Goy

Volviendo al pago

Por Juan Ignacio Babino*

Cuenta la leyenda que, a mediados de los ‘90, el rock latino tuvo un representante mendocino. Con Mano Negra entre ceja y ceja, Goy Ugalde Glúzman lideró Karamelo Santo, una bomba del mestizaje que hizo sede en una casona del barrio porteño de La Boca y supo pasear su música por todos los festivales europeos.

Alejado del grupo, un maduro Goy repasa aquel camino y presenta con orgullo su primer disco solista, el inesperado y sorprendente «Soy Cuyano», en el que finalmente le hizo caso a su abuela y, sin cortarse las rastas, repasa los clásicos de su provincia natal. Es alguna tarde de 1988 y Guillermo “Goy” Ogalde Glúzman —veintidós años, el pelo corto ciertamente revuelto, la ropa oscura— camina nervioso. Lleva entre manos un disco que le quema: el primero de Perfectos Idiotas, banda de ska de la que es cantante y uno de los fundadores. Su abuela lo recibe, sonríe poco, ojea el horizonte cordillerano y dice. Que sí pero que no, dice, que más ganas tenía de verlo y escucharlo tocar y cantar canciones folklóricas con la guitarra. De aquella tarde pasó bastante tiempo y por estos días Goy vuelve sobre ello para —en una especie de revancha consigo mismo— finalmente concederle aquel deseo a su abuela. Aunque ella no lo haya podido ver, no lo pueda estar viendo.

Es a esa misma tarde a la que él parece volver en línea recta con su última producción, «Soy Cuyano» (Ultrapop), un disco dedicado casi exclusivamente al cancionero folklórico de la región. Nacido (1966) y criado en Mendoza, sangre judía rumana por parte madre —Susana Glúzman—, chilena y vasca por parte de su padre Luis. De su niñez, algunos recuerdos. Por ejemplo, un tío de pelo largo, uno de los primeros hippies y rockeros de la provincia; por ejemplo y, sobre todo, las tardes escuchando a Chopin, Bela Bartok, Bach con su mamá al piano y las larguísimas juergas y guitarreadas que se armaban casi todos los domingos en la casa de su abuela. “El folklore cuyano es mi infancia. Tenía los dos polos; la parte clásica de mi madre y la folklórica de mi padre”, dice, parado en medio de la cocina de lo que es, desde hace muchísimo tiempo, su lugar: esta casona enorme y antiquísima —que, invadida por una plaga de chinches, lo encuentra en pleno combate contra esos bichos— en el corazón del barrio de La Boca.

Es esta misma casona la que habitaron los integrantes de Karamelo Santo, un sueño que había iniciado el propio Goy en México, adonde había llegado estudiando música y escapando un poco de los primeros años menemistas: recibido de ingeniero, se dedicó a estudiar música —Universidad de Cuyo, la Católica de Chile y la UNAM—. Allí dedicó buena parte del tiempo a tocar y estudiar ritmos folklóricos de la zona. Hasta que irrumpió Mano Negra. “Ahí en México se me ocurrió la idea de hacer Karamelo Santo, ya desde ahí. La idea nació allá. Y en ese momento aparece Mano Negra. Y fue impresionante porque hubo una conexión muy grande. Fue una bomba del mestizaje”.

Su karamelito

El mestizaje, una bomba. Entonces, Karamelo Santo, aquel colectivo musical nacido en 1993 —que aún sigue tocando, pero ya sin Goy, con quien hay una puja por el uso del nombre— que desde su primer disco «La kulebra» (1995) no paró de tocar por cuanto lugar quisiera, desde Mendoza hasta Austria y Estados Unidos —fue el primer grupo argentino en tocar en el prestigioso festival Roskilde (Dinamarca, 2003), encuentros callejeros, grandes estadios, antros europeos, etc.— y que de alguna manera tenía su génesis musical definida en varios frentes: The Clash, Mano Negra, Rei Momo de David Byrne, Marley y Rubén Blades.

