto lo escuché que una vez lo regalé. La definición del sonido en vivo de ése Soda huelga a la hora de plantearse como un desafío tratar de encontrar las palabras. Una podría ser “contundente”, alejando la estridencia de los ‘80s más parecida a la ola mundial devenida en la receta de The Police o los resquicios de The Clash, mezclando ska con ecos latinos o del folklore local en tiempos de peinados nuevos, coloridos y por eso tan raros.

Esas construcciones del ideario musical del naciente rock argentino post Malvinas fue un despertar y en ese desayuno, Soda anduvo tanto que se hizo un fenómeno en toda Latinoamérica, despejando cualquiera de las dudas en el número de fans que vivieron la gira «Me verás volver», en 2007 y 2008.

Las diferencias en los conceptos musicales de esos registros en vivo no existen. Ambas versiones —Soda fue, básicamente, como tiró un amigo citando a Diego: ‘Cerati y dos más’— son el reflejo de los motes de Gustavo Cerati: un indiscutido crack.

Dos. En el 2000 radio Mega 98.3 formó la idea de un nuevo nacimiento del llamado rock nacional. Con la crisis de 2001, la música local despertó y con los años, el dial se volvió hacia las canciones de acá a modo de revisita constante.

En esos viajes al pasado, Soda Stereo contenía el top five junto a los Redondos (recién separados), Los Piojos, Abuelos de la Nada y Bersuit como estandartes de la gema de la que los autores que escribieron sobre el fenómeno —Miguel Grinberg, Pipo Lernoud, Berti, Marchi o Pujol, la lista es abundante— lo indican como una etapa de re-exploración o confluencia sobre un basamento apolítico, un tanto contestatarios en los márgenes. Ahí sonaba Soda, al menos, cinco veces al día en sus cortes más clásicos. Eso era apenas la punta del iceberg.

El regreso con la gira americana empujó a una vuelta de tuerca sobre la discografía del trío eléctrico, pero eso no amenguó la etapa de los discos de Cerati. A su lado, hasta Shakira parecía mágica al cantar sin parecerse demasiado a una especie de Yoko Ono del sur, contenida en su forma de ladrar.

Tres. Cerati sobre el final sin conexión de Soda: “No hay nada peor que no sentir”. Tenemos malas noticias cuando no queremos saber. Eso pasó con la información sobre esa partida esperada: en las conversaciones, en las redes sociales, en la memoria y en la sinrazón que indica que los capos alguna vez se van pero algo dejan (apenas un consuelo).

En este caso, el legado de Cerati se amplía en sus discos, pero también en su refinamiento estético súper minimalista o sublime en su recorrido. Cualquiera de sus placas desde el comienzo de siglo lo demuestran. Viajan sobre una estética en fuga sobre su cara en casi todas las portadas de sus producciones discográficas.

El sonido de «Fuerza natural» es difícil de entender, arrima el juego a pensar en cómo toda la camada de artistas de la actualidad lo podrán alcanzar sin ser etiquetados como pretenciosos. Ahí está el recurso uppercut de Cerati. Del cielo al piso y sin retorno a la normalidad.

Hace poco el escritor Guillermo Saccomano citó a Cortázar para referenciar lo distinto entre un cuento y una novela, un parelelo flash entre una canción y un disco entero. Julio, dijo algo así: “En un cuento tenés que ganar por KO. En una novela, podés ganar por puntos”. Con Cerati puede pasar lo mismo. O te aplica un cross en una simple canción o te convence a lo largo del camino, en un disco. Por eso resuena y «siempre es hoy».

(de la edición Nº 36, octubre 2014)