Corazón

Todo corazón

Por Tomás Gianandrea

Corazón

A mi amigo Dardito Ormazábal, desaparecido fisicamente en Junio de 2013.

Dicen que se hizo expulsar cuando el partido recién arrancaba. Diez minutos, veinte, veintiuno como una locura, como una exageración, no más. Partido trabado, como casi siempre. Lógico. Con mucho por jugar a esa altura del encuentro; un 0 a 0, un 1 a 0 o un 20 a 0 daba igual, todo se puede revertir con tanto tiempo por delante. Es más, hubo espectadores que llegaron tarde y se quedaron con ganas de verlo. Se hablaba muy bien de él.

Decían que en él mano a mano era impasable, que cerraba cómo ninguno pero que era horrible pegándole a la pelota, imposible que dejara un despeje dentro de la cancha. Sin ir más lejos, una vez se la puso a uno de los reflectores de la torre de iluminación, en un partido que ganaba sobre la hora y aguantando, obvio. Otra vez, la clavó en contra en una final, para no ser menos. Pero un millón de veces cortó antes de que se generara cualquier bolonqui.

Dicen que lo que hizo, lo hizo de corazón. Qué sintió que no llegaba, que la impotencia al ridículo, a la humillación pudo más. Qué sintió que lo desbordaban por enésima vez, o más, o quizás era el primer caño que le tocaba sufrir y no lo pudo soportar. Dicen que quedó viéndole el número a ese delantero oscuro, escurridizo y rápido que en un abrir y cerrar de ojos lo dejó piantado, loco, desquiciado. Le nubló la vista, lo cegó. Dicen que intentó un primer guadañazo, para hacerse respetar, tal vez, y falló. Porfiado, como todo vasco, se incorporó, lo midió y le metió el trancaso. Listo. Asunto resuelto. Roja directa, sin vueltas.

Creyó que era lo mejor, que así estaba bien. Metió un golpe bajo y duro. Nos dejó con uno menos y se fue sin saludar. Nos metió en un bolonqui importante, preguntándonos si pedir o no el 225 para que vuelva a cruzar, a cortar, a sacar, a reventar, de abajo y de arriba. Justo, ahora más que nunca desde arriba.

(de la edición Nº 25 Aniversario II, noviembre 2013)