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Spinetta, después del cuerpo

Un libro más de Spinetta. Crónica e iluminaciones de Eduardo Berti se reeditó para conocer algunos detalles más de aquel Flaco de entrecasa en expansión reflexiva, donde deja en claro que lo más importante siguen siendo las canciones.

Por Félix Mansilla

Encontrarse con un libro que retrata en todas sus formas a un artista de la calidad de Spinetta, es verdaderamente un pedazo de historia por descubrir. Crónica e iluminaciones es una suerte de entramado oral desarrollado en infinitas conversaciones entre el Flaco y Eduardo Berti, su autor. La idea madre —la primera edición fue lanzada en el año 1988— de dar cuenta de los momentos de la vida de Spinetta, son presentados en orden claro: desde su infancia en el Bajo Belgrano, los tangos de su padre o el descubrimiento de The Beatles con poco más de quince años, pasando por Almendra, Pescado Rabioso, Invisible y Jade, para finalizar en los días de las sesiones de «Pelusón of milk».

Así como Martropía de Juan Carlos Diez va hasta el horneado del disco «Silver Sorgo» de 2001, Crónica e iluminaciones atraviesa aquel disco que abre con «Seguir viviendo sin tu amor» canción que lo hizo regresar a las grillas de las incipientes FM de la década del ’90. Muchos años después, en 2007, el Flaco la anunciaba con una intro cual maestro a su clase: “Bueno a ver si por ahí me hacen la gamba con este tema que es un poco difícil, así que, en fin, es muy característico en mí que nunca se entienden los tonos, las letras y eso, eh”.

Si bien la obra cuenta con las firmas de ambos, fue el joven Berti quien convirtió esos encuentros en un libro de cabecera para fanáticos del Flaco. Más allá de todos los detalles sobre los mensajes de sus canciones y el desenvolvimiento de su poesía, lo que más se acerca a todo ese universo Spinetteano es aquello que se revive a partir de anécdotas inoxidables de cercanos como Luis Santiago, su padre, o las voz del gen Almendra (Rodolfo García, Edelmiro Molinari y Emilio Del Guercio), entre algunos pocos más, como David Lebón.

Ahí, en esas palabras autorizadas por ser puntales básicos de sus relaciones sanguíneas y amistosas, se pueden descubrir vivencias propias, en donde todo se parece a esa verdad que deriva de los recuerdos.

El mundo entre las manos

Hace muchos años con Nacho, un amigo, conversábamos sobre cómo ése universo tan diverso y dividido en miles de etapas acercaba a la gente de alguna manera, con todas las pretensiones absurdas o machacadas a más no poder, pero sin Muchacha.

La conclusión selectiva de Nacho era: “Alguien que escucha Spinetta, no puede ser mala persona”. Por eso, Crónica e iluminaciones confluye con esas cosas que se retroalimentan entre los que se buscan en el umbral.

En la mitad del prólogo, Berti cuenta algo por el estilo: “Mi sensación, desde hace mucho tiempo, es que ‘me gusta Spinetta’ fue una especie de contraseña para más de una generación. Me hace acordar a una cosa que escribió Vlady Kociancich sobre Chéjov. Dice ella que su obra era tan íntima, tan exclusiva de ciertos temperamentos y de ciertas sensibilidades que un sí a la pregunta ‘¿te gusta Chéjov?’ podía iniciar una amistad o un romance”.

Es así, porque todos tenemos alguna historia para contar ya sea con sus discos, algunos recuerdos de sus inmensos shows o en frases de sus canciones. Fabián Casas lo narra en sus ensayos al tuntún, donde cuenta algo similar al mencionar varias situaciones. La primera junto a un amigo que conoció en la redacción de Olé. “Zuanich, al igual que (Theodor) Adorno, tenía una teoría estética: las personas se dividían entre las que le gustaba el Flaco y las que no. Secretamente, yo practicaba lo mismo. Cuando conocí a Guadalupe, mi mujer, ella era muy joven y me llamó la atención que le gustara Spinetta. Eso la puso en un podio. Por supuesto que esta medida de tanteo es harto caprichosa (pienso en un montón de gente amiga a la que Spinetta no le gusta nada) pero para mí encierra una verdad”.

Conozco miles de historias atravesadas por ese cosmos musical amplio: de amor, de amistad, de tatuajes, de reencuentros. Algunas me atraviesan, como a todos. Ahí, habita un costado que circula en paralelo donde toda la vida tiene música. Por eso, en esos encuentros entre gustosos de su concepto amplio, el Flaco sigue vivo. Hace poco más de un mes, el Correo Argentino lanzó la estampita de Spinetta; una idea de La Caterva de impresentables, oyentes del programa radial Rebeldes, soñadores y fugitivos que conduce Eduardo Fabregat en AM 750 todas las noches.

Lo que algunos años atrás fue con figuras de nuestro rock como Miguel Abuelo, Federico Moura o Luca, ahora lucen con la alegre estampita de un capo. Su legado, entonces, recobra valor oportuno —el Flaco vendió más eternizado— aunque eficaz: cada vez son más los que conocen su obra, porque a Spinetta se le puede entrar por cualquier lado y su tesoro está ahí, esperando en diferentes formatos. No lleva más que sentir para despreocuparse en sendas lecturas. A veces es complejo, pero Spinetta es también simple.

Otra vez Casas en base a la canción «La montaña». “¿De qué estará hablando? ¿Por qué van a pagar por su montaña? Pensaba todas estas cosas hasta que me junté a cenar con Dylan Martí, un íntimo amigo de Spinetta. Le pregunté: Dylan, ¿qué es la montaña? Y él, como si fuera un koan zen, me dijo: ‘Era una montaña de ropa sucia que tenía Spinetta en su cuarto donde componía”.

Ahora es el momento en que todo está dado para entrar si aun no llegó ese flash. Para el final, Spinetta en un perdurable dixit sobre el redondeo de la obra editada por Planeta: “Es muy importante que alcancemos felicidad en el sentido de habernos desprendido definitivamente del standard inventivo para poder dejar paso a nuestras vidas, a nuestras decisiones de ser y a nuestra propuesta por encima del vano hecho del genio, ya que hay algo muy superior que espera ser percibido”. Ahí vamos.

(de la edición Nº 38, diciembre 2014)