Familia

Un sueño no hecho realidad

Por Nicolás Bernal

Ceferino cerró los ojos. Ceferino se durmió en un largo y tendido sueño. En el bosque armado de sol y hojas en el piso estaba Mercedes, acostada sobre una manta blanca con líneas rojas.

La sonrisa rimaba con los rayos y su rostro se acercaba una y otra vez, riendo, hablando, haciendo morisquetas, poniéndose seria y reflexiva, decía: Te amo. Los familiares se van, se rodean, acompañan, gritan y estallan. Los domingos bajo la parra que brindaba la mejor sombra del planeta, el olor a humo y el humo estampillándose contra los ladrillos de una parrilla mal hecha.

Los nenes, chiquitos, radiantes, llenos de vida, trasmitiendo energía, buscando en los bolsillos monedas para comprar chupetines. Los viejos que sí o sí serán los más sabios masticando los sabores amargos, dando consejos provisionales, festejando logros ajenos sintiéndolos propios, preocupados por el sudor del pasado y el descanso del futuro. Los hermanos que en alguna altura terminan siendo amigos. El sol y la lluvia en la disyuntiva de aniquilamiento siestero.

Mercedes en bata, en una mezcla de llanto y risa, el grito de un bebé ante la realidad de la vida, el abrazo completo hecho de tres seres humanos. Las alegrías simples, plasmadas en lo cotidiano, la continua preocupación por eliminar la falta, las sobremesas, las escapadas, los pelos que se escapan. Dibujos garabateados y la escritura de un: papá. Las segundas oportunidades y la bifurcación del camino del amor, las discusiones mal hechas, el más allá del amor, el compañerismo. Ceferino giró hacia el costado que da a la pared. Ceferino siguió durmiendo.

Una mirada que esquiva el deseo. Las noches pensando en solitario, mirando la calle, las estrellas, sintiéndose chiquito ante la inmensa eternidad, buscando, encontrando. Los besos que desenlazan la pasión, las lenguas, las babas, el diablo, el azufre. Los infiernos explorados que esperarán el regreso, que marcan salvación temporaria. Un grito, la verdad, cuerpos desnudos, respirar. Mercedes caminando sobre la vereda donde lo conoció, yendo a esperar el colectivo para irse a trabajar, mirando las persianas cerradas en verano, secándose la transpiración con el brazo, pensando, tomándose la panza, triste.

Un partido de fútbol, las esperanza de millones, el corazón que late más fuerte, el humor, el patriotismo, la mezcla incansable de prosperidad y deporte. Las corridas, los arranques de pelos, la prioridad de la final, los gritos a los cuatros vientos, los insultos. Ceferino habló mientras dormía: Yo no lo sé. Un pasillo hecho por árboles, una primavera adelantada, las arrugas de las manos, la tos, escuchar poco y nada, los dolores de los huesos, los ojos vidriosos. Mercedes camina lento a la bomba de agua, ya le dio de comer a los perros, habló con todos sus nietos y siguió sonriendo un buen rato, sola, cuando recordó cómo conoció al amor de su vida. Se acostaron a dormir la siesta, se miraron desde el fondo de sus ojos y pensaron en los que les quedaba por hacer. Se dieron cuenta que su arma secreta era lo espontáneo, la confianza y la libertad. Se agarraron más fuerte, se apretaron y quedaron cara a cara.

Seguían sintiendo la misma sensación de siempre, sentían sus corazones como uno, respiraban al mismo ritmo, se seguían acariciando. Afirmaron que la perfecció está en la manera de ver las cosas y que ellos se amaron desde el momento en que se cruzaron. Ceferino se despertó con una sensación rara, sin saber si estaba en la realidad o seguía soñando. Ceferino se volvió a dormir. Ceferino despertó a la mañana y ya no recordaría nunca lo que había soñado.

Viajá más en el blog Breves tiempos raros

(de la edición Nº  37 Aniversario III, noviembre 2014)