Goy, además de fundador, fue el productor de la mayoría de los discos. Entonces, Karamelo Santo, una bomba, un mestizaje. A fines de 2010, Goy dejó la banda. Entre otras cosas, en un comunicado explicó que se sentía con muchas ganas de recuperar paisajes que hace mucho que no veía. “La ida de Karamelo no sé si salió bien o mal, pero me pongo las anteojeras y voy para adelante”, dice ahora.

A su partida formó parte de La Peña Pop —junto a Federico Cabral, Carlos Martín, Charlie Desidney y Manu Espinosa—, donde tocaban temas de las bandas de cada uno de los integrantes y algunas versiones de clásicos en clave de fogón y mid tempo. El grupo sacó un disco homónimo en 2011. «Remedio de mi corazón» (2012) lo grabó junto a su nueva banda, Los Kangrejoz. Es un disco que recoge algunas composiciones que no llegaron a registrarse con Karamelo Santo, y deja entrever una veta más cancionera. No un viajero solitario, pero sí un viajero trascendental. Algo así se puede apuntar para referirse a Soy Cuyano. Porque cómo se entiende entonces que, tan de repente, un músico que viene desde la sonoridad del rock, el ska y el punk se despoje de todo eso y sólo queden guitarras y guitarrones, algunas percusiones y todo sea finalmente eso, la cosmogonía cuyana hecha música: tonadas, cuecas, gatos.

Como un caminante que después de larga errancia vuelve a su pago y en esas últimas callejuelas de su viejo barrio empieza a desnudarse y llega, a su lugar, así: sin nada y con todo.

Goy II
De Cuyo soy

Arreglado y dirigido musicalmente por el exquisito guitarrista Raúl Reynoso y lanzado antes de fin de año en formato digital para libre descarga (lleva más de 8 mil), el debut como solista de Goy es un recorrido esencial que, en quince canciones, se carga buena parte del cancionero típico del lugar. “A este disco llego ya de grande, con una madurez humana y musical. Y la decisión de hacer folklore cuyano pasa por esa cuestión de mi infancia, que necesitaba homenajearla, todo lo que viví allí. Pero también mostrarle al mundo de dónde vengo. Todo eso lo transformé en este disco. Mucha alegría, pero también mucha tristeza, mucho sufrimiento. El cuyano es muy de esa onda, hay una sensibilidad de montaña, de desierto donde se sufre el amor. Todas esas cosas están en el aire”, explica Goy.

“Claveles mendocinos”, de Alfredo Pelaia —compuesta en 1924 y que ¡cantaba Gardel!—, “Cuando el corazón se quiere quedar” y “Cueca del Jamón”, ambas de Ernesto Villavicencio y Oscar Valles, “Virgen de la Carrodilla”, de Hilario Cuadros, “Cueca de las chapecas”, de Félix Palorma, “Canción con todos”, de Armando Tejada Gómez, versionada para Compadres — documental sobre el compositor mendocino—, una personalísima versión de “Futuros amantes”, de Chico Buarque, son algunas de las canciones de Soy Cuyano.

“Al que le gusta el folklore hay cosas del disco que le van a encantar y otras que va a detestar. Pero la idea no es romper el folklore. Y el folklore, como el tango, te espera. Abajo de las piedras, detrás del horno de barro de tu casa, en el patio de la casa de tu novia, en cualquier lado. El folklore siempre te está esperando. Tarde o temprano estas músicas te atrapan”. Si bien ya en algunas canciones de Karamelo Santo y en otras solistas tuyas había un acercamiento a estas músicas, sorprende que este disco se meta tan de lleno en la raíz cuyana…

—Es que este disco de folklore me plantea cosas disímiles, porque grabó gente de ochenta años y gente muy joven. Este disco me planteó lo que me estaba pasando en la vida: que esa diversidad que puedo encontrar hoy en mis días también esté puesta en mi música. Siempre la mantuve, siempre que haya belleza y libertad. Esa es la obligación que yo tengo con todas las cosas que hago. Que se sume belleza, que se sume libertad. Y el amor es eso para mí. Si no tiene esas dos cualidades, deja de ser algo interesante.

