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Virus contagioso

Por Félix Mansilla
La piña no cambia de dirección, pero te sumerge en el interior —bien íntimo— de una de las bandas más rupturistas desde el renacimiento del rock argentino post guerra de Malvinas.

En ese despertar, Virus marcó una senda que en el presente sigue tan viva que hasta resulta no tan evidente. La perspectiva de las memorias de Marcelo sobre la vida de los Moura, expone en detalle cada paso del camino que recorrieron esos platenses inquietos antes del comienzo de los ochentas. A lo largo de 174 páginas, las historias se van sumergiendo en todas las aguas —las buenas, las malas— por las que anduvieron los integrantes de Virus. Queda en claro que la intención de su autor, que no deja caminos sin recorrer, se acerca a los abismos, como fueron las pérdidas de dos de sus hermanos: Jorge, desaparecido por la dictadura y Federico, como consecuencia del Sida.

En el prólogo, Germán Maggiori anuncia que “quien pretenda encontrar una visión exaltada de un pasado de gloria, busque golpes bajos o lacrimógenas fórmulas nostálgicas, no hallará sino más bien lo contrario: perseverancia, gratitud, afectos genuinos y mucho, pero mucho humor”.

Desde la fallida imitación a Sandro en la forma de seducción que usaba el Gitano, como la de embultar su pubis con medias hechas un bollo, que a uno de los hermanos se le salió de las braguetas, dejando en evidencia la falta de experiencia. O las miles de anécdotas de las giras de la banda: viajes en colectivos en la inmensidad de los pueblos del sur chileno y del interior argentino. Las esperas en los aeropuertos. Los regresos a City Bell. Los recorridos del camino La Plata-Buenos Aires antes de la construcción de la autopista.

En cada uno de los dieciséis capítulos, los recuerdos de Marcelo apuntan a contar sobre aquel no-reconocimiento de la prensa o en el público rockero que los trataba de maricones, cuando en realidad, el objetivo estuvo puesto en la transgresión. El nombre que los describe a flor de piel, provino de un juego de palabras. “Nos gustó la idea del virus como un contagio irrefrenable y como una palabra que se pronuncia igual tanto en francés como en inglés”.

En medio del desconcierto de la crítica para describir a aquellos raros des-generados, la banda no dejó de crecer entre tanto despertar democrático. “Habíamos aprendido también el arte de dar nuestra opinión a través de letras con doble sentido, descifrables para todo aquel que supiera correr el telón y descubrir nuestras posturas o pensamientos más auténticos y profundos. Solo era cuestión de saber leer entre líneas”.

Ese imaginario se recrea en virtud de lucha, sin resentimiento. Luego de narrar la desaparición de Jorge, Marcelo cierra de modo sincero, al explicar que “creo que las cosas que nos tocan vivir tienen una razón de ser, y el dolor y el sacrificio de otros tal vez cumplan la función de perfeccionar al siguiente gladiador”.

Virus y los antibióticos

En la placa «Agujero interior» (1983) le dedicaron una letra a Jorge: “Hermano, quiero apretarte la mano/ sabemos, que ellos nos han separado/ parece ser un mal general/ que va a haber que solucionar/ tenés que estar en algún lugar/ que pronto vamos a encontrar”.

Al repasar su mirada sobre la de Federico, explica el por qué de su extrema laboriosidad artística: “Su obsesión por dedicar su vida entera al arte lo hizo ser una persona única, un artista grandioso (…) dada la época que le tocó, él optó por vivir su sexualidad de una forma más fugaz, con relaciones más casuales y esporádicas, a puertas cerradas, prohibidas, y que por esta razón gran parte de su libido estuvo puesta en la carrera (…) no le gustaba el tabaco, ni la cocaína, ni el alcohol”.

Para encontrar cada transgresión hace falta volver a escuchar cada uno de los discos. Las memorias finalizan en un breve anecdotario, donde aparecen otros artistas destacados, como el Flaco Spinetta, quien tras la muerte de Federico se apareció en los estudios El Pie en los momentos previos en los que Marcelo comzara a grabar las voces del disco «Tierra del fuego» (1988). Marcelo lo recuerda como la forma que el Flaco del Bajo Belgrano le dijo “acá estoy, dale para adelante”. También, cuando explica el significado de muchas de las canciones con mensajes encriptados, como la letra de «A mil», que desliza: “Combatiendo intensamente la mediocridad/ que pretende apoderarse de nuestro lugar/ ya no puedo conformarme con solo mirar/ voy a mil alucinando con la actividad”.

Después de la muerte de Federico, erigido como el continuador, Marcelo narra que “había empezado a drenar mi dolor. Solo era cuestión de esperar que el tiempo ayudara a entender y procesar lo ocurrido, para encontrar el modo de continuar”.

El reencuentro con el pasado, la vida de una familia de artistas, creadores fulltime, quedan eternizados en las memorias escritas por Marcelo. Ya con la enfermedad avanzada, Federico empezó a escribir su despedida. Vale la pena leer Virus y saber de las genialidades desbastadas por los enemigos del cambio. Faltaban pocos meses para su muerte. Federico escribió para siempre: “Voy a recorrer un mundo incierto, recostado en mis sueños, con el alma descubierta, explorar rumbos secretos y así tengo una ilusión”.

(de la edición Nº 37 Aniversario III, noviembre 2014)