OPCION 3

Rosso: “Spinetta es un gigantesco grito de libertad”

A dos años de la despedida de uno de los músicos argentinos que llenó de poesía el aire, dejó mensajes siempre eternos y jamás relajó sus búsquedas, el “decano del rock” charló con el Mono Tremendo sobre los conceptos y los cielos del Flaco.

Por Félix Mansilla

Un diálogo sobre cualquier aspecto de la vida y la obra de Luis Alberto Spinetta, también es un viaje. Comenzar una y otra vez a descubrir ese universo, es una tarea larga/sinuosa/impredecible —al menos apuntada desde una perspectiva aproximada a lo concreto— o una forma de contención que se eterniza en cada escucha o en sus lecturas agudas o impresionistas. El legado es infinito, transparente, solo hasta llegar a encontrar los retazos de un tiempo que no se pierde, porque flota en presente la obra de Spinetta.

Cada línea de armonía que se asimila en ese cuerpo poético —belleza inagotable— es inseparable de su música, claro, pero a su vez despega, subyace en las superficies de los sentimientos. En Por del disco Artaud (1973), no se explica de modo alguno en cómo las palabras —carentes de sintaxis plena, a modo de cadáver exquisito experimental— se arremeten en su voz cuando pronuncia ‘gesticulador’ (donde parece que lo canta pujando la palabra: ges-ti-cu-la-dor).

Cómo se explica que al escuchar los acentos no podamos dudar de sus convicciones volcadas al papel. El mismo Flaco, trasciende el contexto de su obra, porque viaja a un más allá desde ese horizonte poco retornable, puesto que la perspectiva no es ubicable sólo desde las aristas de las formas que conocemos de vivir este mundo —presumibles como reales— y cada historia que nos conecta tan bien con eso que es “la condición de sentir casi todo sin decir”.

Ese descubrimiento, o todos los que un día aparecen, se arrojan a un río regado de valles interiores, que son, en fin, la búsqueda (una de las tantas) de su obra en la inmensidad de las palabras, que sin dudas forman una creación superior, desde el amor. Por eso, es menester revisarlo, descubrirlo, más, desde las palabras de quienes lo conocieron en sus momentos creativos.

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Después de navidad: Gillespi, el Flaco y Rosso.

Mágico corazón radiofónico

El conductor de los programas Figuración (sábados de 12 a 14 hs. por Nacional Rock) y La Trama Celeste (sábados de 18 a 21 hs. por AM 750), que surcó el rock nacional escribiendo en el Expreso Imaginario, Peces y Cerdos, que codirigió junto a Petinatto revista La Mano y le puso la voz al mítico programa de la Rock & Pop “La casa del rock naciente”, fue hacia los detalles y destellos de los discos fundamentales de Luis. Las memorables entrevistas que le realizó —como la última junto a Guillespi en 2008— y el significado cultural, de apertura que vivió en Spinetta: la poesía, sus formas, los alcances, las luchas y las sinrazones.

En ese recorrido, Rosso atraviesa los elementos que desde las medianías de la década del setenta viene construyendo de forma fiel como un verdadero puente entre el arte, sus autores y un público anhelante en aprender un poco más.

Todos podemos ser

El día de la entrevista, ocurrió una nueva tragedia en las rutas argentinas. Esta vez, en Mendoza, lo que derivó que el principio de la conversación torne en la memoria sobre la lucha del Flaco por una nueva ley de tránsito, tras el accidente donde fallecieron nueve alumnos y una profesora del colegio Ecos, el 8 de octubre del año 2006. A partir de ese momento —su hija menor Vera iba al mismo colegio— cada vez que apareció en los medios, Spinetta no dejó de mencionar el hecho, a sus responsables y recomendar las formas de ser más prudentes en las rutas desde la ONG Conduciendo a Conciencia. En uno de sus últimos comunicados sobre su estado de salud, del 23 de diciembre de 2011, expresó: “Pertenezco a Conduciendo a Conciencia, y les recuerdo que ahora en las fiestas, si van a conducir, no deben beber”.

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Rosso conduce los programas Figuración y La Trama Celeste.

