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Patti para siempre

En Chicago, su ciudad natal, la legendaria Patti Smith celebró sus 70 años y se homenajeó a sí misma interpretando entero su mítico disco “Horses”. Por Paz Azcárate*

 

Chicago es conocido por tres cosas: sus bares de jazz, su clima ventoso y por tener un creciente problema de violencia armada en la calle, que alcanzó su pico en 2016. Patti Smith no aparece exactamente en el registro de elementos y personajes asociados a la capital de Illinois. No hay una placa en el Humboldt Park, al oeste de la ciudad, que afirme “aquí jugó la pequeña Patricia antes de ganarse ese mote ya algo gastado de madrina del punk” y a su casa natal la tiraron abajo para construir una torre de edificios. Quizás porque se la asocia más con el Chelsea Hotel neoyorquino donde vivió con su ex pareja, el fotógrafo Robert Mapplethorpe, o con el extinto Café Ino de la 6ta. avenida que menciona en todos los capítulos de M Train, su segunda novela.

Alguien podría decir, con justa razón: lo que sucede es que Patti Smith está viva. En ese caso, deberemos visitar Chicago en 30 años para constatar si le tocó ser el nombre de una calle, como la “Ramones way” de Forest Hills, en Nueva York.

Mientras tanto, acá, en la puerta de entrada del centenario Teatro Riviera, en el norte de la ciudad, hombres y mujeres hacen fila para verla: poetisa, novelista, cantante, actriz y a partir de hoy, 30 de diciembre, mujer de 70 años. Son las 6 de la tarde y la marquesina anuncia dos cosas.

Uno: la banda va a tocar de principio a fin Horses, el disco debut que grabó cuando tenía 28 años (posiblemente el mejor, seguramente el más importante).

Dos: las entradas están agotadas. La fila sale de las puertas del teatro y los más próximos a la puerta —los que llegaron a las 4 de la tarde— llegan a ver el gran cartel de letras verdes del famoso Green Mill, considerado el primer bar de jazz todavía vigente de los Estados Unidos. Después dobla por la calle Lawrence primero, y por la calle Magnolia después, y ya llegando al final los últimos no ven más que casas bajas con lucecitas de Navidad que dibujan renos. Las bufandas les tapan hasta la nariz.

“No podrán entrar con cámaras de fotos ni de filmación, así que déjenlas en sus autos o se las sacaremos al entrar”, grita en continuado un empleado del teatro que recorre la fila. En dos horas a todos les va a importar un quinoto esta regla, porque todos tienen celulares y todo el mundo quiere llevarse un video pixelado del momento en que le cantemos el feliz cumpleaños a Patti.

—Es algo bueno que no hayamos perdido a Patti, en un año que perdimos a tantos— le dice un hombre de unos 60 años a su mujer, mientras espera que la fila avance.

Tiene razón, es algo bueno. Pero cuánto valor, pienso, en desafiar al 2016 de esa forma, 24 horas antes de que termine. Cumplo, mentalmente, con el ritual que conjura eso que en el lunfardo argentino llamamos mufa. Aunque solo mentalmente: hace frío para sacar las manos de los bolsillos. El promedio de edad de este público ronda las cinco décadas: hombres y mujeres de pelo blanco y camperas de cuero, que eran adolescentes cuando Patti les hacía sudar bailando en el CBGB. En el equipo sub 30 somos muchísimos menos. Los millennials que descubrimos Horses gracias a internet, somos, en definitiva, los outsiders.

Cuando, finalmente, Patricia y su banda se suben al escenario, son las ocho de la noche. Todos visten camisa blanca, chalecos, sacos y pantalones negros. La acompañan en las guitarras dos personas muy importantes para ella: Jackson Smith, su hijo, y Lenny Kaye, histórico guitarrista de su banda y co-autor de muchas de sus canciones.

Cuando Patti se acerca a Kaye es inevitable verlos en espejo. Parecieran haber sido víctimas de eso que les pasa a las parejas de larga data: después de estar mucho tiempo juntos, empiezan a mimetizarse. Hoy, delgados, de pelo largo, despeinados, con idéntico vestuario, parecen casi hermanos.

Patricia se para frente a la batería adornada con flores rojas, rosas y blancas y a su lado se apoya una bandera de Vietnam arriba de un banco. Saluda a Chicago y va al grano: “Jesús murió por los pecados de alguien, no por los míos”, canta (o recita, nunca queda del todo claro) y después mira hacia el costado y lanza un escupitajo. Y aquí es donde uno puede darse cuenta: los fans de Patti son como los de Morrissey, que a su vez son como los de Cristian Castro. Pueden hacer lo que quieran arriba de ese escenario, festejarán —festejaremos— todo lo que haga. Debe ser, al final, que todos los fans en éxtasis son iguales. Pero, ¿cómo no emocionarse con esta mujer enorme, con esta canción potente, con la herejía seguida de un misil de saliva bien puesto?

