Rabioso

Y que el futuro diga

El juguete rabioso de Roberto Arlt y los años ’30. Por Mauricio Villafañe*Roberto Arlt (1990- 1942) fue, tal vez, el más grande escritor argentino del siglo XX. Lo digo sin ser un experto en la materia ni con ningún tipo de pretensión de objetividad sino que parto de mi fervor y mi gusto por sus obras y sostengo que fue el más grande porque supo conmover desde sus páginas. Sus críticos lo tildaron de ejercer un “realismo de pésimo gusto” y argumentos del mismo tenor: si ellos decían/dicen eso (que escribía mal, a fin de cuentas), entonces Arlt debe ser, seguramente, un autor buenísimo. No tengo ganas ni lugar de agotarlos con su biografía pero sí vale decir que su intensa obra es inaugurada por una novela titulada “El juguete rabioso” (1926). Relata en primera persona los rebusques de Silvio Astier, un joven porteño aspirante a inventor que pasa de ladrón a ayudante de librería, de mecánico a corredor de una librería.

Es una obra animada por temas tales como la suerte esquiva, el destino que no se cansa de torcer y la idea del suicidio y la experiencia cotidiana y sistemática de la humillación. En esta preciada oportunidad espero aportar, desde el entrecruzamiento entre la historia y la literatura, una lectura de Arlt que nos allane el camino para ver y palpar la época en cuestión (fines de los años ‘20 y principios de los ‘30).

La literatura no es un mero ejercicio artístico-pasatista o un simple recurso estético. Nos dice mucho de su tiempo y, en este caso, hasta se adelanta a la tragedia de una época signada por el golpismo, el fraude, el saqueo y la indignidad de las enormes mayorías populares y trabajadoras de nuestro país. Arlt supo relatar con maestría el pulso febril de su época y, humildemente desde acá, nos tomamos el trabajo de dar testimonio de ese esfuerzo. Está plagada de indicios de la época El juguete rabioso. Tal vez la primera que aparece es el zapatero andaluz que acerca al protagonista a la literatura robinhoodesca. Sus libros y algunos de sus comentarios hacen presumir que el zapatero era una suerte de romántico anarquista pasado a retiro, una corriente política y sindical muy fuerte (aunque en declive) para estos años.

Así, Silvio “soñaba con ser bandido y estrangular corregidores libidinosos”. Va a entrar, en plena edad de aventuras, al mundo del bandidaje por la literatura y por su sociedad y amistad con Enrique Irzubeta, su inefable compañero. Su familia formaba parte de una clase social venida a menos, asediada por sus acreedores en una época de crisis crónica y desamparo para los sectores populares (eso si: éramos el “granero del mundo”).

Los Irzubeta se valían de sus contactos (“jueces rancios y otras gentes de la misma calaña del partido conservador”) para sobrevivir y resistir las ofensivas de los comerciantes del barrio. La miseria y la viveza, la indignidad y la lucha por la supervivencia al filo de la ley.

Es para este momento cuando el desamparo y la falta de horizontes y posibilidades de Silvio y Enrique los ponen a pensar y a practicar el robo como acción que dotaba de sentido a sus desgraciadas vidas: “(…) sombríos y gozosos de nuestra impunidad ante la gente, ante la gente que no sabía que éramos ladrones y una espasmo delicioso nos apretaba el corazón al pensar con qué ojos nos mirarían las nuevas doncellas que pasaban, si supieran que nosotros, tan atildados y jóvenes, éramos ladrones… ¡Ladrones!”.

Los riesgos corridos en el robo a la Biblioteca de una escuela (la máxima “proeza”) ponen al efímero “Club de los Caballeros de la Media Noche”, una suerte de asociación ilícita dedicada al hurto organizado, en señal de alerta máxima. La goma policial o el “cara a cara” con el Juez del Crimen, dejaron de ser retóricas de café para pasar a ser amenazas concretas sobre sus personas y, más aún, sobre sus disolutas vidas.

Nos enfocamos ahora en el segundo capitulo de la historia. Si nos ubicamos en los ‘30 diremos que el aumento del “costo de vida” (de vivir en dignidad) no se acompañaba con la ampliación de derechos ni con aumentos salariales.

Arlt lo refleja con toda claridad: el alquiler se convierte en un escollo insalvable para la familia, trayendo la mudanza y la pérdida de lazos para Silvio. Más aún: trae el “Tenés que trabajar, Silvio” de su madre.

He aquí una cuestión clave de los tiempos revueltos que corrían: el trabajo, su necesidad y su imposibilidad (escapándonos, de paso, de la idea de que “no trabajan porque no quieren”) como las sensaciones que se imponen y que son crudamente logradas y trasmitidas por Arlt en las reflexiones del protagonista: “odio a la indiferencia del mundo, a la miseria acosadora de los días”. Resuena en nuestros oídos la letra de «Yira Yira» de Enrique Santos Discépolo —“cuando no tengas ni fe, ni yerba de ayer secándose al sol; cuando rajés los tamangos buscando ese mango que te haga morfar, la indiferencia del mundo, que es sordo y es mudo, recién sentirás”— para poder, con esa música de fondo, palpar la pena de su madre en la cotidianeidad de la máquina de coser.

No poder abrazarla ni pedirle perdón por su reacción lo llevan a la resignación y a la aceptación de la situación que una sórdida época podía apenas esbozar: el trabajo mal pago, humillante y desesperanzador. Silvio pasaba los días de su puerca vida («La vida puerca» era el nombre que Arlt imaginó primeramente para «El juguete rabioso») como una suerte de ayudante y cadete a tiempo completo de un mediocre librero en pleno centro porteño.

Lo más ruin de la existencia, la miseria extrema y descarnada junto a la lucha por sobreponerse a los desafíos de su existir (hay un pasaje donde Silvio hace de changarín en el mercado al borde del llanto) hacen un todo de lo más representativo, una suerte de adelanto de un tiempo de incertezas y penurias. Los conservadores amasaron durante la segunda mitad de los ‘20 la vuelta al ruedo en los ‘30.

Necesitaron y dieron un golpe de Estado para derrocar a Yrigoyen e inaugurar así la era donde los dolores mordían al pueblo mientras que los galerudos y politiqueros de comité transaban a lo grande, para los macanudos de siempre, con el Imperio británico. Es en esta trama donde ubicamos a «El juguete rabioso». Arlt entendía a su literatura y al sentido que a ella le daba como un “cross a la mandíbula”, un golpe que es una conmoción, un sacudón en el hombro para abrir bien nuestros ojos (a veces) ciegos. Es más, y esta es la idea por la cual rondamos esta vez: Arlt se adelantó. Fue con «El juguete rabioso» un “traficante de datos del futuro”, como dice Pez.

Vivió en carne propia la dispersión de las vanguardias literarias de los cómodos ‘20 para atravesar el cambio de época en el cual las certezas y el confort se reconvierten en los trágicos pesares de los largos años ‘30.

*Lobense, estudiante del Profesorado de Historia de la UNLP.

(de la edición Nº 36, octubre 2014)