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Trump: el fantasma de la incertidumbre

Un análisis sobre el contexto mundial actual. La asunción de Donald Trump a la presidencia de los EE.UU y una mirada sobre tres ejes fundamentales en la reorganización mundial: racismo, China y Rusia, Medio Oriente y América del Sur. Por Mauricio Villafañe*

La gran nota de la política internacional fue dada por EE.UU: asumió la presidencia un grosero empresario inmobiliario; sector que, no casualmente, provocó la crisis de 2008. Exhibe todo su ser una bajísima catadura moral: machista, xenófobo y gorila. Pero asumió la presidencia de la primera potencia comercial y militar del mundo el pasado 20 de enero y eso requiere atención ya que no puede ser definición de una sola persona la política de un imperio global.

Se buscará dar con los primeros movimientos del EE.UU de Trump como uno de los polos de poder mundial en una era que se consolida con el fantasma de la incertidumbre trazándose en su horizonte. ¿De qué era hablamos? De una que asiste a una conducción obsoleta de la comunidad internacional (un consejo de seguridad en Naciones Unidas que nació con los problemas y desafíos de la Segunda Guerra Mundial y no se condice con los problemas del siglo XXI) y que tiene como principal consecuencia la irresolución y agravamiento de conflictos de larga data.

Éstos son reimpulsados por la característica principal de la época: el cuestionamiento a la globalización. ¿Puede entenderse a esta era como una ambigua pero sintomática forma en que se devela a la globalización como una de las caras de la moneda? La otra cara ¿es acaso una compleja combinación de reacción (que va del miedo a la incertidumbre) y de ensanchamiento de las desigualdades sociales? ¿Qué mundo vivimos y qué mundo dejamos? ¿Dejamos mundo?

Trump es una señal inequívoca de esa tensión nada más ni nada menos que en EE.UU. Respecto a su relación con el mundo, bordearemos dos temas de pública y notoria repercusión (la antiinmigración islamofóbica y la tensión/acercamiento con China y Rusia, respectivamente) para pasar a un tercer tema de enorme trascendencia: la cuestión de Cercano y Medio Oriente.

Prohibición del ingreso a EE.UU a ciudadanos de siete países musulmanes. En línea con las políticas antiterroristas de los años de Bush (cuando hubo que cambiar “comunistas” por “terroristas” en la definición yanqui del “mal”) y de acuerdo al ideario republicano y a las propias definiciones del presidente, es que se decretó dicha prohibición.

La principal (o más notoria) “bandera” de campaña de Trump fue la antiinmigración (fundamentalmente con México) y parece también que el mundo marcha hacia esa postura. Europa y la tragedia de los refugiados e incluso la Argentina respecto a sus vecinos. La medida ha quedado trabada en una batalla judicial que puso a Trump en el dilema de impulsar otra orden ejecutiva (decreto) o hacer llegar el conflicto a la Corte.

Los argumentos (los de siempre) son la “seguridad” y la “lucha contra el terrorismo”. Encubren, con estos grandes objetivos, una marcada línea de estigmatización y persecución que no es más que una continuidad. Estos países (Siria, Irak, Libia, entre otros) ya habían sido puestos bajo la lupa imperial en 2015. Trump profundiza el modelo islamofóbico que EE.UU (a través de su poderoso aparato cultural) esgrime como estrategia de dominación global.

China y Rusia. En el mundo multipolar que vivimos post 11-S es primordial, para evitar la Tercera Guerra Mundial, la coexistencia de las tres potencias que pugnan por el control comercial mundial en una época de cuestionamiento a la globalización. Semejante tarea requiere de cuerpos diplomáticos, asesores, definiciones programáticas… que no siempre los líderes mundiales están dispuestos a llevar adelante.

