SALADA 1

Shopping disco zen

Noche de compras en La Salada, por FPM

—Pará, loco, pará. Con cuidado —gritó el chofer desde la ventanilla de una combi llena de pasajeros.
—Es que no va ni pa’ atrás ni pa’ adelante, maestro —se defendió el chango y siguió haciendo fuerza entre el agua de la calle y otros carros.

Uno de los fierros laterales de un carro con los que los changos recorren todos los pasillos de La Salada. Rayó el costado izquierdo de una Traffic blanca, abollada por todas partes y con parches de pintura antióxido por todos lados. El ruido chirriante despertó a los pasajeros. Tres manos hicieron círculos en las ventanillas empañadas para presenciar el incidente que los despertó. Esa noche de lluvia el predio La Salada era una especie de Shopping tercer mundano, con algo de Barrio Chino: colores, olores, aromas variados. Una especie de suburbio con humo de autos viejos y gotas punzantes. Allí, se mezclan muchas clases sociales, intenciones comerciales y ropas empapadas.

SALADA 2

Un Ford Falcon bordó le tocó tres bocinazos a un Volkswagen Bora plateado con vidrios polarizados. Del último modelo salió una mano con el pulgar arriba agitado dos veces. Dio paso al naftero que bramó y movió el agua sucia con el caño de escape dejando una estela de smoke espeso. Pasó y se escabulló entre los demás automóviles que también luchaban por adelantarse entre las olas. A la entrada del galpón Punta Mogote, un embotellamiento de vehículos y carros entorpeció el paso: un camión Mercedes 11/14 azul tapó la entrada a los estacionamientos. De la caja bajaron media docena de muchachos con capas de lluvia que hizo que el agua sobrepasara el cordón de la vereda. Las bolsas de consorcio negras quedaron bajo un techo de chapas con más años que el asfalto empedrado. Desde un agujero a pocos centímetros de la pared, caían chorros de agua que mojaron la mercadería apretada en cada una de las bolsas envueltas con cinta de embalar marrón.

El agua de la lluvia llegaba hasta medio metro sobre el hormigón de la rampa para escalar al estacionamiento. Cuando el 11/14 despejó la entrada, la combi subió a duras penas. En la entrada del galpón, un puñado de vendedores bajo la lluvia ofrecía capas a cinco pesos. Entre los charcos un hombre gordo, morocho y de pantalones mojados de nylon hasta la rodilla agitaba los paquetes con las capas. Dentro de un tinglado de más de seis metros de alto y cuatrocientos metros cuadrados, comenzó la feria como cada fin de semana. Allí, tres hombres con indumentaria de seguridad vigilaban el paso de los carros. Sus ropas parecían las de la policía de tránsito.

SALADA 3

Esos chalecos fosforescentes avisaban: SEGURIDAD PUNTA MOGOTE. Estaban pegados unos a otros y compartían un paraguas azul y rojo con las iniciales del Club Atlético Tigre. El viento los hacía tiritar y el agua mojaba sus borceguíes nuevos. Infinidad de pasillos improvisados se dividían entre las angostas calles en las que además de los que compran, transitan los changos con sus carros llenos de bolsas con mercadería para los puestos de venta. Pasaban rápido entre la gente con gritos acostumbrados de «permiso, guarda el carro, permiso. Gracias, disculpen».

Los puestos se reparten como jaulas cuadradas pintadas de blanco, con un alambrado que divide una de otras. Los vendedores estaban allí encerrados entre las prendas amontonadas. Cada jaula —de no más de dos metros desde la tabla donde están las prendas dobladas y arrugadas hasta el fondo— es la parte de atrás de las que dan al otro pasillo. Un vendedor rapaz no salió de su jaula. Con un palo con gancho de carnicería en la punta tomó la prenda que los compradores pidieron. Midió a ojo los talles, y en menos de tres minutos embolsó y cobró.

