Menochio

Símbolos tomados

Por Menocchio

En esta línea de historias simples de pueblo y de personajes que trascienden por su incapacidad de trascender, viene a mi memoria el nombre de Carlos Hurtado. Este personaje lobense, del barrio Capilla Luján, era inquieto, escurridizo, zaparrastroso y de solitario andar. Pasó su infancia, casi en un noventa por ciento, en el “campito” que estaba enfrente de su casa, más precisamente tirado sobre el lado derecho de su cancha o, en simples palabras, de cuatro.

Desde sus diez años de edad y hasta sus dieciocho, como quien va a trabajar día a día, Carlos se cruzaba a las dos de la tarde y se ubicaba de lateral derecho hasta las seis, hora en la que, a los gritos, las madres del barrio llamaban a sus hijos a tomar la merienda. Más allá de esto, Carlitos nunca aprendió bien a jugar al fútbol.

Los “mejores” amigos de “Charles” (como ellos lo llamaban) no eran ni tantos ni tan pocos; estableció una relación estrecha solamente con dos personas: su vecino Gregorio Ansaldo o “Gregor”, un pibe tímido y humilde, grandulón, de tez morocha con el flequillo hacia adelante que le cubría media frente. Gregor era fanático de los autos de carrera pero excelente central izquierdo, esto en gran medida gracias al largo de sus piernas que con un estirón “extirpaban” balones a distancia. Algunos también lo llamaban “La Torre”.

Antoñito Recaldi, a quien Carlitos conoció en un virulento duelo de bolitas en el patio de la escuela Nº 1, también fue un propincuo amigo de Carlos, sobre todo en su pre adolescencia. “El petiso” Recaldi, como le decían, eran un enano ruin, pero de buen corazón. De movimientos ágiles y de hablar persuasivo, este personaje en un noventa y nueve por ciento de las veces salía ganando en cualquier situación de la vida. Vos podías, con el tratado internacional del metro en la mano, mostrarle que cien centímetros era un metro, que este embaucador se las arreglaba para hacerte creer a vos y a todos que eso era falso.

Antoño, que a su vez también era amigo de Gregorio, contaba que Gregor solía decir con voz oronda: “Carlos es un chico medio raro”. Contaba que había días en los que Carlitos se subía a su Aurorita naranja, en realidad roja desteñida por el sol, el uso y el tiempo, y se iba al centro a admirar vidrieras.

Como si esta práctica ya no fuera lo suficientemente extraña para un chico de su edad, cabe agregar que Antoñito, quien una vez lo acompañó en su usanza, lo escuchó murmurar con la ñata frente al vidrio unas palabras: “Qué voluntad que tienen esas mujeres, ¡por favor!”. Será esta extraña admiración la que llevaría a Carlos Hurtado a ser tristemente irrelevante en su peripatética vocación: ladrón de valores. Para algunos reales, para otros simbólicos.

Todos recuerdan en Lobos la gresca que se armó cuando Don Juan, el carnicero de la cuadra, no quiso cortarle los bordes de dos churrascos de tortuguita a María, la gallega de la esquina quien cada día iba con una exigencia diferente. Tiempo después Juan iba a confesar. “Esta vieja me colmó la paciencia pero ese truhán de Carlo me afanó la amabilidad, querido ¡la amabilidad me afanó!”.

Una verdadera batahola se desató en el barrio y fue por eso que tuvo que intervenir la policía. Lógicamente, Carlitos no fue preso ya que los policías, estupefactos ante esta desconocida situación, no supieron cómo proceder y optaron por calmar a Don Juan hablándole sobre el equipo de sus amores que era Boca Junior.

Éste solía entrar en una especie de trance en el que compulsivamente y apenas respirando recitaba las formaciones de Boca que iban del ‘45 al ‘83 y sus respectivos bancos de suplentes.

Este inaugural acto delictivo lo separaría de sus padres para siempre, quienes no soportaron la vergüenza y la mancha al apellido Hurtado. Afirmó Susana, la mujer de Juan y chivata del barrio, que ese 25 de Mayo a la tardecita escuchó gritos que venían de la casa de Carlos y que al asomarse al patio para oír mejor pudo reconocer la voz de su padre que decía: “¡Ése guacho! ¡Ése guacho nos robó la decencia, se llevó la decencia el desgraciao ése…”.