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Durante dos años de su carrera, “Gloria” dejó de sonar en vivo. En 1977, Patti se cayó del escenario mientras pronunciaba estos mismos versos y ella lo tomó como un mensaje, como un castigo contra su irreverencia. No volvió a cantar esta canción hasta 1979.

Durante un concierto en Italia “Gloria” volvió a la lista de temas, aunque esta vez no hubo herejía ni escupitajos: “Jesús murió por los pecados de alguien, ¿por qué no de los míos?”, cantó. Patricia también es esto: una mujer de educación y convicciones cristianas que escribió Oath, el poema que terminó por convertirse en “Gloria”, “para liberar a Jesús de la responsabilidad de hacerse cargo de sus cagadas”. Desde su propia lectura, entonces, “Gloria” es, más que una herejía, un reconocimiento de las consecuencias de sus decisiones. Es cristiana, punk, hippie, muy femenina, muy masculina, canta y se define como escritora. Al final, ninguna cosa la hace más interesante que todas sus ambigüedades.

Pasan los primeros cuatro tracks de Horses y se toma un respiro. Se acerca a la batería y levanta aquel mítico disco para leer su contratapa. La vemos a ella, con 28, camisa blanca, tiradores, el pelo corto, la sombra del bigote que no quiso que retocaran, la foto cruda y hermosa que le tomó Mapplethorpe. Atrás está ella, de cara angular, enmarcada por un pelo mucho más largo y plateado. Pasaron 50 años de esa foto, pero de a ratos parece que no pasó ninguno.

—Disculpen, estoy chequeando la secuencia. Eso fue el lado A. Después tenés que darlo vuelta. La aguja se acerca y podés empezar a sentir las vibraciones en el cuerpo. Y entonces… suena el lado B.

—Esta canción la escribí con Tom Verlaine— dice antes de empezar con “Break it up”—. Probablemente ya les conté esta historia: ustedes saben, cuando llegás a los 70 años empezás a repetirte. Cuando mi madre empezaba a contar una historia que ya habíamos escuchado mis hermanos y yo nos mirábamos y decíamos “¡no, no otra vez!”, pero puedo decirles una cosa: si pudiera volver a verla me sentaría a escuchar las mismas historias un millón de veces.

Patricia tenía que nacer un primero de enero. O eso había intentado su mamá, Beverly: si daba a luz al primer bebé de 1947 de Chicago, recibiría un refrigerador que de otra forma no podía llegar a su casa. Pero el lunes 30 de diciembre a la madrugada, Beverly entró en trabajo de parto. Su esposo Grant debió salir a buscar un taxi a las 4 de la mañana en medio de una fuerte tormenta de nieve. El asunto se había postergado tanto que Patti casi nace en el auto, de camino al hospital. “Mi madre me enseñó a rezar, me enseñó las oraciones que su madre le había enseñado a ella. Y tiempo después empecé a inventar mis propias oraciones”, cuenta Patti en Just Kids, su autobiografía. Desde muy chica, su madre, una fanática religiosa, le inculcó su amor por los libros de religión, que con el tiempo se convirtieron en lecturas de ficción y poesía.

—Como les decía, “Break it up” es sobre un sueño. Un ángel se me apareció mientras dormía. Era un ángel como pintado por Miguel Ángel. Un ángel con cadenas que temblaba. Y en mi sueño este ángel tenía adentro en realidad a Jim Morrison. Y yo le decía: “break it up, break it up” (sal de ahí, sal de ahí). Y el ángel empezaba a romperse como si fuera un huevo y Jim salía de allí dentro y se iba a un lugar mejor. Antes de empezar quisiera decirles, esta canción tiene una primera parte que pueden cantar conmigo, si quieren. Si no quieren está bien. Cuando voy a un lugar y alguien dice “¡canten conmigo!” yo pienso i’m not fucking singing. Así que pueden hacer lo que quieran, pero si no cantan, sus vecinos de recital los van a mirar mal. Pero esta noche si Patti dice “tírense de un puente”, estas personas se van a tirar de un puente, así que mientras el público canta “Break it up”, ella responde la segunda parte de los versos, como si respondiera “amén” o “te lo pedimos nuestro señor”.

Y hacia el final de la canción Patricia pierde la calma, parece que Morrison no rompe la cáscara así que ella se arrodilla, levanta los brazos, le pide que salga. La sala queda en un brevísimo silencio. Y Patricia, que acaba de hacer un exorcismo en vivo, toma agua. Desde el fondo de la sala alguien aprovecha para hablarle: la invitan a una convocatoria contra el presidente electo, Donald Trump.

Faltan 10 segundos para que empiece a sonar el tema que bautiza al disco, y con dos vueltas de cuerda allá va Patti a marcar la cancha y citar la biblia de un mismo soplo:

—Te voy a decir algo, las individualidades podemos ser inspiradoras, pero necesitamos ser muchos. Tenemos que ser millones y estar en las calles. No vamos a ser buenos, no nos vamos a comportar, los vamos a pinchar hasta que sangren. Hagan lo que dijo Jesús, encuentren la maldita oveja y multiplíquenla.

Dos pájaros, un tiro.