Siempre así. Como en la dedicatoria de su disco de estudio, nunca mejor intitulado “Un mañana” (2008), donde se pregunta: “¿No podemos mover a fondo nada en nosotros hasta que, súbitamente, estamos frente a los hechos irreversibles?”. En amplio sentido solidario, su reflexión lo lleva a pronunciar que “he tratado de corregir lo irreparable en forma de canciones predestinadas al silencio y uno nunca lo consigue por completo. Y allí, donde se decae, surge la inspiración de todas las almas” —para comenzar a conformar su predestino— “(…) almas que un mañana abrazaré con todo lejos de éste mundo que a veces luce ridículo”. Acá, la entrevista completa en el Especial Spinetta del Mono Tremendo*.

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Se cumplieron dos años de la partida de Spinetta: ¿Cómo se describe ese alejamiento físico?

Lo primero que se siente es una gran ausencia. Es una sensación de gran vacío que es imposible de olvidar. Yo creo que se trata de una persona que ha significado mucho para tantas personas con su obra y por su sensibilidad.

En ese recuerdo, vive su abrazo a las víctimas del choque en la Ruta 11.

Creo también que con su caridad y todo lo que significó el fatídico accidente del colegio Ecos y todo los esfuerzos que hizo Luis Alberto para generar una conducta de tránsito coherente, es imposible no hacer memoria. Lo lindo es recordarlo como una fuerza positiva, como esa, y además, como una fuerza que nos dio música, que nos dio poesía, que nos dio alegría durante cuatro décadas y media.

¿Qué significa hoy Spinetta para nuestro rock?

Yendo más concretamente a su obra a lo largo de tantos años, uno siente que él fue como uno de los pilares de esta cosa que es el rock nacional y que representó para nosotros, para mi generación y no me cabe la menor duda que para la de ustedes también, como un gigantesco grito de libertad, como una reafirmación de la propia identidad, de la sensación de que queríamos hacer algo diferente, que no queríamos ser una réplica de la generación de nuestros mayores. El rock nacional lo logró a partir de una obra que es coherente, de una obra que es afirmativa de lo humano y también afirmativa de lo que es la paz y lo que son los sentimientos que nos enaltecen. En ese sentido, Luis Alberto fue uno de los puntales de todo eso. Eso sería desde el punto de vista del mensaje, del símbolo.

También desde lo conceptual: su sonido, su poesía, siguen de algún modo presentes.

Desde el punto de vista de lo estético, su obra poética y musical, a través de todas las décadas, desde Almendra, Pescado Rabioso, Invisible, de Jade, de sus enormes discos solistas, lógicamente, cuando una persona así se va físicamente, deja un vacío. Por supuesto está su obra y en ese sentido, en su obra, Spinetta logró lo que tantas veces le gritábamos en los recitales: “No te mueras nunca, Flaco”.

Puntos poéticos donde además confluye un lado social, que a su vez es individual.

Yo creo que a Luis lo que más lo confundía era la sinrazón. Por eso, de repente en el medio de una obra como la del disco doble con los Socios del Desierto (1997) hace un tema como ‘Bosnia’, que uno podría pensar ‘estamos tan lejos de Bosnia, pero al mismo tiempo estamos tan cerca’, en el sentido de que las luchas fratricidas son las que terminan comiéndose a los países o comiéndose a las regiones. Él lo tenía muy claro a eso. Tenía muy claro el absurdo de la agresión de la gente contra otra gente. Recuerden la famosa canción ‘La bengala perdida’ —en Téster de violencia, 1988: «la bengala perdida se le posó allí donde se dice gol (…) por un color, sólo por un color» — con lo que sucedió en la cancha de Racing en un clásico (donde falleció un niño de 9 años). Esas son cosas que lo mortificaban profundamente.

De allí, el nombre “Un mañana”, su última producción de estudio.

Yo creo que cuando él decía ‘un mañana’, en vez de ‘el mañana’, entiendo perfectamente que tuviera miedo de sonar arrogante, porque él pensaba en un mañana posible. Un mañana que nos puede encontrar, si tenemos la sensatez, de alguna manera, de luchar por ese mañana con otras coordenadas que las que estamos manejando. Lo mortificaba mucho la sinrazón de que la gente se llevase mal, sea agresiva o fuese así completamente suicida, como en el accidente de Santa Fe.

¿Qué recordás hoy de aquella entrevista junto a Gillespi para Falso impostor (Rock & Pop)?

Yo puedo decir que en aquel mediodía (el 26 de diciembre de 2008) que se hizo tarde, en su casa-estudio La Diosa Salvaje, de alguna manera, me sentí un poco como la primera vez que lo escuché en un programa que había en los 60’s que se llamaba Modart en la noche (conducido por Pedro Aníbal Mansilla), en donde escuché Tema de Pototo (para saber cómo es la soledad), sentí esa profunda emoción de estar con una persona a la cual uno considera un compañero de ruta, la verdad.