De esta manera quedaba testimoniado, a través del confiable dato de Susana, el segundo acto delictivo de Carlos.

Según cuentan algunos vecinos de la ciudad, Carlos vivió un tiempo en el barrio Fonavi, popular barrio de casas bajas de color amarillo, a metros del Tanque del Agua. Nadie supo nunca a ciencia cierta cuál era la fuente de ingreso económico de Carlitos porque a nadie nunca le interesó demasiado tampoco.

Cualesquiera mentirosos cuentan algunas historias imposibles de corroborar, como la del viejo Torres quien contó que “con lo que robaba ese malandrín tienen pa’ vivir hasta los “binieto”. Carlos emprendería su exilio del barrio cuando José Bonaldi, carpintero morrudo, bigotón y asador oficial de las fiestas que se realizaban en el Acuyai, inició una trifulca en el desfile del Día de la Tradición, incriminándolo de robarle la inocencia a la menor de sus niñas, la de veintitrés años, Amalia.

Carlitos emprendió la huida montado en el ruano en el que desfilaba y según dicen al grito de: “La inocencia, señor, su hija la perdió hace mucho tiempo”. También afirman que Hurtado y Bonaldi protagonizaron una escena de persecución, al mejor estilo western, a caballo por lo largo de toda la Avenida Yrigoyen.

Este acontecimiento dejó un tanto expuesto a Carlos y obligó a la policía a proceder aunque aún si saber bien por qué lo llevaban. Terminaba por quedarse en la comisaria unas tres o cuatro horas al lado del escritorio del sargento cebándole mates.

Dejaron de llevarlo después de que culparan al comisario por un oscuro altercado con un camionero al que le retuvo el camión y a cambio le pedía “unos pollitos pa’ las fiestas” y éste se defendiera aseverando que la culpa era de Carlitos porque le había robado la vergüenza.

Fuera donde fuera, Carlos se veía envuelto en marañas de este tipo pero nadie lo escuchó jamás hacer declaraciones sobre esta extraña cleptomanía ni nadie jamás se atrevió a preguntarle algo, desde los damnificados pasando por los policías, ni siquiera sus amigos más íntimo. Quizás por miedo o quizás simplemente por lo incomprobable de todas estas denuncias. Sin móvil no hay delito: nadie puede corroborar poseer esos valores de forma determinante y fundada.

Incluso hasta varios años después de que ya no se veía a Carlos por la ciudad se lo seguía invocando para atribuirle la culpa del “hecho”. Es recordado el notificado de la usina “El quinqué” que en el afán de salir de una crisis y aprovechando el mito rondante de Carlos Hurtado, comunicaba la suba de la tarifa de la luz y aseguraban que dicha medida era producto de que “un avasallador gobierno y el repudiable Carlos” les habían robado la ética.

El último escamoteo personificado por Carlos, aseguran muchos que fue el del padre Roberto a quien le robase la piedad y la compasión, y quien a causa de esto terminaría en un retiro espiritual de por vida.

El nombre de Carlos Hurtado zangoloteó por un periodo indeterminado de tiempo por los rincones de la ciudad pero sobre todo en el barrio capilla Luján, barrio que lo vio iniciarse, crecer y después partir cargando con la soledad de aquel que se va sabiendo que ya no vuelve.

Poco se sabe de su paradero y de su muerte, pero como no podía ser de otra manera muchos se han animado a relatar o a conjeturar sobre su ubicación. Amigos y familiares que creen simplemente que Carlos murió siendo un errante, los palabreros inventaron historias como para hacer guiso. Que Carlos vivía en un gran piso en Recoleta donde “Disfrutaba la dolce vita”, que había sido contratado por la inteligencia estadounidense para robarle los valores a los presidentes europeos en una avanzada contra los gobiernos democráticos.

Hasta algunos filósofos y psicoanalistas se animan a decir que de tanto robar valores, Carlos pasó a convertirse en la mismísima existencia, afirmando que la raza humana completa es Carlos.

(de la edición Nº 30, abril 2014)