12-Por Martín Dates

Su única estrella

Por Fernando Negro

El sol llegó a su rostro, logró incorporarse de la cama. Eran las siete de la mañana del último día de su vida. Cepillados los dientes, descolgó del ropero un pantalón de vestir que usó dos meses atrás, cuando escuchó el ruido supo que el café estaba hecho.

Los zapatos estaban justo donde los había dejado, al lado de la puerta, el saco lo dejó extendido en la silla. Dio una última mirada al espejo antes de tomar el café e irse a la calle a trabajar. No lo sabía, pero eran las ocho de la mañana del último día de su vida. Al cerrar la puerta vio un zapato de mujer, recordó lo sucedido hace dos días, echó a reír mientras caminaba por la vereda plagada de hojas. Era un otoño histérico que no quería despegar, por lo cual la camisa celeste con dos botones desprendidos dejaba ver una figura preparada para enfrentar cualquier problema.

Le gustaban, dos por tres o cada tres cuartos se trenzaba a golpes con alguien, no era muy afecto al diálogo. Llegó a su trabajo, entró a su oficina. Lo aguardaban un sinfín de expedientes que debía revisar.

El puesto por el que luchó por tanto tiempo y que le llevó tanto dinero había que compensarlo con horas y horas de trabajo. Abrió el primer expediente, lo cerró. Una risa espeluznante nació de él. Cuando volvió en sí no se percató que su secretaria lo observaba de una manera grotesca.

Ella sin quererlo, sabía lo que tenía que hacer. Bajó el cierre de su pantalón, con todo el asco del mundo hizo lo que él quería que le hicieran, sin poder decir no, por temor a que la despidieran. Madre soltera, tres hijos. La necesidad se antepone a la felicidad siempre, maldecía para sus adentros.

Era la hora señalada. Era el último momento de su vida. Por teléfono le avisaron que debía ir a buscar el auto al taller que había dejado dos días atrás. Le prometieron un trabajo que no dejara huellas. Despidió al anciano de mantenimiento al que nunca le retrucaba con un saludo. Caminó. A media cuadra sabía que tenía que doblar, a la derecha. Justo en esa esquina no había luz, tampoco pasaba nadie.

Llegó, encendió un cigarrillo que robó a uno de sus empleados. La primera pitada hizo que cerrara los ojos para siempre. Un hombre le apuntaba a la sien. Disparó sin decirle nada. Al asegurarse que estaba muerto, miró seriamente el cuerpo: “Fátima vale tu muerte, y la mía quizás”.

Resulta que Gustavo Estievens, era un abogado en franco ascenso, pero también le gustaba golpear a las mujeres, sobre todo a las menores. Resulta que el Doctor no era querido por muchos, en realidad por nadie. Todos esperaban que el sujeto fuera preso, pero su impunidad era más fuerte. Resulta en definitiva, que Fátima de dieciséis años, peleada con sus padres huyó de su casa. Gustavo la encontró y pudo conquistarla.

La violó, la golpeó y sin pudor la tiró a un baldío. Mucha gente lo vio, pero su título valía más que el resto. Harto, casi sin vida, su padre tomó la decisión, lo mató, no sintió culpa. Terminó preso. No le importaba. Su única estrella se apagó, no tenía caso seguir jodiendo en el firmamento.

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(de la edición Nº 44, julio/agost0 2015)