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Un buen hijo de la Patria: Manuel Belgrano

Por Mauricio Villafañe
Manuel Belgrano fue un abogado porteño pero fue mucho más que eso. Periodista, economista y militar por prepotencia de trabajo y patriotismo, fue y sigue siendo uno de los protagonistas de nuestras horas más gloriosas y difíciles.

Se ganó el bronce por haber creado la Bandera, inspirado por el cielo, por los Borbones, por el manto de la Virgen, por la escarapela. Trazó un camino que fue continuado, ni más ni menos, que por el Libertador José de San Martín. La lucidez de sus convicciones y acciones, en una hora crucial para el destino del suelo que pisamos, se han visto distorsionadas por un culto al individuo que lo separa de su tiempo.

Para ser justos y dignos con su memoria, atenderemos a ello y así aportaremos casi tanto o más que 150 años de historia oficial y de revistas escolares.

Buenos Aires, para fines del siglo XVIII, había pasado de zona marginal para el extenso imperio español en América a ser considerada una región estratégica como lo demuestra la creación de Virreinato del Río de la Plata. Ello definió el hasta ahí lento pero inexorable avance en la liberalización económica como también la valorización política de esa región bien al sur del mundo.

Las guerras y las crisis crónicas de España iban horadando su poderío y así su estructura imperial al tiempo que emergía decididamente la conciencia criolla y el expansionismo británico en el marco del triunfante capitalismo industrial. La avidez de recursos y mercados pone a importantes porciones del globo bajo el control directo o indirecto de los grandes empresarios y financistas de la City londinense. Toma el nombre de “división internacional del trabajo” en los manuales y no es otra cosa que el ocultamiento deliberado de los roles a jugar. A saber: América latina, África y Asia se volvían factorías subsumidas a la lógica del imperialismo británico. Se socavaban, con ello, sus particularidades históricas, sus potencialidades y sus destinos eran nublados por el yugo de la dependencia económica que los siglos XIX y XX se encargarán de volver también cultural.

Una revolución criolla (y poco y nada afrancesada) se explica como la continuación, en 1810 y para siempre, de la resistencia a las invasiones inglesas de algunos años antes. Respondía, a fin de cuentas, a la tradición juntista española pero a un océano de distancia. Es en ese marco de condiciones y posibilidades en que se mueve y actúa Manuel Belgrano.
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Tras formarse como abogado en España, vuelve a su tierra y ocupa la Secretaría del Consulado y la dirección del Correo de Comercio, sedimentando sus ideas. No es un héroe aislado sino un hombre de su tiempo, fruto de él y de sus logros y contradicciones. Este posicionamiento no hace mella en su figura sino que lo pone en contexto y lo potencia aún más pero no como prócer de bronce sino como un hombre de carne y hueso que actúa de forma destacada frente a unas condiciones de excepción.

De esta forma, la Primera Junta nacida de la Revolución del 10 lo tendrá como vocal. Se avecinaban tiempos cruciales para el proceso de independencia abierto ante la profundización de las situaciones locales (disconformidad y concientización de los sectores criollos) e internacionales (invasión napoleónica a España, avance imperial británico); Manuel Belgrano demostrará estar a la altura y no precisamente ligado a cargos de escritorio.

Sus experiencias militares siempre fueron o bien opacadas por las de San Martín o bien consideradas a la luz del hecho de que él no era un militar de carrera como si eso justificase las derrotas o, en el mejor de los casos, su absolución ante ellas.

Resistimos el peso de estas perspectivas para reivindicar al Belgrano militar, incluso en la derrota. De esta forma nos ahorramos el mote de resultadistas con retrospectiva histórica y lo valoramos en su justa medida ya que los tiempos que corrían eran para valientes y si Belgrano perdió batallas fue porque asumió la responsabilidad de brindarse a la causa de la independencia y la libertad que la Patria demandaba.

