Relatos salvajes 1

Subjetividades salvajes

Por Félix Mansilla

Las cosas inmensas generan comentarios a montones. El estreno de Relatos salvajes, reciente éxito de Damián Szifrón sigue aún dando tela para cortar a más de seis meses de su estreno en las salas.

Ser el film local con más de tres de millones de espectadores, no le da valor de bueno. Pero algo tiene. Luego de los premios —en donde se puso gran expectativa, pero no alcanzó— llegó a todos los truchiclubs la versión pirata del film (la que sí se puede ver). El mentor de Hermanos y detectives no dejó pasar una. A poco del estreno, una versión pirata —trabajo de una empresa extranjera para la ocasión— entró en cada DVD dejando una fea sensación: apenas algunos minutos del inicio y la bronca acumulada tras la sensación de estar por ver una gran obra, pero no.

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Una de piratas. Después de ver las piernas de una mujer que camina por los pasillos de un aeropuerto se mezcla con otras películas, pero nada que ver con Relatos salvajes. Ahora sí. La experiencia de verla en la pantalla de un cine, con todo su condimento —disposición de luces, sonido envolvente, la butaca, el silencio— podría ser tomado como el toque de sal que completa el plato. En otras producciones no se sufren las faltas técnicas. En la sala, cada uno de los seis episodios envuelve de modo diferente. Después, en la pantalla hogareña se tiñe de algunas pérdidas sobre todo en lo que implica al sonido: explosiones, puñaladas, mazazos, vidrios rotos, frenadas, pausas, diálogos suspicaces y discusiones varias. El espacio resignificado de una producción dividida en seis capítulos sin un hilo conductor que las entrelace, supone el análisis de algo más que una película convencional.

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Las comparaciones, entonces, con otras obras vistas por millones de espectadores, se vuelven repulsivas, más cuando se la pone en paralelo con, por ejemplo, El secreto de sus ojos de Juan Campanella. Si bien la ganadora del Oscar recorre una historia con los repasos de lo peor de la vida del país antes y después de la dictadura (mafia, aprietes, miedo, impunidad), la observación en perspectiva ideológica, recorre el camino de la violencia anestesiada por la sensación de la toma de revancha por mano propia, cercana a un pensamiento de la ecléctica y mayoritaria clase media argentina y su emblema de que “es corta la bocha”.

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Es decir, las opiniones sobre ése final fueron más allá de un cierre sobre una forma política e ideológica de tratar de mostrar a medias nuestra Historia. Los servicios de inteligencia siempre fueron tristemente eficaces en la Argentina. Cuesta pensar en que un ejecutor de aquellos entre a la casa de su víctima y le pregunte si es quien creen que es (“¿Sos o no sos Espósito?”). Parece raro. En Relatos salvajes, la toma de decisiones de sus personajes roza siempre la violencia.

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La crítica social, se desplaza de modo genérico, aunque con visos cotidianos y toques de humor con guiños al receptor. Parricidio (“La culpa es de tus padres”. Avión estrellado). A la política (“estos son todos la misma lacra”. Puñalada al candidato). Discriminación (“Negro de mierda”. Final calcinado). Diferencias de clase (“Los 500 palos y un departamento en la costa”. Revancha asesina). Antihéroe (#Bombita. Aplaudido por multitudes). Casamiento a todo trapo (“Si me cagaste con esa mina decimelo”. Sexo con invitados, mozo incluido).

Contar en la producción con apellidos como el de Almodóvar o actores convocantes como Ricardo Darín, hace que el análisis final —en muchos casos— sea una crítica basada en el dream team que armó el mentor de Los Simuladores. Aparecen flacas actuaciones como la de Darío Grandinetti (un crítico musical inescrupuloso en Pasternak); o bien representadas como la Leo Sbaraglia (un acaudalado sin suerte en El más fuerte); Oscar Martínez (un adinerado al que cuesta estafar en La propuesta) junto a Osmar Núñez (abogado garca), Germán De Silva (jardinero convencible) y Diego Valázquez (un fiscal sobornable). Érica Rivas, la novia engañada en Hasta que la muerte nos separe, hacen al cartel pero también aparecen con sendas actuaciones para no dejar pasar como la de Rita Cortese y Julieta Zylberberg en el episodio Las ratas.

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Como en cada uno de los conceptos del arte cinematográfico la vivencia plena e incómoda de las relaciones humanas, deja amplios espacios para pensar sobre eso que sale de la pantalla. Muchas veces, el reflejo nos acerca a pensar que las cosas son así o que así las deseamos acompañadas o no con visos de represión interna.

Quién no pensó en volar con una bomba la estafa de disposiciones de tránsito sumada al descaro de un/a empleado/a, sea éste del ámbito privado o estatal, que resumen la negativa en cada respuesta. No es tan difícil terminar a las piñas por una discusión en las rutas o en las esquinas de cada ciudad. Tampoco es raro sentir que todo se cae y se vuelve imposible de alcanzar. Todas las historias narradas en Relatos salvajes, apuntan a dejar un mensaje sobre que todos podemos perder el control. Por eso, cuando termina y llegan los créditos, se prenden las luces o vamos al baño, pensamos: “Esto me puede pasar en cualquier momento”.

Una reacción violenta o una conducta animal, parecen concluir sin demasiado filtro (mucha gente en el cine rió a carcajadas con puñaladas sangrientas o con el desnuque a un inocente con un matafuegos revanchista) aunque se acercan, en dos horas de sangre y rebelión individual, a una manera de llegar a que nada nos desate una ira descomunal. La síntesis, puede ser una forma más de comprender que todo se resume en lo que Chejov destacó hace una pila de años. Una obra gusta o no gusta.

(de la edición Nº 41, abril 2015)