Santamarina

Santamarina, el poeta

Por Tomás Funes*

Pocas veces nos preguntamos quién fue la persona cuyo nombre bautiza un establecimiento educativo. Entramos y salimos todos los días de dichas instituciones.

Dictamos clase, firmamos papeles, charlamos, pero son escasos los momentos en los que recordamos las obras de aquellas personalidades de la educación local, y solo en ocasiones, tenemos conocimiento acerca de su desempeño y trayectoria. A veces pensamos que sus ideas formaron parte de una época, cumplieron un ciclo, quitándole de esta forma, vigencia actual a sus logros.

Es cierto, el contexto es otro, en consecuencia los desafíos de la educación formal son diferentes, los alumnos son distintos y sus familias también. Pero a pesar de esto, las ideas —fuerza de quienes fueron los pilares de la Educación local— tienen plena vigencia en la actualidad. Es por ello, que resulta necesario revisar el pasado y recordar la labor de un gran poeta y docente de nuestra ciudad.

Perteneciente a una familia de maestros, Luis Jacinto Santamarina nació en Lobos el 19 de julio de 1868. Estudió Retórica y Filosofía e ingresó en 1882 a un seminario para seguir la carrera eclesiástica, debiendo interrumpirla en 1887 a causa de una enfermedad. Al año siguiente obtuvo el título de Maestro y se dedicó a la enseñanza primaria siendo nombrado Sub Director de la Escuela N°1 de Lomas de Zamora.

En 1890 asumió como Director de la Escuela N°1 de Lobos y en 1893, como Sub Inspector de Escuelas del distrito de Saladillo. A pesar de su corta edad Santamarina fue un ejemplo de capacidad y compromiso por la educación, ganándose el respeto y la admiración de la comunidad educativa. En el discurso que pronunció en la conferencia pedagógica del personal docente de las escuelas del distrito de Lobos, en Junio de 1892, Santamarina dejó un mensaje cargado de sabiduría para los maestros, que a pesar de transcurrido los años, se puede adaptar a la actualidad.

En algunos pasajes sostiene: “Educar; palabra sublime que sintetiza la obra más grande, más hermosa, más bienhechora del hombre por sus semejantes. Educar es crear, es iluminar, es purificar, es redimir el alma de las cadenas de la ignorancia, es preparar al hombre, a la mujer de mañana para el viaje de la vida…”.

Y en otra parte, continúa: “Pero educar no es sólo, a fuerza de desvelos, encender en la mente del niño la luz del saber; no es tanto formar inteligencias perspicaces, como corazones buenos, no es tanto desarrollar entendimientos, como sembrar virtudes. Más perfecto hombre es el rudo jornalero que con mezquino talento, pero con el alma llena de probidad, vive ganando con el sudor de su rostro el pan cotidiano, que el sabio imbuido en los secretos de las ciencias, pero con un corazón ajeno a las nociones del bien y de la moral”.

Esta idea sobre la educación y la moral nos enseña que el trabajo de los docentes debe estar dirigido al corazón de los educandos. Que todas las áreas o asignaturas escolares pueden ofrecer las herramientas para alcanzar este logro. Que lo que un maestro deja en el corazón de un alumno es una marca que nunca se borra.

Por eso depende de nosotros; maestros y profesores, hacer de la educación un espacio cuyo principal objetivo sea despertar el interés de los alumnos, pero sin perder de vista la idea que tratamos con sujetos y no con objetos. Porque como sostenía este sabio educador: “Si no se moraliza en la Escuela con la palabra y con el ejemplo, por más que se cultive la inteligencia, no se cumple con el fin de la Educación”.

El trabajo de Santamarina en el campo educativo fue sumamente interesante, pero no fue su única pasión. Este joven desarrolló su talento en el mundo literario a través de sus poesías. En su libro “Primaverales” (Bs. As., 1897) el autor nos deleita con sus versos maravillosos, en los cuales escribe sobre el amor, la patria, la religión, su ideología, y por supuesto sobre la educación.

En un fragmento de “Canto a la Escuela” sostiene: «Educar es la obra portentosa/Que depara a los pueblos su ventura/Disipando, con luz esplendorosa,/La fatal ignorancia, noche oscura/Entre cuyas tinieblas forja odiosa,/Llenando nuestra vida de amargura,/La maldad sus proyectos criminales/El error sus sofismas infernales».

La admiración de Santamarina por Guido Spano hizo que éste último dejara plasmados sus pensamientos acerca del joven poeta en una carta enviada al padre de Santamarina, luego del fallecimiento de su hijo. En un segmento de la misma sostiene: «Rastro luminoso dejó el gallardo mancebo en su corta peregrinación terrenal. Sus fáciles versos, llenos de unción y de dulzura, son las notas de un himno cuya armonía se hubiera completado al no haberse roto el instrumento que las produjera, en los primeros ensayos de juvenil inspiración (…) El nombre de Santamarina, dormido entre los rosales, de que empezaba recién a formar su corola, debe quedar inscripto en la república de las letras Argentinas, junto con los que forman el coro de sus gentiles trovadores».

Y en otra parte prosigue, en “Todavía resuenan en mis oídos estos versos”: «Son pocos mis afanes,/ son pocos mis deseos./Modestos mis anhelos,/modesta mi ambición./Riquezas no me halagan,/ni locos devaneos./Oro y placer no pueden llenar mi corazón,/ le vasta a la dicha de mi alma acongojada/la paz de la conciencia,/los goces del hogar./Después un pobre asilo,/y en él mi dulce amada/que fue mi amor primero/y el ultimo será».

Estas líneas nos muestran que lo simple es lo verdadero e importante en la vida de una persona. Nos convocan a reflexionar sobre nuestra práctica docente diaria, pero más aún, sobre nuestra vida. Tarea para nada sencilla en el mundo en que vivimos, en el cual priorizamos los resultados y no los procesos, ubicamos lo económico por encima de los valores y lo individual por sobre lo colectivo, conformando así una mentalidad tendiente a lo material, lo práctico, la competencia y la búsqueda del éxito monetario como prueba del éxito en la vida.

Santamarina falleció en su hogar de Lobos el 1° de julio de 1894, pero sus obras viven más que nunca. Revisar sus acciones y su recorrido nos permite vislumbrar que la educación parte de las cosas simples. Parte del amor por lo que hacemos; enseñar y aprender. Debemos saber que en este proceso, además de contenidos y conocimientos, hay personas; seres humanos con diversas características y necesidades que hacen de la educación un espacio heterogéneo y sumamente interesante.

Es por eso que, en este principio de siglo, resulta indispensable repasar y analizar el trabajo de quienes fueron los precursores de nuestra educación, ya que es en ellos donde encontraremos las respuestas para el abordaje de nuestra práctica. Es aquí donde perdura y sobresale el nombre de Luis Jacinto Santamarina. Así, como hace ya muchos años, la Cooperadora “Sarmiento” de la Escuela Pilar Beltran Nº 1 del distrito de Lobos, exaltó su memoria rindiendo homenaje a su figura, nuestro desafío no sólo es recordar sus ideas y acciones, sino, y más importante aún, llevarlas adelante a través de nuestra labor diaria, recuperando aquellos valores que hoy vemos un tanto lejanos.

Como él lo quiso, recordaremos su nombre por siempre, aprobando su “gloria pura” a la que humildemente aspiraba y sin dudas llegó. El nombre Luis Jacinto Santamarina permanecerá con los honores que supo ganarse su trayectoria y conducirá el deseo de todos aquellos que creen en la educación como punto de partida hacia una sociedad más justa.

*Docente en Trabajo Social

(de la edición Nº 135, septiembre 2014)