—Me gusta la blusa esa. La azul que está en la punta —señaló una mujer con tono del litoral, joguin azul gastado y una bolsa gigante de lona amarilla en donde entran tres pelotas de Quico.
—¿Ésta? —dijo el vendedor mientras la bajaba. La mujer lo observaba descender, la midió en su torso y lo miró: —¿Por mayor me dijiste seis? —preguntó severa.
—Siete ¿cuántas va a llevar, doña? —emitió el vendedor sin poner tono de comerciante hábil. Las prendas se vendieron solas.

SALADA 4

Ventas bajo la lluvia

En el piso de hormigón del galpón mal construido hay pozos por todos lados y lomas con piedras que sobresalen de punta. Centenares de colillas de cigarrillos desechas y desparramadas en los charcos de agua flotaban de un lado para el otro. En uno de los pasillos el agua mojó parte de la mercadería de un puesto con indumentaria de fútbol. El vendedor, un joven morocho de ojos achinados y bigote con tres pelos, se desesperó al ver que sus productos estaban todos empapados. El chango del carro con más mercadería para exponer en el puesto observó la situación.

—Che te conviene pasar todo para atrás —dijo a las apuradas mientras estacionaba su carro.
—Ya lo llamé a Santiago. Me dijo que si no para, te pases al 185 —informó con voz de mando.
—Pero me queda al otro lado, decile —su tono de bronca respetuosa y serena rajó la situación.
—Bueno, yo te digo lo que me dijo ¿qué vas a hacer si no? —comentó el hombre seguridad mientras agitaba su mano derecha hasta el hombro.
—Bueno, embolso y te lo voy pasando ¿Ta?

En menos de cinco minutos la jaula quedó vacía. El muchacho con ritmo desganado puso los bollos de camisetas, pantalones y camperas en tres bolsones de lona. Con manotazos de calentón agolpó todo sobre la madera forrada con contact rojo donde estaban las prendas. Cargaron el chango y partieron. En el puesto de al lado la vendedora comenzó a revisar sus cosas. El agua sólo había mojado a su alrededor una parte de los pantalones joguin Adidas de tres tiras bien acomodados.

SALADA 5

Buena faena de tajo y talón

El aroma del buffet se siente a media cuadra: olor a fritanga mezclado con humo de hamburguesas listar para salir. Es un salón pequeño, de no más de dos metros de altura y seis metros cuadrados, con paredes de azulejos color crema. El piso casi no se ve: servilletas finas hechas un bollo, vasos de Coca-Cola de cartón sensible achatados por todo el salón y huellas de barro. Detrás del alto mostrador un hombre con cara de pocos amigos y frente transpirada tomaba los pedidos. No hablaba más que lo necesario, bostezaba, despachaba: “¿Quién sigue?”.

En el centro había mesas desacomodas con marcas viejas de cigarros olvidados en los bordes y sillas desparramadas alrededor. Sobre cuatro mesas pegadas los rastros de otros comensales hizo que una pareja de ancianos se cambie al rincón rápidamente. En el mostrador dos hombres vestidos de seguridad tomaban Sprite del pico. Desde el handy una voz de relator de fútbol emitía órdenes. El más morocho habló mirando a su compañero que tenía la vista sobre el mostrador. El handy sonaba con el volumen muy alto pero él igual le comunicó el mensaje a su amigo a los gritos mimetizado con el relator.

—Dice que vayamos a la entrada porque están desarmando los puestos que se mojaron.
En pocos minutos el lugar se llenó de gente. El despachador habló un poco más por la cantidad de espectadores. Gritó al cocinero los pedidos y “¿Quién sigue?”. Desde la cocina se oía el sonido de un reggaeton acoplado.
—¡Salen dos patiqueeeeso y dos simples! —se oyó desde una pequeña ventana con bordes percudidos con grasa marrón. Desde el vacío asomó una mano que empujó las bandejas humeantes.

Glúteos que distraen

En uno de los pasillos se produjo un choque. Dos carros cargados se encontraron en uno de los cruce de pasillos y se cayeron cinco bolsones sellados con sogas y cinta ancha marrón. Los changos se rieron y se ayudaron a cargar la mercadería. La gente que pasaba observó la situación y se alarmó por el estampido.

—Venía en cualquiera, chabón —pronunció entre risas un chango de conjunto River Plate.
—Te van a sacar el registro— dijo el otro.