En el especial de el viaje Todo Spinetta (febrero 2013), Rosso escribió sobre esa revelación al escuchar Almendra por primera vez en la radio: “Me hizo ver la dimensión de lo mágico en la vida de todos los días (…) Entendí la sonrisa del arte, la sensación de que la vida puede ser más liviana y a la vez dulcemente compleja (…) El rock en general —y Spinetta en particular— vinieron a romper con ese gris de tedio, de ebriedad mesiánica, de argumentos de vida planificados por otros. La música, la letra, la vibración de Spinetta ponían color allí donde había tonos de gris. Siempre amé su integridad, la forma en que vivió su vida como vivió su arte: sin resignar, sin renunciar, mirando hacia adelante”.

Un compañero de ruta que además era alguien admirado…

Claro. De todos modos, para mí, Spinetta no es un ídolo, yo no tengo ídolos, tengo personas que quiero mucho, que siento que estamos en una misma ruta, en un mismo camino, buscando las mismas cosas. Por supuesto que algunos tienen más habilidades que otros para expresarlas desde el punto de vista artístico.

¿Se puede decir que tu misión es ser un puente de expresión de sus obras?

Personalmente, estoy contento con ser un nexo, por poder conectar esa obra con los receptores. Para mí es un orgullo poder hacerlo y espero poder hacerlo durante mucho tiempo más. Luis Alberto Spinetta te hace las cosas fáciles. Siempre poner un tema de Spinetta tiene buena recepción, necesariamente, porque todo el mundo quiere escucharlo.

¿Lo entrevistaste muchas veces a Spinetta?

Tuve la suerte de entrevistar a Spinetta unas cuatro o cinco veces, no fueron muchísimas si pensamos que fueron cuarenta y pico años de carrera. Pero todas las entrevistas tuvieron algún elemento de luz, algún elemento que me dejó distinto a la persona que era antes.

OPCION 2

“Todas las entrevistas tuvieron algún elemento de luz que me dejaron distinto a lo que era antes”.

¿Recordás alguna en especial?

Hay una en particular que recuerdo con mucho cariño que fue en el año ‘82 en su casa, en aquel entonces, en el barrio de Florida en el Gran Buenos Aires. Dante era muy chiquito en aquella época, y recuerdo que estábamos en plena guerra de Malvinas, o sea, la situación del país era realmente deplorable en más de un sentido y él acababa de sacar el disco Kamikaze. Recuerdo que fue una cosa balsámica, tanto el disco como la charla que tuve con Luis acerca de Kamikaze y que después derivó a una charla sobre otro disco de él, que admiro profundamente, que fue Spinettalandia y sus amigos (1971). Un disco que en su amplia discografía es muchas veces pasado por alto porque fue una placa prácticamente boicoteada por su grabadora, en más de un sentido: salió con una tapa espantosa y sin ninguna data en su momento y pasaron muchos años antes de que la gente pudiese ‘alcanzar ese disco’, en todo el sentido de la palabra. Es como si fuese un disco que salió rápido de las gateras y había que alcanzarlo, había que comprenderlo. Una obra que coqueteó con la música étnica mucho antes de que eso estuviese de moda, coqueteó con los juegos de voces, con la música tribal mucho antes que David Birne y Brian Eno.

Una obra también recordada, en parte, por sus mensajes en aquellos años.

Además, Spinettalandia… tenía unas poesías maravillosas y algunas de esas frases de Luis Alberto que uno recuerda, como: “Después de todo tu eres la única muralla, si no te saltas nunca darás ni un solo paso” (en la canción La búsqueda de la estrella). Toda una declaración.

¿Qué nos podés contar de su etapa en Invisible?

Con Invisible tuve la suerte, como me pasó con Pescado Rabioso, de ver su primer recital. De hecho, me fui con un grabador a cassette y grabé el show, que a esta altura ya lo tengo digitalizado y todo, una grabación bastante decente, de noviembre del ‘73 en el teatro Astral, en la calle Corrientes. Fue un show en donde la gente empezó diciendo: “Flaco no te vemos. La luz, la luz”, porque, claro, era Invisible el grupo y salieron a oscuras (risas).

