12-Por Jimena Rodríguez 1

Red de prostitución

Por Félix Mansilla

En el asunto de las putas estaba metido el intendente. Te cuento cómo fue el comienzo de la investigación, ahora que al fin podemos charlar un rato, tomando un café, tranquilos. Son unas nenas, loco, creeme.

Según lo que pude investigar con un vecino cercano a la casa de visitas, el tipo se había metido hasta el barro con una de dieciséis, llegada de los montes correntinos. Ojos verdes profundos, delgada, pelo negro y piel brillosa en su cara de muñeca morena.

También sé que fue uno de los asistentes a recibirla a la terminal la madrugada esa en la que se chocó la parada de colectivos que está frente a la estación de servicio. Pero todo quedó en silencio, y el agente de la patrulla comunitaria jamás me arrimó un solo comentario sobre lo ocurrido. El auto del asistente quedó ahí, cerca de los árboles donde vive el croto pelado del carro con ruedas de moto.

A la chica la vino a buscar un auto, del que no pude obtener información, pero por lo que sospecho es de otro alcahuete del intendente que le mintió a su mujer esa madrugada. El asistente arregló el pacto de silencio con el agente de la patrulla. Esa madrugada, la chica conoció las paredes de su habitación, pero sin saber que estaba acá.

El intendente se enamoró perdidamente de la pendeja. Al poco tiempo la vieron varias tardes de compras en el centro con más bolsas de cartón que el mudo del carro que un día desapareció. Según lo que pude averiguar, la chica no sabía hablar bien y unía todas las palabras en una especie de acento poco concreto, que solo al segundo intento se hacía entender. Al principio.

Su hermosura de niña no dejó de seducir al jefe comunal, que cada vez necesitó más nafta para no sentirse un viejo de aquellos. Al tiempo, dejó de fumar, no tosió más carraspeando ese dolor que salía de las entrañas. En los actos políticos lo vi varias veces fumar avergonzado las pipas para dejar de fumar. Abandonó sus lugares de siempre, polarizó los vidrios de su móvil y se escapó varias veces a Luján, según el archivo de las cámaras de seguridad de la rotonda de Cañuelas, a las que accedí con la facilidad con la que se concreta un favor adeudado. Entonces, esperé.

Después de tres noches de radio sin parar en la salida de la casa del viudo intendente, vi cómo el auto arrancaba sigiloso en la oscuridad de una noche de niebla. No fueron hasta Luján. El muy arriesgado y perdido hombre mayor la llevó al hotel Feeling, un riesgo caro si se tiene en cuenta que más de un tramposo se hace 30 kilómetros para llevar a cabo el pecado.

Salieron a las 6 AM de la mañana siguiente. Pese al frío, el hombre mayor se prendió un puro y abrió la ventanilla. Es de público conocimiento que puros es lo único que fuma después del tabaco industrial que, según parece —ahora sospecho que fue una estrategia de campaña— dejó hace rato. Un degenerado. La cuestión es que lo que el intendente hacía con esa chica era demasiado.

Cuando no iban más de seis meses que residía en la ciudad, alguien la avivó y la chica comprendió y abrió la boca en todos lados, parece. A mí me contó cómo la trajeron hasta acá, quién le dijo lo que iba a hacer para ganarse el pan y cómo fue que conoció al intendente. Luego de hacerme pasar por un cliente más, entramos en la habitación. Mientras se desnudaba noté que sabía mis intenciones, de lo más buenas para alguien que busca chequear una verdad —en ese momento— a medias.

Le conté cuál era mi trabajo, mi forma de pensar sobre el suyo. Se tapó con el mismo corto vestido que calentó a más de un jovato sin chances. Al principio parecía asustada, pero solo hasta que le mostré mi credencial del diario. Dijo que estaba avergonzada de sus palabras, que extrañaba a sus hermanos y que por favor, haga lo posible para que ella pueda regresar a su casa, en Corrientes.

Le pregunté cómo fue que dio con la gente que la llevó hasta el colectivo que la trajo. Me contó que mediante un engaño, porque le dijeron que venía para hacer limpieza en una estancia de fin de semana. Nada de eso pasó. Al comienzo no se sentía mal porque el intendente le prometió llevarla de regreso con su familia si hacía lo que le decían, que era —dice que le repitió muchas veces— para su bien. Entonces, conoció el sexo, los excesos del hombre mayor y hasta los gustos — “raros”, dijo— del Comisario al que nombró como “el Gordo morocho”.

