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Violencia es mentir

Por Mauricio Villafañe*

La llamada “Semana Trágica” ocurrió en el verano de 1919 en Buenos Aires. Vamos a saber un poco más del hecho en sí, trazar algunas comparaciones y deslizar algunas reflexiones sobre temas que creemos adyacentes.

La cuestión de fondo es la discusión en torno a la violencia: quiénes, cuándo y sobre quiénes. El cambio de época que significó la llegada de Yrigoyen a la presidencia (1916) respecto a la relación del Estado con el movimiento obrero venía con delay para los trabajadores de los talleres Vasena.

Es más: este conflicto, junto a las huelgas patagónicas de 1921, es el límite del intervencionismo del Estado como también el de la voluntad política del presidente y del partido de gobierno pero, sobre todo, se siente con todo su trágico peso la fuerte presencia de sectores conservadores y reaccionarios. Lo cierto es que los metalúrgicos, explotados por voraces patronales y desprotegidos por el Estado, pretendían mejoras en sus condiciones de trabajo frente al interés de los industriales de bajar costos frente a la caída de las importaciones por la Gran Guerra en que se debatía el mundo.

Estos trabajadores eran la cabal expresión de la carencia de derechos básicos en el país granero del mundo. Se sabe que, en este mundo, la variable de ajuste para la ortodoxia económica y patronal son los salarios de sus propios trabajadores.

El llamado a huelga y la conflictividad que esto traía alarmó a los sectores del poder y a las clases medias y altas urbanas. Vale recordar que, paralelamente y del otro lado del mundo, el ex imperio zarista había sucumbido a manos de una revolución apoyada por trabajadores y campesinos que será la primera experiencia socialista triunfante en el siglo XX.

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En esas horas, por allá, se debatía en una cruenta guerra civil. Y acá, el temor y la exageración, fruto de la incomprensión (la huelga de los talleres Vasena, claramente, no era la Revolución Rusa), llevan a los sectores dominantes porteños a la funesta comparación. También hay que decir que la oleada revolucionaria no fue cosa de Rusia nomás: la primera posguerra fue un periodo intenso en ese sentido ya que situaciones parecidas se dieron en grandes europeos como Italia y Alemania. Es curioso (o no tanto) que en ambos países la situación prerrevolucionaria de principios de los años ‘20 sea seguida por movimientos autoritarios.

A la lucha de los trabajadores le siguió la represión, tanto estatal (al mando del general Dellepiane) como “privada” o paramilitar y de clase, con la Liga Patriótica Argentina como fuerza de choque. Esta banda terrorista de miembros de la élite porteña, una suerte de Triple A de ricos, se arma en defensa de la “nacionalidad” supuestamente amenazada por las huelgas “rojas” que asolaban la ciudad.

Esta muchachada va a recorrer, poco amistosamente, sindicatos, bibliotecas y sinagogas de las barriadas judías ya que, aparte de represores, eran antisemitas: una constante entre los violentos de siempre. El saldo de estas jornadas de represión estatal y violencia terrorista y oligárquica contra los trabajadores son muertos y heridos: todos sabemos o nos podemos imaginar a esta altura de qué lado.

Algunas preguntas sobre el sentido y el significado de la violencia
Nos estamos metiendo con la partera de la Historia: la violencia. La cosa no pasa por una condena absoluta y por arriba a la violencia en sí porque estaríamos negando un dato objetivo y concreto de la realidad. La lucha y los conflictos son parte de la vida misma.

Es posible, para acercarnos a alguna instancia de comprensión de las cosas que decimos, pensar en quién/es la ejerce/n, contra quién/es y con qué fin/es. He ahí la verdadera discusión sobre la violencia en nuestra sociedad, en nuestro tiempo, en nuestra historia.

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El caso referido en la columna de hoy marca a las claras quiénes son los violentos, quiénes son sus víctimas y el por qué de esa violencia. El mismo ejercicio podríamos hacer con diferentes acontecimientos y así diferenciar la represión contra los sectores populares, la violencia terrorista y organizada por los grupos de poder real y sus fuerzas de choque de otras formas (actores, destinatarios, fines) de violencia se han dado, se dan y se darán.

Un ejemplo: el debate está planteado

El ejemplo más claro en nuestra Historia latinoamericana es la lucha armada que encaran diferentes organizaciones políticas frente a las dictaduras asesinas de los pueblos (y su bendición imperial a partir de la Doctrina de la Seguridad Nacional).

Esta es violencia popular organizada contra los colonizadores y es legítima porque apunta y busca la liberación nacional. Y acá podríamos estar de acuerdo que, mas allá de diversas valoraciones sobre el accionar de las guerrillas, es claramente diferente del caso histórico tratado (La Semana Trágica de 1919, con sus huelgas obreras y la brutal represión de la Liga y el Ejército).

No es posible agotar el tema ni poder poner a las posiciones particulares como universales ni, mucho menos, una persona erigirse en juez universal sobre temas tan controversiales.

Sin embargo es interesante abordar este tema a partir de las preguntas que hemos estipulado, que no son las únicas aunque sí las elementales para hacer cualquier tipo de análisis histórico o de otro tipo acerca de la violencia y el conflicto en nuestras sociedades y frente a las problemáticas en las cuales emerge, en ellas, la lucha por el sentido de las cosas.

*Lobense, estudiante del Profesorado de Historia de la UNLP.

(de la edición Nº 33/34, julio agosto 2014)