Por MD

Sesenta días

Por Luciana Cáncer

Hoy cumplo sesenta días sin trabajar. Dos meses. No sé si es mucho o poco tiempo. Dos meses de embarazo, por ejemplo, no califican siquiera para divulgar la noticia. Dos meses de huelga, para los mineros de Asturias que se quedaron 700 metros bajo tierra intentando repudiar los recortes de Mariano Rajoy, aún resumidos en noventa minutos de documental, tienen que haber sido eternos.

Mi amiga Florencia se instaló en Santiago de Chile en menos de esa cantidad de días. Pasamos de vida vieja a vida nueva, por circunstancias diferentes, casi a la vez. Ella el 26 de febrero, yo el 1 de marzo. Ella vació su departamento de la calle 11 de Septiembre en un fin de semana. Vendió algunas cosas, empacó otras (muy pocas) y repartió el resto entre los huecos disponibles de la casa de Lomas donde vivió de chica y donde todavía viven sus padres. Yo me quedé en el mismo lugar. A principios de abril me mostró por skype su departamento nuevo, inundado de luz, con vista a un cerro y totalmente equipado con muebles, vajilla y electrodomésticos también nuevos. Hasta un kit de sushi.
—¿Sabés que acá al sushi le dicen suchi, con ch? —me dijo divertida— Suchi y Chow dicen acá. Cuando vengas vamos a ir a un chow de karaoke profesional. Me reí de cara a la pantalla tratando de imaginarme la cualidad de profesional de un karaoke y haciendo una promesa conmigo de no participar.
—No puedo creer que ya estés tan instalada, me das orgullo.—le dije después.
—Empecé de cero, como yo quería, estoy haciendo justo lo que quería. —Siempre que Florencia dice algo yo le creo, todo, tiene el poder de la convicción.- ¿Vos qué tal? ¿Ya empezaste con el cine? Bancame que saco algo del hornito. -La vi abrir la puerta brillante del microondas nuevo. Se reflejaba la ventana; más allá, un mapa prolijo de la intersección de cables negros y el cerro de fondo. Busqué en mi cartera, repasé la lista de películas del día siguiente. Cuatro títulos, dos ficciones y dos documentales, tres en competencia y una en panorama.
—Sí. —le contesté— Empecé ayer. Todavía no vi una muy mala, pero tampoco una muy buena. Es una lotería.
—Acá podemos hacer cine si querés. —gritó desde algún lugar de la cocina.

Vi más de cincuenta películas en dos meses. En cine. Las de televisión por cable no las cuento. Diez en un ciclo de cine francés, veintiocho en el Bafici y siete en el circuito comercial. Me dijo Natalia que debería escribir reseñas de películas. Levantó los ojos del tostado de tomate y queso que la moza acababa de traerle y me dijo eso. Antes le agradeció amorosamente por haber traído el pedido sin preguntar, con atención de madre y sonrisa de peruana.
—¿Decís? —le pregunté— No sé, soy demasiado complaciente.
—Sí, es algo que ya tenés adentro, sólo te falta escribirlo. Cada vez que hablamos me contás una película, me la resumís porque viene a cuento de la charla y me dan ganas de verla.
—A mi psicólogo también le vengo contando películas, películas y libros.
—Por eso, sólo te falta escribirlo. —insistió con la boca medio llena. Le hice un gesto con los hombros, ese típico de poco convencimiento. Ella siguió asintiendo con la cabeza mientras masticaba. Le miré la boca; en una esquina le brillaba una gota de jugo de tomate. Esperé a que terminara de tragar para seguir hablando.
—Tengo que contarte algo. —me animé.

Tuve una recaída. Si pudiera ponerle optimismo al suceso diría: Tuve un reencuentro. ¿Querés venir a dormir?, decía el mensaje. Me costó despegar los ojos para leer pero no me sorprendió. Tardé medio segundo en teclear una respuesta. No, hace frío para salir de la cama, escucho el viento. Yo escucho colectivos, ¿querés venir a escuchar colectivos conmigo? No, si querés te invito a escuchar el viento, es más romántico. Dale, salgo para allá.
Usamos el ascensor para mirarnos. Tenía un pantalón Adidas verde con rayas blancas, uno viejo que usa para dormir, la versión suya de mi pantalón rojo, mitad de un pijama gastado, con la tela de la cola finita y estirada a punto de hacerse agujeros. Cuando subí la vista estacioné en las canas. Es más fácil mirar canas que ojos.
—¿Me estás contando las canas? —preguntó— me crecen de a meses.
—Sí, te crecieron muchas, a mí algunas también, ¿ves? —me levanté el pelo del lado derecho, haciendo pinza con los dedos para descubrir un racimo chiquito de canas nuevas.
—Ni se ven. —dijo, me tocó la sien y parte de la mano. Después lo toqué yo. Le recorrí la cabeza desde la nuca hasta el borde de la frente.
Tocarnos es como reconectar con algo. Somos un circuito de cables cortados y, cada tanto, unimos las puntas para hacer vivir algo. Algo íntimo que se reconecta cada X cantidad de canas nuevas, de a meses.
El ascensor paró de golpe. Algunos viajes en ascensor deberían ser eternos, o de duración programable, nunca alcanzan, siempre frenan todo de golpe.
Para llegar a la cama tuvimos que esquivar una valija a medio llenar, una pila de ropa a medio empacar y tres libros desparramados en el suelo.
—¿Estás por viajar? —dijo. Arqueó mucho las cejas para preguntar.