Suena “Horses”/”Land of a thousands dances”/ “La Mer (de)”, en una versión eterna. Y ella, que ya salió de su lugar prolijo y estático, se saca el abrigo mientras baila y parece un paso de strip tease. Es el clímax del show y no lo va a dejar irse tan rápido: engancha un estribillo de “Gloria”, otra vez, y Patti, sudando, despeinada, grita una vez más que se quiere comer a una mujer llamada Gloria. Se merece la calle, el busto, la tienda de regalos. Se merece todo.

Los dos grandes amores de la vida de Patti fallecieron en el intervalo de cinco cortos años. Primero, en 1989, su ex pareja y gran amigo Robert Mapplethorpe, muere a causa de complicaciones derivadas del HIV. Después, en 1994, Fred Sonic Smith, esposo y padre de sus dos hijos, fallece a causa de un ataque cardíaco (tres semanas después de lo cual muere su propio hermano, Todd Pollard Smith). Sus dos libros de memorias relatan estos vínculos y pérdidas, pero también, las rutinas diarias, cómo fue su vida sin Robert primero y sin Fred después, a sus hijos convertidos en adultos y a ella misma en una mujer mayor. “¿En qué cosas creo? —se pregunta en el último capítulo—. Y se responde: “Fluctúa como la luz que se proyecta sobre el agua de un estanque. A veces en todo. A veces en nada. Creo en la vida, que un día todos perderemos. Cuando somos jóvenes pensamos que somos diferentes, que no nos va a pasar a nosotros. Yo misma, de chica, pensaba que nunca crecería, que podría permanecer joven. Y entonces me di cuenta, hace muy poco, que había cruzado una línea, inconscientemente encubierta en la realidad de mi cronología. ¿Cómo nos pusimos tan malditamente viejos?

Solo falta “Elegie” para terminar el disco, y el clima es el mismo de las últimas líneas de M Train. Mientras suenan las últimas notas, ella los recuerda a todos:

—Elegie fue escrita en memoria de Jimmy Hendrix. Pero es para todos los que se fueron: Janis Joplin, Jim Morrison, Jim Carrol, Joe Strummer, Amy Winehouse, Sid Vicius, George Michael, David Bowie, Fred Sonic Smith y Todd Pollard.

Patti va a tomarse un momento para ir al baño; la banda se va a quedar tocando covers y el público deseando: por favor, por favor, por favor que haya alguien detrás del telón esperándola para darle un abrazo. Pasan diez minutos hasta que Patti vuelve al escenario, e inmediatamente después se suman familiares y amigos. Entre ellos está Michael Stipe, ex líder de REM y amigo, sosteniendo una enorme torta. Se dejó la barba y se puso un bonete violeta: parece un duendecito de navidad. También está su hija, Jesse Smith, y Karen Elson, cantante de la banda de Jackson Smith y amiga de la familia. Vuelan papelitos de colores de ambos laterales del escenario y, al fin, vamos a cantarle el feliz cumpleaños. Vamos a tener nuestro video pixelado del momento en que le cantamos el feliz cumpleaños.

Patricia se pone colorada, se lleva las manos a la cara, pega saltitos y se acerca al micrófono:

—¡Soy el maldito presidente de los Estados Unidos de América, al menos por esta maldita noche!

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Qué alivio cuando alguien cambia el tema y dice “hablemos de cosas lindas”. Porque ahora Patricia está hablando de cosas lindas, como en “Dancing barefoot” primero, donde se tira arriba de la gente y después pasea entre el público, que la devuelve al escenario llena de regalos. Y después, arma una superbanda: su hija Jesse se queda con los teclados, Jackson sigue con la guitarra, Stipe y Elson se suman a hacer los coros y cantan “People have the power”. Mientras canta, los mira a todos, los besa, los abraza, es el cumpleaños de 70 años más animado en el que estuve jamás y Estados Unidos nunca estuvo gobernado por alguien tan noble.

Pero los cumpleaños se terminan y antes de irse Patti se cuelga una guitarra eléctrica por primera vez en la noche y sabemos que algo hermoso va a pasar. Igual que en el bonus track de Horses, Patricia mete un tema más: “My generation”, de The Who. La guitarra de Patricia va a los palos y la banda se gasta todas las balas.

Ya hubo torta, piñata, souvenirs. Nos vienen a buscar.

Pero antes de terminar, un pequeño mensaje de una mujer de 70 años empuñando una guitarra:

—En mi generación creíamos que podíamos cambiar el mundo con esta cosa. Nos decían que no era lo mejor para nosotros y elegimos que fuera lo mejor para nosotros. Nosotros fuimos una nueva generación alguna vez, ahora le toca a ustedes. Ayuden a los que lo necesitan, cuiden a sus hijos y fuck that fucking president.

Véanlas sangrar, dice, y arranca las cuerdas de su guitarra una por una.

Vale solo para ella, pero vale: los 70 son los nuevos 28.

*Lobense, cronista, colaboradora en revista Playboy, Brando, Turismo/12.

(nota publicada el 7 de enero en laagenda.buenosaires.gob.ar)