Tal parece ser el caso de Trump, quien tras cuestionar la política de “Una sola China” (el reconocimiento de China continental como país por sobre Taiwán) se vio obligado a volver sobre sus pasos con una llamada al líder chino Xi Jiping, signo de cordialidad en la diplomacia internacional. Si bien la disputa comercial está en pie y será un tema a seguir en la agenda internacional, Trump tal vez se haya dado cuenta de que no está más en campaña y que la pirotecnia de un tuit no es gobernar, ni mucho menos velar por la estabilidad del mundo.

China está conformando un área comercial y de seguridad que rivaliza con la potencia del norte y su deprimida tasa de ganancia. La hora exige diplomacia y cautela en medio de convulsiones que se pueden poner más pesadas y hasta definitivas en lo que al futuro de la humanidad se refiere. Por otra parte y a menos de un mes de gestión, su asesor en seguridad nacional, Michael Flynn se vio obligado a renunciar por ocultar sus vínculos con Rusia como lo revelaron escuchas del FBI.

Más allá de la guerra de espías, más propio de una película ambientada en la Guerra Fría más que del siglo XXI, es notorio que el cambio de gobierno en EE.UU trajo una revisión de la relación con Rusia. Felicitaciones y declaraciones más que cordiales circularon y circulan entre Trump y Vladimir Putin, el mandatario ruso. Si la relación fue tensa como durante el obamismo o si es cordial como se aventura con Trump importa y mucho, ya que define buena parte del resto de las relaciones internacionales. No podemos caer en la comodidad de que son dos imperialismos lejanos que guerrean o se amigan porque sí.

La nueva era, rodeada de una densa capa de incertidumbre, necesita certezas y convicciones en sus protagonistas, necesita soluciones a los graves conflictos regionales que lamentablemente nos sobran y definiciones para abordar problemáticas sociales de extrema gravedad que nos duelen.

Cercano y Medio Oriente. En esta estratégica y asediada región del planeta urgen soluciones que no parecen encauzarse con la presencia de Trump en la Casa Blanca. Es más, las señales son del todo graves: los trumpistas son hostiles a “la solución de los dos estados” (el ya establecido Estado de Israel y la conformación, siempre dilatada, de un Estado palestino) e incluso aspiran a mudar la embajada de Tel Aviv a Jerusalén, la ciudad que ambos pueblos reclaman como capital. Incluso un asesor de Trump ha llegado a esgrimir una nueva solución que contempla tres estados: Gaza pasaría a Egipto, Cisjordania a Jordania y el resto lo anexaría Israel.

Del Estado para el pueblo palestino ni una palabra. A tamañas provocaciones (son más que errores de distinción entre campaña y gobierno) se le suma el giro que en el último año tomó la guerra civil en Siria. En la resolución de tal conflicto no aparece EE.UU ni Europa y sí Rusia en conjunto con Irán y Turquía, un eje de poder que no es de los preferidos por el imperialismo estadounidense. ¿Qué rol le cabe al resto de la comunidad internacional y a los pueblos de la región en la definición de su destino? ¿Qué reacciones puede disparar toda esta cuestión en una figura como Trump?

Trump desde acá. El profesor de Historia Carlos Ciappina pone el foco sobre su relación con América latina (ver “Donald Trump y América latina”, en www.diariocontexto.com.ar). Sabemos que no es precisamente una relación fraternal sino de dominación. Establece, como marcamos al comienzo de esta columna, que requiere atención que un impresentable multimillonario se haga cargo del imperio yanqui y que los imperios no dependen de la voluntad de una sola persona. En esa línea, termina afirmando que Trump no viene a discutir la globalización sino a salvarla en provecho del complejo militar- industrial y comercial estadounidense. No es un antisistema sino la garantía y máxima expresión del sistema.

No hay dudas que Trump es una señal inequívoca y peligrosa de los tiempos que corren: señal de reacción de un sistema mundial que poco y nada hace por la resolución de los conflictos pendientes ni por la reducción de la desigualdad en tiempos de globalidad e incertidumbre.

*Lobense, Profesor de Historia (UNLP).

(de la edición Nº 52, enero febrero marzo 2017)