Pasé una semana en Santiago. Una semana. Siete días.
Caí en la trampa del karaoke profesional. Rompí una vez más mis promesas conmigo. Canté muy mal una canción de Julieta Venegas (El Presente) especialmente dedicada a Florencia, a todo lo nuevo de su vida y a su inalterable poder de convicción. Gracias a un bailecito más o menos simpático me gané los aplausos de los habitué del “chow”, que, supe después, lucen sus rutinas ensayadas de canto todos los jueves.
Vi cinco puestas de sol sobre la cordillera. Conocí el centro. Descubrí que la curva de mi plumofobia sigue en la fase creciente cuando volví a paralizarme cada media cuadra delante de ramilletes de palomas pesadas y grasosas. Admiré la velocidad del metro. Detecté regadores automáticos en todas las calles. Saqué demasiadas fotos, exageré. Fui al Mercado Central. Recorrí los pasillitos oscuros, de pisos encharcados, mirando y oliendo peces muertos.
El viernes santo subí al cerro San Cristóbal. Mientras la imagen de una virgen milagrosa que preside la cima del cerro ponía en duda mi conversión al ateísmo, Florencia cubría los incendios de Valparaíso. Tuvo su viernes santo recopilando testimonios en la cara pobre de los cerros. Le contaron que todo empezó con dos loros. Dos loros que estaban uno al lado del otro se electrocutaron, aletearon nerviosos entre las chispas, ardieron, emanaron olor a plumas quemadas y a carne chamuscada. Después se cayeron, juntos, hechos una misma masa prendida fuego sobre unas ramas secas y el viento se ocupó de diseminar el incendio. Le contaron otras cosas menos pintorescas y más esperables, como la historia de un carabinero que violó a una adolescente cuando le fue a pedir ayuda. Igual que la chica de la canción de Café Tacvba que el policía siguió, atacó, golpeó, violó y mató con una pistola. ¡Alarma, alármala de tos, uno, dos, tres, patada y coz!, grita, vocifera el estribillo y me hace temblar.

—¿Cómo que vas para dos meses sin trabajar? ¿Ya sabés qué vas a hacer? -Me miró como si la acción no-trabajar no me correspondiera.
—¿Te parece imposible, no? ¿Decís que ya debería ir activando? -Lo miré con súplica, esperando la concesión de las vacaciones eternas. Nos reímos. Somos torpes para hablar de cosas corrientes como trabajar.
—Se te va a venir todo abajo. -dijo después. En la milésima de segundo que tardé en conectar ese comentario con sus ojos clavados en el barral de la ventana, arqueado por el peso de las perchas súper habitadas de vestidos, sentí un retorcijón fugaz, como de nervios.- El desorden de una cosa hace parecer que todo está desordenado. -siguió. Entonces fui yo la que miró como si la frase no correspondiera con su voz. No podía avanzar la conversación. No quería seguir por ahí, hacerle comentarios acerca de todos los cuartos desordenados que le conocí. Quería irme por la metáfora. De la vida desordenada, del amor desordenado, de la posibilidad de hacer un orden nuevo. Los retorcijones dejaron de amagar, se instalaron. Una pelota de recuerdos me contrajo la panza. Sentí la catarata de preguntas atoradas de tanto no preguntarlas, como una masa violenta de vómito trepándome la garganta.
—¿Qué tengo que hacer? -solté.
—Sacar las perchas y guardar los vestidos en otro lugar. Punto. -Sacar las perchas y guardar los vestidos en otro lugar, repetí para adentro.

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Foto de portada por Martín Dates

(de la edición Nº 33/34, julio agosto, 2014)

2 pensamientos en “Sesenta días”

  1. El encanto de tu prosa es que siempre, siempre los saltos no son saltos, son péndulos delicados como los que despliegan los grandes bailarines.

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