Saúl Ubaldini

Quien aguanta es el que existe

Un repaso histórico por la resistencia de los trabajadores durante la última dictadura que azotó a la Argentina durante seis años.

Por Mauricio Villafañe*

La circunstancia, según las palabras de Saúl Ubaldini (sec. Gral. De la CGT) en la 67º asamblea de la OIT, en julio de 1981: “La situación política, económica y social del país no puede ser más crítica. Han pasado más de cinco años desde el 24 de marzo de 1976 y nada ha cambiado en cuanto a las restricciones a la actividad gremial, pero todo ha empeorado en cuanto a las condiciones de vida de nuestro pueblo”.

Hemos cumplido, como sociedad, treinta años ininterrumpidos de democracia y un aporte grande a esta causa lo hicieron los trabajadores argentinos. A pesar de la persecución y la desocupación que generaba el desmantelamiento del aparato productivo, se le plantaron a los dictadores y a su plan económico y social. Resistieron aislada y dificultosamente al principio para, con el correr de los años, ir recuperando lazos e instancias organizativas que van a posibilitar pasar a la ofensiva, retomar la iniciativa y proponer puntos programáticos de acción no sólo gremiales o laborales sino también políticos e ideológicos.

Compartimos con Sergio Wischñevsky que el verdadero objetivo era desarticular la organización y las conquistas que los trabajadores habían obtenido durante los últimos 30 años. Esto se enmascara y se legitima con la declamada lucha (en realidad, cacería y represión ilegal) contra la guerrilla “subversiva”. ¿Por qué se imponía esta “reestructuración” frente al movimiento obrero? Hay que recordar que su participación en la producción y distribución de la riqueza estaba en su punto más alto y que sus convenios y el poder que evidencian a nivel de planta (delegados y comisiones internas) era intolerable para los grandes grupos económicos, que ya venían viendo cómo dar una vuelta de tuerca en la Argentina.

No iba a ser posible mientras estas condiciones perduraran: de ahí a su complicidad y activa participación en el golpe de marzo de 1976 y en que el 60% de los desaparecidos sean trabajadores. Esta no es una posición subjetiva o politizada de quien escribe: existen sobradas evidencias, tanto históricas como judiciales, de la participación civil en la última dictadura; la cuestión de fondo es que a estos sectores respondían finalmente los militares golpistas.

Es una mentira eso de que venían a “salvar” a la Patria del “peligro” comunista o peronista; si a algo vinieron fue a salvar la plata (de los patrones). El daño fue enorme en todos los planos, la herencia de todo eso, pesadísima y hasta en cierta forma vigente. Sin embargo, la resistencia de los trabajadores a programas represivos, antipopulares y de ajuste no arrancó ese funesto 24 de marzo.

Venía de muchos años de luchas y no se hizo otra cosa que actualizar la memoria histórica colectiva de esas luchas para el nuevo contexto. Al principio fue más bien desorganizada, aislada. Se arrancó con el trabajo a desgano para llegar a un movimiento de resistencia y de lucha que fue posible, tras los primeros años, a partir de la necesidad de reencontrarse.

Con este movimiento genuino no pudieron las prácticas de cooptación de los procesistas; lo hizo, en cambio, con algunos pocos dirigentes, hoy olvidados, relegados al basurero de la historia y repudiados por su acomodo y su traición. Expresión de este movimiento de resistencia fue la Comisión de los 25, atenta al sentir de las bases.

Parte de los reclamos o reivindicaciones laborales para llegar a cuestionamientos profundos, políticos e ideológicos, del accionar de la dictadura. La acumulación de experiencias de lucha va a generar las condiciones para que en 1979 se lleve a cabo la primera huelga general a la dictadura. Es el punto de inflexión que va a animar al movimiento obrero organizado a desafiar las disposiciones de la Junta Militar: se recrea la CGT.

El escenario de lucha que envuelve los primeros años de los ‘80 presenta huelgas y movilizaciones que van amalgamando a trabajadores con otros sectores sociales y organizaciones (políticas, de DD.HH) para configurar una fuerza popular que termine acorralando a la dictadura y generando su salida sin negociaciones ni condicionamientos. En el mismo 1976 se pueden destacar varios grandes conflictos como el que protagonizan los trabajadores de Luz y Fuerza.

A la intervención del gremio, los despidos y la derogación de beneficios que llevaban al incremento de la jornada laboral, se le respondió con huelgas, abandono de tareas, movilización y apagones y sabotajes. El conflicto se nacionaliza y se extiende por meses, sosteniendo el reclamo por el derogado régimen de trabajo. La herramienta que se impone para buscar contrarrestar el poder represivo de la dictadura es el trabajo a desgano: en la planta de Alpargatas en Florencio Varela una medida de fuerza, en noviembre de 1977, se prolongó por varios días para desembocar en un lock out (paro patronal).

Las estadísticas dejan ver que el año 1978 fue el más bajo en termino de conflictos laborales. La imagen contraria presenta 1979; el “paro sorpresivo” (corta duración, alto nivel de organización, efectividad, impotencia de la fuerza represora, defensa del lugar de trabajo) y la recuperación de la práctica de tomas, como sucedió en IME y La Cantábrica, son el centro del escenario de la recuperada lucha sindical.

A tono con esta etapa, la Comisión de los 25 proponía desconocer a los interventores militares o civiles en los gremios, bregar por la liberación de dirigentes y delegados presos, la restauración de la legislación laboral y sindical y enfrentar a la política económica de la dictadura. El primer paro nacional, pese a las presiones lógicas de enfrentar a la más feroz de las dictaduras, fue regionalmente desparejo pero, en términos generales, un éxito de convocatoria.

A partir de ahí los conflictos se reestructuran por ramas de producción y la resistencia se vuelve ofensiva: los años 1980 y 1981 tienen a la recreada CGT en acción. El paro general del 22 de julio de 1981 fue convocado por la plena vigencia del estado de derecho, la recuperación del aparato productivo nacional y los salarios. La represión no se hizo esperar pero la protesta y los niveles de lucha crecían. El día de San Cayetano de ese año (7 de noviembre) la CGT convocó a una manifestación por “Paz, Pan y Trabajo” que reunió más de veinte mil personas; la respuesta: represión y cientos de detenidos.

Antes de la tragedia de Malvinas, el 30 de marzo, los trabajadores argentinos se lanzan a una jornada de protesta nacional que no podía ser otra cosa que un desafío frontal a la dictadura. La movilización y la consabida represión: todo a gran escala, para significar la importancia del acontecimiento y la consolidación de un amplio campo popular de oposición.

Pocos días después y en el marco de un clima social y económico de descontento y desencanto, tropas argentinas tomaron las Malvinas. El imperio no se iba a quedar de brazos cruzados y de ahí a la guerra hay un solo paso. La derrota y las consecuencias apuraron e hicieron, por primera vez, concreta la posibilidad de una retirada militar.

La lucha de los trabajadores se articuló con otros sectores para aunar esfuerzos en torno a la recuperación de una democracia que lleva, pese a acuartelamientos desestabilizadores, treinta años de vida. Por muchos treinta años más.

*Lobense, Profesor de Historia (UNLP).

(de la edición Nº 38, diciembre 2014)