Vía eutanasia

Vía eutanasia

Por Félix Mansilla

El cuadro que ofrece mi ventana no es más que eso: una vida que se expande en un cuadrado, neto, poco particular. Nada más. Es todo lo que tengo, todo lo que recibo hoy. Desde que el destino me acarició para permitirme crecer, nunca lo pensé de otra manera. A veces me alimento como un optimista ortodoxo o como un tipo al que no le quedan elecciones. Quién pudiera devolverme el tiempo que no es más que aquel donde mi vida no era ni una cama, ni el techo o la pantalla de mi ordenador como únicos escapes forzosos.
Hace tres años todo cambió. No supe jamás resolver esta desidia que cayó sobre mí.

Pensar que en muchos momentos creí tener resueltos mis dilemas de existencia. La perfidia que me tendió el tiempo aquel que, sin dudas, desperdicié a falta de imaginación para escapar de aquello que me esclavizaba con culpas, temor y algunos rencores no superados. La ruta estaba transitada. Mi deseo era tan simple, tan ordinario, que dudé apenas escapado en la mente. Esa noche ella vendría a casa y el plan era casi perfecto, porque lo único que no había resuelto era la marca del vino, aún sabiendo que ese detalle era esencial.

La lluvia que caía sobre el asfalto se hacía vapor. A cada instante miraba alrededor el movimiento atronador de los árboles. Producto de un viento incómodo, las ramas se agitaban como los brazos de un banderillero de aeropuerto, desesperado. En la radio anunciaron que llovería hasta el fin de semana. Quedé atrás de un camión. Quiero aclarar que mis palabras son el destello de recuerdos que en este momento decido contar porque fue lo que me marcó a fuego este presente.

Después de leer el informe de los peritos, destaco que no corrí con la mejor suerte. El conductor del camión optó por un desafortunado zigzag que me malgastó la vida. Después de bloquear con las ruedas traseras, mi reacción fue nula. Así lo explica la pericia: mi coche quedó incrustado sobre los chapones que anteceden el puente. El auto finalizó como una sardina. El impacto quedó como una piña en el barro de una historia amortizada. A partir de ese instante, las circunstancias me indican que el resultado fue el mejor de todos aquellos que aparecen como opción: la muerte con suerte, una vida vegetal o la anestesia que desconcierta.

Las mejores estrellas son las personas o la vida como una ocasión. Una oportunidad —que leo entre algodones— de sendas que no son más. Ahora no me dejan elegir, no puedo elegir ser porque no me puedo trasladar por mis medios y mis miedos. No logro conciliar con las ideas que en un fondo gris de mi inconsciencia me dicen que acuda a una muerte vía eutanasia. Nadie me quiere entender.

Mis propósitos en el camino, quedaron ahí mismo, en el camino. Cuando me salve de esta prisión en la que resido inquieto, todos podrán sentirse un poco en mis zapatos (curioso decir zapato). No más sufrimientos que empañen mis pasiones o que destruyan todo eso que fui, porque en la medida que mis piernas no vuelvan a darme esa normalidad que antes desprecié, no quiero ni deseo comportarme como un lisiado o simplemente un renegado sin salida. Cuando llegue el fin, todos me pensarán como alguien que supo elegir, alguien que luchó hasta que no le dieron más —vaya paradoja— las piernas. Y el orgullo.

No creo haber hecho las cosas mal. No pienso que mi paso por este camino haya sido vacío, sino como una forma de ejercicio de desaprender a cada instante. Mis memorias no serán más que aquello que transformo como legado de una vida de sueños. Creo que los sueños dejan de ser cuando se cumplen o cuando se desisten, se renuncian bajo presión o son meramente anulados por una circunstancia adversa por completo. No desisto, pero prefiero prescindir de todo aquello que —como siempre— planificamos para cumplir con mandatos sociales o para conformar a los más cercanos.

Podría resumir cada uno de mis días a través de casilleros que una vez acomodados en un plano en blanco se convergen y son: niñez feliz, adolescencia regular, adultez sin retornos. Digo sin retornos porque todo lo que tuvo que ser, fue. Simple como mirar el cielo, pero tan complicado como entender los rezagos de la lluvia. Creo en las buenas intenciones, pero descreo de las cosas que se apoyan sobre constantes turbaciones que desorientan las miradas. Jamás, aquellas personas que estuvieron a mi lado se enteraron de mi decisión. Ahora, mi deseo es que me ayuden a lograr mi final.

Los jueces no comprenden. La justicia no me ve más que como un pobre tipo al que no le funcionan las piernas. No puedo caminar, no quiero vivir. No me puedo trasladar más que en un turismo mental. Lleno mis días con pensamientos horribles como el sentir que caigo y no puedo levantarme. Cosas de un tipo simple, sin salida. Por eso, espero comprensión.

De ahora en más, mi decisión debe valerse por los deseos, como el de todos lo que soñaron alguna vez con conocer o viajar con las mochilas livianas. Este viaje será mejor a partir del momento que pueda caminar entre las nubes. Jamás pensé llegar hasta acá, pero es el fin. No cuenten conmigo para las lágrimas. Quiero volar y sentir que puedo hacerlo.

Necesito alas, porque mi cielo se hundió hace mucho y no corren nubes, acá, postrado en mi lecho. Un final con el principio de un instante que comenzó en zigzag, se expandió en dolor una tarde de lluvia y me empujó hasta este momento desesperado o aparente. Nadie siente aquello que no quiere ver.

(de la edición Nº 27, enero 2014)