Toda una propuesta estética, sumado a lo musical…

Para mí, Invisible fue magnífico porque ahí Luis volvía al formato de trío que había tenido al principio de Pescado Rabioso. Pero este era un trío muy ambicioso desde lo musical, o sea, con músicos que conocían muy bien los secretos del jazz, además de conocer los secretos del rock. Trabajó con tipos como Machi Rufino (bajo) y Pomo Lorenzo (batería), entonces, se dio una simbiosis muy especial porque todos sabemos que en un trío hay que llenar muchos espacios y las de Invisible eran composiciones muy complejas. Basta con pensar en La azafata del tren fantasma o El diluvio y la pasajera o La llave del mandala (de Invisible 1974), es decir, eran composiciones que tenían como muchos vericuetos, muchas vueltas y una poesía muy elaborada.

Eterno recuerdo haber escuchado a Invisible en vivo, ¿no?

La sensación de un recital de Invisible era como la de entrar en una especie de trance. La propuesta estética, de representación, es algo a lo que no siempre se le da crédito, porque Luis fue uno de los tipos que acá luchó por el espectáculo con coreografía. “La azafata del tren fantasma” era una canción actuada en escena. Había una chica, disfrazada como de una azafata fantasmagórica, un rey con corona y todo y los súbditos que lo apuñalan (la canción dice, “hasta que lentamente/uno de ellos se acerca/y le clava una daga por la espalda”), y la azafata que bailaba alrededor, como diciendo ‘yo soy el elemento demoníaco que tira de los hilos para que pase todo esto’.

Siempre negó que “La azafata… se tratase de una alegoría al momento político de esos años.

Spinetta iba mucho más lejos que eso. A veces, uno se ha visto tentado de restringir la poesía de Luis a un tema en particular. Hay canciones que tienen como una resonancia muy particular porque fueron escritas en un momento muy dramático del país, como fue, por ejemplo, con Las golondrinas de Plaza de Mayo (en El jardín de los presentes) que dice algo así como “ellas vuelan en libertad” y uno puede pensar que tiene algo que ver con las Madres o que tiene algo que ver con la metáfora de que lo único que volaba en libertad en el año ‘76 eran las golondrinas o las palomas.

Una poesía que por momentos esconde cientos de significados apelando a un lenguaje abierto…

Yo siempre creo que cuando hablamos de un poeta de la estatura de Luis Alberto Spinetta, del Indio Solari o de Charly, sus letras siempre tienen algo más de lo que se ve en la superficie. Incluso García, es alguien que siempre tiene más de una dimensión, como que siempre tiene un elemento que te permite jugar con la musicalidad de las palabras. Eso, con Spinetta es mucho más evidente porque muchas de sus letras pueden resultar herméticas si uno hace un análisis muy superficial, pero también hay que entender que cuando uno lee poesía o cuando uno lee prosa también, no es solamente el significado cutáneo de las cosas. También está lo que se encuentra entre las palabras y las aliteraciones y las pausas y las rimas o la ausencia de las mismas. Es decir, es tan rico el vocabulario, es tan rico el idioma que… ¿por qué reducirse a una sola expresión del mismo?

¿Podemos decir que existe un «código Spinetta» o un lenguaje donde es reconocible?

Sí, aunque él era muy crítico de su propia obra. Recuerdo que en la última entrevista dijo (pone voz de Spinetta): “Yo alguna vez escribí (en Laura va de Almendra) ‘él la ayuda a entrar en el tren’ y es ‘al tren’”, y le dije ‘pero, Luis, suena fantástico, no está mal porque da una dimensión de que el tren es como un continente que va ayudar a que esa chica, que ha vivido en un pueblo sin amor, se escape. Es como una habitación, o sea, tiene sentido decir ‘en el tren’. En él, vemos cómo a los poetas también les gusta revisar su obra de forma crítica.

Guitarra Negra

En el comienzo de su libro de poemas, editado en 1977, Spinetta arroja una “Advertencia”, que habla de su opinión sobre aquello manifestado desde las vísceras del sentimiento devenido en clímax existencial, cuando exhorta: “Propongo que se olvide cada palabra a medida que ella se lea”. En ese proceso, sus lecturas se delimitan en confines que van desde “Una temporada en el infierno” de Rimbaud hacia el grito del Dante —“Y si del humo fuego se deduce, de este olvido se concluye claramente culpa en tu voluntad”— en la Divina comedia, desde donde parten paralelos de poesía maldita, recobrada en su valor estético aplicable. Es un andar continuo en ese joven Luis: “Pero no pido disculpas/por la alegría que tuve/sin saber por qué”.