Después de escuchar esas canciones queda la sensación de que, de alguna manera, fuiste en busca y a rescatar cosas que no merecen morir…

—El folklore no muere. No me siento un ser paradigmático dentro de la cultura del folklore cuyano, pero sí me siento una parte integrante y responsable de que toda esa gente esté viva al cantar las canciones de ellos. Hay tonadas que las canto y al hacerlo las estoy cantando con la persona que las compuso. Este disco lo grabé llorando. Me hizo conectar con un montón de cosas espirituales que tenía un poco olvidadas. Son canciones básicas, elementales, universales, que han ido de boca en boca. Estas canciones son guías y la gente las canta de boca en boca porque las siente. Son manuales de supervivencia. No necesariamente Parra, Jara o Buarque se han devorado miles de libros, han leído tal vez poco pero han tenido una sensibilidad superior de ver algo en medio de un pueblo. O las cosas que dijo Yupanqui sólo las puede decir alguien que tiene el orgullo y la obligación y la franqueza de detenerse a mirar un horizonte.

Guitarra al hombro

Y entonces esos ojazos verdes. Esos ojos tan verdes que se clavan, llorando, en algún rincón de esta casona y él que cuenta: “Estos discos no se pueden cantar sin nada. Yo estoy cambiado, estoy cambiando mi casa, renovando algunas cosas. Me pasé cuarenta años haciendo música, he hecho demasiadas cosas, he andado mucho pero he vivido poco para mí. No me di el tiempo de manejarme como persona. Es viviendo que se llega al folklore. A mí me llenó, me conformó, me arrulló hacer este disco. Fui a mi niñez. Hice eso, me imaginé yo chiquito, en Mendoza. Para mí era yo cantando eso. Me puse en ese plan. Imaginé que estaba en un baldío, en una viña y que todavía estoy ahí y todo lo que pasó me sirvió para aprender. Esa fortaleza de niño está manifestada en este disco”.

Soy Cuyano cuenta con una larguísima lista de invitados: Marcelino Azaguate, el grupo Alquimia Cuyano, Fernando Barrientos, Noelia Pucci –en una poderosa versión de “Gracias a la vida”–, Los Chimeno, el propio Antonio Tormo grabando una de sus últimas cosas en vida en la cueca “Entre Mendoza y San Juan”; todas personas que anidan en la tierra cuyana.

Y el disco cuenta, además, con una exquisita versión de “Carta a un cuyano” –de Ernesto Villavicencio– que puede entenderse como el manifiesto de la cuyanía que el propio Goy busca tallar: “He viajado como un barrilete, remontado en los cielos cuyanos con un verso en la voz, de cantor en cantor, con sabor de vendimia en los labios. Le prometo que iré a visitarlo, a rondar en las noches de asfalto, con su luna de cal la ciudad nos verá, remontando un cogollo en lo alto, compadre, un abrazo muy fuerte, soy su tonada”. Visto de afuera y escuchándote, parece que sos un hombre que está en paz. O que, al menos, está buscándola.

—La estoy buscando, sí. A mí me emociona mucho la vida, y la vida es la verdad. Y la realidad es lo que hemos vivido acá. La música me ha salvado la vida. Entre la vida y la música llevo dos compañeras importantes.

Una copla que anida en un cordel, una tonada que anima una guitarreada, un par de cuecas bailadas alrededor de algunos leños que queman. Entre eso, con ello, es que dialoga este disco de Goy. Más avanza, más camina Goy en el tiempo, más cerca parece estar de su origen. A fin de cuentas, entonces, hay que mirarlo venir a este hombre: esas rastas larguísimas, esos ojos verdes, ese andar un tanto pausado. En definitiva: ese hombre con su guitarra al hombro que hoy, siendo tonada, vuelve de farra.

(Nota publicada en suplemento cultural Radar el 08/06/14.

*Licenciando en Periodismo y Comunicación Social UNLP. Redactor del diario de rock Degarage, colaborador de Radar (Página/12).

(de la edición Nº 37 Aniversario III, noviembre 2014)