guerrilla colombia

Si de patrones del mal hablamos

Por Mauricio Villafañe*

En tiempos de un nuevo y vigoroso horizonte para los pueblos y la unidad de nuestra América latina, valdría hablar un poco de una situación de excepción: Colombia.

De su origen ligado a las gestas bolivarianas por la independencia hacia su rol de primer aliado de los EE.UU, en la región ha pasado mucha agua abajo del puente. Nos enfocaremos y arriesgaremos hipótesis de las más intrépidas sobre el desarrollo y significado de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Fue una de las primeras guerrillas latinoamericanas pero eso no es lo más destacado sino el hecho de que aún existen. Lo cual evidencia la casi congénita incapacidad del Estado colombiano dado su sometimiento a los designios del norte y al enorme peso que el negocio del narcotráfico tiene en este país hermano.

El tradicional bipartidismo colombiano (liberales y conservadores) se vio conmovido a mediados de los 40 por la irrupción del popular dirigente liberal disidente Jorge Eliécer Gaitán. La violencia y la persecución contra militantes liberales que el gobierno conservador impulsaba (más el juego que le hacían los liberales tradicionales) va generando un escenario muy tenso para fines de la década.

El detonante fue el asesinato de Gaitán y el consecuente Bogotazo de 1948: una serie de protestas que se ciernen sobre la capital colombiana. De este “Azo” van a emerger grupos guerrilleros de inspiración comunista, embriones de las futuras FARC. La situación convulsionada abierta con el Bogotazo va a determinar un golpe de Estado que, con el general Pinilla a la cabeza, va a reprimir a estos incipientes grupos guerrilleros que se retirarán hacia el sur del país para establecer una “zona liberada” o, mejor dicho, una “comunidad autónoma” en Marquetalia.

Esto se replicará en otras regiones, evidenciando, incluso desde antes de las FARC, la incapacidad del Estado de controlar el territorio (viéndose cuestionada una de sus premisas fundamentales) al tiempo que de dar otro tipo de respuestas que no sea la represión. La solución esgrimida, a través de un acuerdo partidario, será la conformación de un “Frente Nacional” que se abocará a combatir el establecimiento de estas comunidades. O sea, recrudecer el espiral de violencia, incapacidad estatal y trágicos desencuentros en este país de la América latina tropical.

Las FARC se conforman como tales en 1964 como respuesta ante el ataque del Frente Nacional a la comunidad de Marquetalia, símbolo del autonomismo y de la lucha popular colombiana frente a la miopía de sus dos tradicionales partidos políticos.

Corrían tiempos en que las organizaciones populares en nuestro lugar en el mundo recurrían a la lucha armada para la toma del poder y así poder cambiar las condiciones de injusticia y explotación: las FARC se establecen en zonas rurales y selváticas y se constituyen como el brazo armado del Partido Comunista colombiano sin por eso desdeñar lo que se conoce como la lucha o el trabajo político. Este desdoblamiento de tareas llevará a la conformación de la Unión Patriótica, ya en los años 80, como una suerte de salida a la hipertrofia del aparato militar de las FARC.

Este dato es importante para no subestimar o denostar estos procesos como meramente violentos y, así, irracionales. Había y hay, como cuestión de fondo: la disputa y la discusión política. Se da luego todo un complejo proceso de negociaciones de paz fallidas y de acciones estatales y paraestatales terroristas en las cuales se entrecruzan los intereses y las disputas del narcotráfico. Y acá también aparece el fantasma (nada fantasmal) de Estados Unidos que flota como telón de fondo en el ya extensísimo conflicto interno colombiano.

El Plan Colombia fue la gran máscara de un operativo de seguridad y financiamiento que agudizó la presencia norteamericana en territorio latinoamericano a través de bases militares con el objetivo general de controlar la región y, en lo particular, asegurar el abastecimiento de cocaína al “pujante” mercado del norte.

El uribismo (sector manifiestamente proyanqui, encabezado por el ex presidente y actual senador opositor Álvaro Uribe) fue quien, en tiempos recientes, llevó adelante una infructuosa y trágica guerra contra las FARC. Su sucesor y actual presidente en busca de la reelección, Juan Manuel Santos, fue el artífice de esta política al ser su ministro de Defensa.

En la actualidad aparecen en el horizonte unas negociaciones de paz que se vienen llevando a cabo en Cuba. Su favorable resolución, a través de la diplomacia y el diálogo político, emerge como una gran esperanza en nuestra región. Que quede claro una cosa: no se está eximiendo de las culpas o los de errores que la guerrilla pueda haber tenido o tiene y que, por otra parte, son trágicos y gravísimos (la degeneración de su misión inicial a través de atentados, secuestros, asesinatos e implicancias con el negocio narco, etc).

Sí queremos destacar la dimensión histórica de este conflicto y, fundamentalmente, dar cuenta de un factor que consideramos estructural: la incapacidad prácticamente crónica del Estado colombiano en la resolución de los conflictos sociales a través de su apuesta al belicismo más abyecto y a la alianza con los EE.UU.

Ésta no sólo socava su soberanía y profundiza la incapacidad de la que ya hablamos sino que pone en riesgo a toda América latina como zona que ha hecho de la paz una innegociable política regional.

*Lobense. Profesor de Historia UNLP.

(de la edición Nº 42, mayo 2015)