Así, corren las palabras en Guitarra Negra, donde expresa, en clara connivencia con los vuelos de J.P Sartre, su encuentro individual con el ser imbuido en un pasado sobre la nada: “(…) sé quien soy ahora/Y soy un corazón/una boca/y un espíritu”. Otra forma de encontrarse con sus pasos, que al rebobinar acude a las incógnitas: “Nada, ¿dónde estás tú en medio de esta nada?/y de la nada se sugirió su impulso/que incumbía todo lo inexistente”.

En su esencia, Spinetta siempre deslizó sus inquietudes por el mañana, un punto de referencia en toda su obra. Es el despertar, renacer como meta, donde le habla a una mujer: “Abre la ventana que te acechaba/que miraba hacia adentro/y cubría tus ojos de deseos ignotos/La virtud asomará como una seña en los vitrales/y al olvidar, al volver/serás la misma”.

Años más tarde, con el lanzamiento de un disco introvertido-maquinoso como Privé (1986), el Flaco le contaba sus lecturas a la periodista de rock Gloria Guerrero: “(…) estuve leyendo a Foucault, a Bataille, a Guattai, a Baudrillard (…) quienes me han dado una visión filosófica tremenda que no tenía desde Antonin Artaud. En parte, son continuadores de una línea existencial cuya base es ‘vivir, y luego tratar de ver qué pasa con eso’, sin la vieja filosofía clásica de ‘pensar, y luego vivir’” (La historia del palo, 2º edición, 1995).

¿Cómo definirías a una banda tan ecléctica como Spinetta Jade, la más difícil de explicar?

Spinetta Jade tenía muchos virtuosos, pensemos en Leo Sujatovich (piano), Diego Rapoport (teclados), Pomo Lorenzo y todos los que pasaron y no se quedaron, como Pedro Aznar o Juan del Barrio (piano), Frank Ojstersek (bajo)… o sea, había una banda con muchos creadores. Luis fue el creador de las canciones en un principio, pero cuando vos tenés una banda con semejantes músicos, todos los temas sufren las transformaciones que le dan todos los que participan. Sobre todo, porque Spinetta no era un tipo de escribir partituras y ponerlas en un atril. En una banda como Jade, en donde todos aportan lo suyo y con tipos que tienen muchas inquietudes, te vas a encontrar, evidentemente, con un producto final que no se puede encasillar. En realidad, ninguna de las bandas de Spinetta se pueden poner exactamente en un casillero.

OPCION 1

Mis tres discos de cabecera de Luisen su última etapa son: Pan (2006), Un mañana (2008) y Silver Sorgo (2001).

En cada una de las bandas, Spinetta fue desde y hacia diferentes estilos.

Recuerdo, por ejemplo, el Almendra 68/69 que grabó el primer disco, donde uno puede decir, bueno, acá se detecta algún tufillo piazzoleano, que por otra parte fue alguien absolutamente pionero en esa época. Por otro, se puede detectar algo del rock de la costa oeste de los Estados Unidos en las improvisaciones largas o cosas que tienen que ver con la música folklórica vocal que se hacía en aquella época, como Buenos Aires Ocho, Cuarteto Supay, pero el punto es que es absolutamente personal, desde una personalidad que trasciende esos elementos. Eso era Almendra.

¿Qué discos de su última etapa solista preferís?

Mis tres discos de cabecera de Luis Alberto en su última etapa son: Pan (2006), Un mañana (2008) y Silver Sorgo (2001). Son tres discos fundamentales. Es más, en este momento estoy programando y pensando en poner algún tema de Luis (el sábado 9 comenzó la 2º temporada de Figuración). Si bien yo no soy de festejar y hacerme eco de los aniversarios, éste no es un aniversario cualquiera, es demasiado especial y uno sería conspicuo si lo ignora, tanto como si lo exagera.

¿Cuáles fueron y son los deseos de Alfredo Rosso?

Lo que siempre desee es ser una conexión entre los artistas, los que tienen ese don especial de producir obras de arte, no solamente musicales sino en todos los rubros, y que la gente las reciba, las procese, las haga sentir mejor y vivir así mejor la vida. Si uno puede lograr ese nexo, creo que es bastante.

*Va los viernes de 21 a 24 por FM Reencuentro 102.7. Hacen el Mono: Félix (conducción) y Nico B Mansilla, Jimena Rodríguez (operación, producción), Alan Dimaro y Gastón Colombo (colaboración).