Afiche de The punk Singer, el documental de  Kathleen Hanna

Whisky en la jarra y Alfredo Rosso en el Bafici

Por Paz Azcárate*
Ayer fui a la trasnoche del Bafici con mi amigo Leo a ver The punk Singer, el documental de la genial Kathleen Hanna, ex-Bikini Kill, ex Le Tigre, hoy cantante de The Julie Ruin. Nos sentamos al fondo, en una sala chiquita del Village Recoleta al lado de un tipo con acreditación.

Thin Lizzy perform at Slane Castle

Thin Lizzy

Mientras conversaba con mi amigo, el señor-de-la-butaca-de-al-lado intervenía haciendo comentarios o riéndose de los nuestros, hasta que terminamos hablando los tres, sobre Buenos Aires Rap -otro documental que se exhibió en el festival-, sobre la película que estábamos por ver, y sobre alguna cosa más.

Cuando terminó nuestra pequeña conversación con el desconocido misterioso de la acreditación, le conté a Leo sobre una duda que me había surgido un rato antes y no había tenido tiempo de googlear: había llevado Whiskey in the jar al taller de música y mi profesor la conocía por Metallica, yo por Belle and Sebastian.

El señor que insistía en participar de nuestra conversación comentó que el tema en cuestión estuvo en la lista de Metallica de la última visita que hicieron a Argentina, hace unas semanas en La Plata. Mi amigo agregó que conocía otra versión: la de Pulp.

Afiche de The punk Singer, el documental de  Kathleen Hanna

Afiche de The punk Singer, el documental de Kathleen Hanna

Mientras discutíamos cuál era cover y cuál original, ocupan la butaca contigua a la de Leo. La ocupa Alfredo Rosso, que cae con un timing digno de superhéroe y saluda al tipo que estaba hablando con nosotros como si fuera un viejo amigo o una eminencia —nos quedamos con esa duda porque aunque lo intenté, no llegué a leer el nombre en su acreditación—.

Mi amigo me mira y se da vuelta dirigiéndose a Rosso: “Alfredo, ¿te puedo hacer una pregunta?”. Por supuesto que Alfredo accedió, siempre lo hace, es el tipo más genial que nos dio la crítica de rock, nunca lo escuché dar una respuesta soberbia.

Nos respondió muchas cosas. Que sí, que hay una versión de Jarvis Cocker, efectivamente, y que la versión original es de los irlandeses Thin Lizzy —como confirmé más tarde en internet— y que todo el postpunk los adora.

Vimos toda la peli así, con Rosso al lado que tomaba notas, se movía, marcaba con el piecito la batería de Tobi Vail. Nos quedamos pensando en cuánta presión debe implicar ser, como le tocó a él, referencia en alguna disciplina.

Que te asalten en cualquier situación con preguntas que se supone que tenés que saber responder, porque casi siempre las precede un “che, vos que sabés tanto”. Le deben tocar toda clase de planteos sobre formaciones de bandas, covers y canciones con autores desconocidos “¿Sabés de quién es este tema, Alfredo? Ese, el que dice ¡NA NANANÁ NANÁN!”.

Lo mejor de Rosso es que a él pareciera encantarle que lo sorprendan, así, en cualquier lado, con preguntas que nada que ver con nada, pero que le dan la chance de compartir todo eso que sabe. Supongo que eso es lo que lo hace tan querible.

Supongo, también, que el precio de consagrarse en la crítica de rock es que cualquier sub 30 melómano e insolente que te cruza en lugares públicos está listo para poner a prueba la solidez de los conocimientos que fundaron tu carrera.

*Lobense, estudiante de Ciencias de la Comunicación UBA.