Pese a mis ganas de chequear el dato que fui a buscar, no me pude resistir y le pregunté sobre el Comisario. Con cara de tristeza en los ojos, pero en medio de una sonrisa cómplice, la piba me contó que al Jefe de la Policía le encantaban las cosas raras, pero no con las chicas, sino con “esos que paran cerca de la estación”, dijo apurada.

Quise que me siga contando, por eso, le apunté a su cara con mi pera en una espera que se me veía en la cejas, estoy seguro. Ella dijo que sabía porque le contó el intendente, una vez, después de haber discutido por una seguidilla de robos en el centro. No hice otra cosa que anotar, reírme y volver al tema principal.

—¿Y por qué ahora estás acá? —la interrogué indignado.
—Porque me porté mal —pronunció apenas, bajando la vista, sin respuestas, con miedo.
—¿Hiciste algo muy malo? ¿Tan mal te portaste?
—Creo que sí. Tengo miedo.

Hizo un silencio pausado. Miró el reloj y se volvió a la otra punta de la cama para vestirse. Vi que el turno se había extendido, temí que eso pudiese levantar sospechas y le pregunté a qué hora terminaba su noche. Me dijo a las seis, y le propuse encontrarnos en la bajada del cementerio. Hizo un gesto negativo apretando fuerte su boca, en silencio. Entonces volví a insistir. Que le diga al Pescado que el cliente pagaría dos turnos.

Después de cinco minutos, se arregló y salió de la habitación. Una vez que quedé solo, me vi casi desnudo en el espejo del techo, me tapé con la sábana y noté que en la habitación de al lado se estaba disputando la final de riña de gallos en Chapultepec, porque eso parecía un festín.

Después me di cuenta que era la banda de sonido de una porno de bajo presupuesto. Ella volvió y en su cara noté que la charla sería más tranquila que al principio. Me dijo que no le molestaba verme a medio vestir, que yo tenía cara de buen hombre, dijo. Cuando apuntó ‘hombre’ sentí que estaba viejo, pero me imaginé una carrera con el intendente en la que le ganaba caminando.

Volví a la seriedad del comienzo de la entrevista encubierta de sexo pago, y le pregunté si no deseaba escapar de todo este antro de viejos sucios. Asintió con la cabeza, pero ya no estaba tímida como al principio. Sin que se diese cuenta, encendí el grabador sobre la mesa de luz, después de tomar del vaso de whisky que a esa altura era agua con whisky berreta. Tomé el anotador, la lapicera y pregunté en seco.

—¿Vos sentís que lo que te hacen hacer acá con los tipos no es lo que elegiste? —dije de una, sin pensar en lo vacío de la oración.
—Yo no quiero quedarme acá. Acá ya no me quiere nadie. El viejo me cambió y dice que lo traicioné, pero yo sé que eso es mentira —comenzó a llorar como una nena—, ahora me hace estar acá, para irse con la otra sucia.
—¿Quién es esa chica? ¿Qué edad tiene?
—Es como yo. No sabe lo que le va a pasar. Estamos todas encerradas acá.

Antes de irme le dejé mi viejo celular Nokia con luz. Le expliqué que sólo atienda a mí número y que lo resguarde de los dueños del bolichón. A la noche siguiente la pasaría a buscar. Volví esa madrugada pensando en el escándalo que se armaría en la ciudad al saberse que el intendente estaba metido en una red de prostitución, que abusaba de menores y que el Comisario tenía una doble vida.

Después pasó lo que pasó cuando publiqué parte de la información. Por eso el viejo sigue preso, el Comisario cantó la verdad y yo me fui bien lejos. Dejame que cierro. Esa noche la pasé a buscar. No sé cómo hizo para burlar a los de la puerta, pero llegó hasta el puente con un bolso de mano.

Puse primera, cruzamos las vías del cementerio, retomé por debajo del puente y cuando pasamos el caracol, ya subidos en la 205, justo bajando en la curva, ella me preguntó brillando en su mirada:

—¿Queda muy lejos mi casa?

Foto de portada por Jimena Rodríguez

(de la edición Nº 45, septiembre 2015)