Cerca del cruce de la colisión un puesto de lencería estaba tomado. Tres mujeres con cuadernos de almacén, no paraban de señalar las prendas finas caladas. En lo alto, tres maniquíes de la cintura para abajo exponían un trío de glúteos con bombachas casi transparentes, cual foto de bikini open. En los muslos calzaban medias de lycra color piel, rojas y negras. La chica más joven, castaña, flaca con jeans gastado apretado en la fresa, tomó un puñado de tangas y las revisó como un médico analizando una radiografía. Tras cada selección apartó las bombachas a un costado sobre la madera de una jaula vacía. La compra por mayor se anunció a un peso cada una la docena. La vendedora —gorda, rulos afro, mate en mano— comenzó con la seducción.

—Si te llevás doce te hago uno la prenda —negoció con un mate de zapallo en la mano derecha.
—Pero son un hilo —comentó dudando y medio entre risas la compradora.
—Pero llevalas ¿sabés como calzan esas, nena?
—Bueno, dale. Ponelas en una bolsita.

Cerca de las cinco de la mañana los pasillos estaban atiborrados de gente mirando, tocando y comprando. Afuera, las nubes grises se comenzaron a mezclar con los primeros guiños de un sol vergonzoso y con pocas ganas de alumbrar. Sobre la calle, el agua se redujo a charcos entre pozos y basura pegada al cordón de la vereda. El recorrido, que a esa hora ya estaba completo por casi todos los que se acercaron a mitad de la madrugada, era cada vez menor, pero el movimiento de combis seguía entre las que se iban y algunas recién llegadas.

A media cuadra del galpón Punta Mogote una hilera de más de veinte jaulas a cielo abierto estaban poco transitadas. La media sombra verde interminable con panzas de agua destilada refugiaba a los vendedores. La oferta: medias, calzoncillos, zapatillas, sahumerios, compacts, dvds, golosinas en caja, frutas, verduras y muchos productos más baratos que en la esquina de cualquier barrio.

Sobre uno de los pasillos laterales, sobre un callejón interno, un puesto de chorizos y hamburguesas se preparaba para vender un desayuno rico en calorías: los “Chori a tres P”, eran más largos que los que se venden en cualquier parte del Conurbano a estas horas de la mañana. Las hamburguesas más grandes y con más espesor. Los aderezos, adentro de botellas de gaseosa de medio litro, tenían un color particular: mayonesa fosforescente, mostaza marrón oscuro y el Ketchup rojo suave, con el bautismo —dicen— del papa Francisco I.

El estacionamiento, hormigón con treinta centímetros de espesor, es el techo del galpón Punta Mogote. En los costados no hay barandas ni sogas, ni conos, ni nada que separe los autos del abismo. Desde arriba —a más de seis metros— se observaban conteiners rectangulares verdes, amarillos y negros de más de diez metros de largo estacionados sobre una callejuela que conduce a otros galpones.

Sobre el techo de uno, dos perros con pelaje de la calle subían y bajaban en busca de su alimento. Lamían tres paletas blancas y rosas gastadas y sin carne. En el piso estaba el botín: huesos llenos de carne fresca pero sucia. Tres chicos con bolsas llenas de productos observaban un puente de peatones sobre un riachuelo sucio con botellas, pañales, bolsas y latas en la superficie. Una neblina suave, transparente y mezclada con llovizna fina dejaba asomar el deslumbre de la ciudad que se pierde con algunos rayos tibios de un sol introvertido.

El tránsito se puso en marcha nuevamente. Sobre el estacionamiento, las combis y los autos se preparaban para marchar. Con maniobras acostumbradas y sensibilidad en las alturas, las ruedas delanteras pasaban a menos de medio metro del precipicio. Abajo, los que bajaban del puente, caminaban a las apuradas en un camino planeado con vallas blancas y oxidadas.

Adentro, en los galpones, quedaban las jaulas de los que querían seguir vendiendo. En el techo del container los perros se disputaron un pedazo de hueso rosa entre mordiscos y arañazos. Se calmaron, negociaron y se bajaron en busca del trofeo acumulado.

(de la edición Nº 21, julio 2013)