En el mismo 1810 fue designado como general de las fuerzas destinadas a Paraguay, una de las regiones del antiguo Virreinato que se resistía a reconocer a las autoridades surgidas de la revolución porteña. Sin embargo, su actuación militar más conocida y destacada es al frente del Ejército del Norte, buscando asegurar la región del noroeste para las nacientes Provincias Unidas del Río de la Plata e incorporar a ellas al Alto Perú (Bolivia).

Sin embargo, para fines de 1812 Buenos Aires le retaceaba apoyo de todo tipo y las fuerzas realistas eran fuertes en la región que rodeaba al corazón del poder español en América como lo era Perú.

La situación ameritaba medidas de excepción y en una de las patriadas más gloriosas de nuestra historia, Belgrano y el pueblo de Jujuy se retiran hacia el sur. Es una jugada arriesgada y heroica que demuestra cabalmente el grado de compromiso con el destino de la Patria que los pueblos y sus soldados tuvieron en el momento.

Muy diferente era la situación de la dirigencia porteña, que recelaba del creador de la Bandera (el 27 de febrero de 1812 fue izada por primera vez a orillas del Paraná) y perseguía al líder oriental José Artigas (promotor de la primer declaración de independencia que se dio por acá).

Volviendo a Belgrano y a su actuación en el Norte hay que destacar que, junto a la acción de Martín Miguel de Güemes, es protagonista central en las determinantes batallas de Tucumán (septiembre 1812) y Salta (febrero 1813). Sus derrotas en esos lugares que recordamos desde la primaria, Vilcapugio y Ayohuma, definirán su salida por un “suplente” de lujo: San Martín.

De ahí al cruce de los Andes para liberar medio continente, una acción que en sí misma define militar, estratégica y políticamente al más grande General de nuestra historia. Belgrano no descansa pese a los años en campañas militares. Pasa dos años como diplomático en Londres y se define por la salida monárquica en la discusión en torno a la forma de gobierno. A su vuelta, la declaración de Independencia en el Congreso de Tucumán reconoce a la bandera por él creada.

Al respecto, sabemos que el 20 de Junio es el día de la Bandera y que esa fecha conmemora la muerte de Belgrano, en 1820. Nos preguntamos en voz alta por qué no celebramos a nuestra insignia patria el 27 de febrero. Esas cuestiones de la historia oficial que están para discutirse y enriquecer las perspectivas. Se fue de esta vida cansado, enfermo y pobre. La época, sin embargo, no dejaba ser movida: el Directorio hacía agua por todos lados y las provincias se rebelan, con sus pueblos en armas y sus líderes a la cabeza, contra el centralismo porteño. Si nos esforzamos y recordamos las explicaciones de los manuales hijos de la historiografía liberal nos encontramos con el término “anarquía”.

Esto es parte de una operación que busca invalidar la recuperación de la capacidad de decisión provincial, piedra basal del federalismo, ante el agotamiento del poder central anclado en la preeminencia del puerto (y sus recursos) de la futura capital del país, eje clave del unitarismo.

Hacemos así, una revisita a la biografía de Manuel Belgrano. El objetivo es escaparnos del culto al individuo y poner el foco en la época-marco. Son tiempos en que, como pueblo, estamos recuperando una idea de Patria no ya ligada a desfiles militares o a incómodas y acartonadas entonaciones del Himno, sino a amplios e irreversibles procesos de transformación y recuperación/ampliación de derechos.

Es en este estado de cosas en que adquiere realidad la obra y el tiempo de Belgrano al aportar a la comprensión más acabada de los desafíos y dilemas del presente. La historia es el viaje, es la interpretación de los hechos humanos en el tiempo y no un museo ni menos aún una unívoca usina de sentido que recopila fechas en sí mismas y ensalza a traidores al tiempo que “olvida” a los que supieron interpretar las ansias de su pueblo y su tiempo.

La historia no es un juzgado, no un tribunal del valores, es una actividad cotidiana, dinámica, accesible a todos y todas, que aspira a generar y a poner en juego sentidos que no hacen otra cosa que ensanchar las perspectivas del presente para acometer con fuerza y claridad en un futuro siempre abierto pero que, como ya sabemos, llegó hace rato.

(de la edición Nº 43, junio 2015)